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Opinión “Los seguidores de Keiko aplaudirían la disolución del Congreso pero, ¿ocurriría lo mismo con los humalistas?”.

En el Umbral

LIMA, 11 DE ABRIL DE 2011


Algunas señoras se les adelanta la menopausia, a algunos caballeros, la nada. ¿O habrá alguna otra palabra que designe mejor la indiferencia con la que encaro –o no– los resultados de la primera vuelta? Puede ser, y ojalá llegue la segunda vuelta y yo siga en este mismo estado, que se debe parecer en mucho a lo que siente una vaca mirando pasar un piano. Hay quienes me dicen que a los sesenta años estar así frente a las cosas es irresponsable y yo les respondo que este umbral en el que ando hay que vivirlo cerca de los intereses más selectos, únicos, intransferibles que uno tiene, y en mi caso la manera de hacer política en el Perú no está en la lista corta de mis prioridades. Respeto que la palabrería, el aturdimiento, los miedos y las ambiciones formen el corpus de atención de otra gente, pero a mí que me registren. Pienso, como si tuviera diez años más de edad o fuera presa de una enfermedad terminal, que mi reino ya no es totalmente de este mundo.

Humala y Keiko, Keiko y Humala, quien quiera creer que está ante una disyuntiva, que lo crea. Pero no es así. Cada uno desde lo suyo está garantizando autoritarismo, arbitrariedad, inestabilidad y la consolidación de la corrupción como alma de nuestro poder. En ciertos momentos pensé, el domingo pasado, que Keiko es peor que Humala porque los fujimoristas son esencialmente mafiosos de bloque único mientras que dentro del humalismo parece haber matices; es decir, los seguidores de Keiko aplaudirían a cuatro manos la disolución del Congreso pero, ¿ocurriría lo mismo con todos los humalistas? Lo dudé; Javier Diez Canseco, Manuel Dammert, Rosa Mavila, Beto Adrianzén, personas de mi generación que siempre en lo suyo fueron impecables, jamás celebrarían con sangre en los colmillos una medida como esa. Sin embargo, el contra argumento me hizo ver que Humala de lo primero que se deshará como presidente, será justamente de aquellos que se la pongan difícil con sus principios y sus reclamos de coherencia con lo pactado, la buena gente de mi generación que exigirá respeto por las instituciones, democracia. Hay caídos del palto hasta en las mejores familias.

Una conocida superpoderosa mujer de negocios me espetó antes de la primera vuelta: “Yo voy por PPK, obviamente, pero si la segunda vuelta es entre Humala y Keiko, a ojos cerrados voy por Keiko”. “¿Y por qué no te ahorras el esfuerzo y votas de frente por la gorda?”, le pregunté. He escuchado a un par de académicos jóvenes decir lo mismo pero al revés, o sea, que si les fallaba Toledo, puestos en la disyuntiva actual votarán por Humala. Podrían también ellos habernos apartado el cáliz en el que tendremos que beber hasta el 5 de junio.

Y como siempre ocurre, el absurdo extiende su actuar mientras la gente buena se muere. Por ejemplo, Vicente Santuc. Él me ayudó a entender que no hay que temer ni a la poesía ni a la religión, puesto que se puede disfrutar de la sabiduría de ambas aun sin ser poeta ni religioso. Fue durante el breve tiempo que pasé en su convento dando un par de pasos de esa extraordinaria estrategia para vivir que son los Ejercicios de Ignacio de Loyola. Diez días sin hablar con nadie, salvo con Vicente, una hora al atardecer. El silencio y unas pocas palabras, en contraste con la matraca del fariseísmo y la farsa. Keiko y Humala. A Keiko le cantan, “qué lindos que son tus ojos”, a Humala no le cantan nada porque los machos no bailan. No está mal esta manera de ubicarse en el umbral, callada la boca, con la compañía socarrona y lúcida de Vicente y el cigarrito que compartíamos mientras se ponía el sol frente al convento de Fátima, al lado de los velatorios. (Rafo León)


 


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