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Literatura Celebrado festival literario reunió a decenas de escritores que supieron dejar los libros de lado para explorar la sabrosa Lima.

Polvos Literarios

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Legendario Alan Pauls en fructífera incursión en Polvos Azules, y una inquietud a posteriori: “¿Me van a deportar?”.

Los prolegómenos no podían ser más auspiciosos. Mientras Benjamín Prado leía en voz alta las páginas de su poemario No me cuentes tu vida, desde la habitación contigua llegaba, gozosa, una salva de gemidos orgásmicos. El encuentro era en el bar La Noche de Barranco y tan entusiastas expresiones provenían del stand up que se realizaba en paralelo a la presentación del libro, la noche previa a la inauguración del Festival Eñe América en Lima. “Nunca antes mis poemas habían causado tal reacción”, diría el español después. El título del poema leído, “Nunca es tarde”, parecía un consuelo en sí mismo.

El autor de la novela Nunca le des la mano a un pistolero zurdo, sin embargo, llegaba a Lima con intenciones más pecuniarias: conseguir el billete de diez mil intis con el rostro de Vallejo impreso. Coleccionista de billetes “literarios”, Prado venía añorando dicha prueba de antiguos desastres fiscales con la que su amigo y compañero de composiciones musicales, Joaquín Sabina, solía sacarle pica. Hoy, orgulloso, se ha llevado dos, y un reto pendiente: utilizar uno para encender con él un cigarro frente a Sabina.

Dueño de otras preocupaciones, el argentino Alan Pauls aprovecharía la anécdota para darle tregua a su humita con salsa criolla y lanzar un chiste-metáfora sobre la devaluación literaria. Destacadísimo autor acusado de “denso”, Pauls también le hincaría el diente a una yuquita con queso mientras oía fascinado sobre la existencia de aquel paraíso de la piratería cinéfila llamado Polvos Azules. La incursión no se haría esperar.

Esquivando a sus groupies literarias a las que el entusiasmo las llevaría a ofrecerle la íntima cocción casera de un buen tallarín, el argentino aprovecharía su tiempo libre para rendirse más bien ante las bondades del legendario cebiche de Javier Wong y pasear toda su densidad por los pasillos abarrotados del sótano de Polvos Azules. Allí, entre stands porno de títulos trascendentes al estilo de Anal deliveries, Pauls se haría de una generosa colección de films independientes que incluiría La Muralla Verde de Armando Robles Godoy, el documental The filth and the fury, sobre los Sex Pistols, y Tout vas bien, de Godard. Luego, saturado por la sobreoferta, el autor de las novelas Wasabi y El pasado terminaría deseando una cura de desintoxicación y hasta preguntándose si, quizá, debajo no existiera un sótano extra, una especie de universo paralelo idéntico al actual, pero en el que vendedores y compradores pasearan calatos su entusiasmo cinéfilo.

Ya ante una generosa ronda de pisco sours miraflorinos, las preocupaciones de Pauls pasarían a tratar de dilucidar la sutil diferencia entre “puta” y “putilla”, desentrañar el misterio de los taxistas violadores, ahondar sobre una posible veta del narcotráfico dedicada a la burundanga, y terminar confesando que la mejor carne no la comió en Argentina, sino en Alemania. En otro momento, el autor sería avistado en las profundidades del bar Munich en el centro de Lima, disfrutando junto al escritor Enrique Planas y el cronista Julio Villanueva de descollantes interpretaciones pianísticas.

Menos etílico sería el ánimo de su compatriota Andrés Neuman, quien llegara en lamentable estado estomacal. “Venir con gastroenteritis a Lima es como ir a un sex shop siendo cura”, explicaría, “es ir al país de las tentaciones en un momento en que tenés que reprimirlas”. A Neuman se le lanzaría la pregunta inevitable: ¿Para qué sirven los festivales literarios? La respuesta: “Para tratar de responder esa difícil pregunta que es ¿para qué sirven los festivales literarios? Y para visibilizar eso que en realidad sucede silenciosa e invisiblemente todos los días, que es la cultura”.

Trance distinto sería el del pintor José Tola, quien llegaría junto a Raúl Tola con media hora de retraso a su encuentro en la Casa de la Literatura. Allí, ante una nutrida concurrencia, el pintor hablaría sobre su antigua editorial Popó, sobre su preferencia por Henry Miller ante Bukoswki, sobre el arte que “siempre es mucho más cruel” de lo que uno se imagina, sobre su afinidad con los monstruos de sus cuadros, y sobre el motivo de su tardanza: las procesiones de la Virgen de la Merced y del Señor Crucificado que le cerraron el paso. Los dioses siempre saben.


 


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