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Opinión “Las cumbias de Juaneco recicladas por Bareto, diablos, cómo alguna vez pude haber bailado eso en Gótica…”.

La Medianoche de la Cenicienta

CAHUACHI, 16 DE ABRIL DE 2011

El pasado martes doce me di el lujo de cambiar los noticieros matutinos de la radio por un disco de Camané cantando fados de Coimbra en vivo. La Panamericana Sur brillaba como recién lavada y los paneles de publicidad veraniega se habían ido dejando en sus esqueletos de varas metálicas el anuncio de nada. Entre la difusión de los resultados de la primera vuelta y ese momento habían corrido algo así como treinta horas. El recuerdo que me traía de Lima a los desiertos de Nazca se parecía en algo a la medianoche de la Cenicienta. De pronto la calesa mostraba su realidad de zapallo, el cochero era un ratón y el vestido de noche de lamé azul Della Robbia se desflecaba en su condición de mandil de sirvienta habituada a vivir de rodillas puliendo pisos.

Es decir, para tanta gente que lo había expresado por mail, por facebook, llamando a las radios o directamente en persona, la carroza nunca había sido sino una calabaza mal soñada. Los ravioles de camote con salsa de aguaymanto al ragú de kiwicha, sabían a pezuña. Las espléndidas joyas de Esther Ventura no eran joyas, apenas bisutería de latón expuesta al óxido de la húmeda e insoportable Lima. El chilcano de pisco, un agua de medias intragable por más hielo que se le añada. Las zapatillitas gringas bordadas por las señoras ayacuchanas, huachafería de un día. Las cumbias de Juaneco recicladas por Bareto, diablos, cómo alguna vez pude haber bailado eso en Gótica. Juan Diego resulta que cantaba como la versión masculina de Florcita. La magia de la peruanidad se había evaporado por culpa de Ollanta Humala. Volvíamos a la normalidad.

Cuando algo así ocurre lo mejor es, como hacían los eremitas del primer Cristianismo, fugar hacia el desierto. Severo, sin nada de más ni de menos, la arena y su silencio son los mejores consejeros cuando se trata de no elegir entre lo elegible. En Cahuachi, maravilloso, me di cuenta de que lo preocupante no son los candidatos sino los electores. Si no, ¿quién los puso a los dos allí, cada uno con su propia subasta de autoritarismo? Ni Ollanta ni Keiko se subieron solitos, los metieron sus seguidores. No son los candidatos el resultado de ningún golpe militar ni medida inconstitucional: por la prístina vía de la democracia ambos han accedido al podio desde el cual prometen lo que más caudal les dio, la mano dura, el bloqueo del camino que los colocó en la arena.

A dos horas de la ciudad de Nazca pero fuera de las trochas conocidas, en la quebrada de Taruga para ser más exacto, hay un caserío llamado Tambo de Perro. Las pocas familias que lo habitan se dedican a sembrar algodón en pequeñas parcelas. Todas tienen en sus casas restos fósiles, de ballena, de orca. Y en la capillita se adora a un madero, como ocurre en muchos poblados pequeños de Ica. Pasando Majuelo y sus viñedos abandonados se llega a unas cavernas de piedra dentro de las cuales manos nazca grabaron grandes representaciones de mamíferos marinos, hace mil setecientos años. Todo lo que piso ha sido fondo oceánico, los fósiles de conchas y de choros crujen bajo mis pisadas, en realidad no debería haber venido acá a plantar mis zapatones Merrell pero ya está hecho. El sol me fríe el cerebro pero no me lo anula del todo. Ni Cenicienta ni criada, ni Keiko ni Humala, ni el menos peor ni el más mejor. A mí nadie me ha puesto en esa disyuntiva, no es la mía, no me concierne. Mi responsabilidad llega hasta donde llegan mis zapatos de caminata. Que Dios los proteja, quiso decir Hurtado Miller y hasta eso le salió mal, se incluyó en el deseo sin tener nada que ver. Casi como a mí me está pasando. (Rafo León)


 


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