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Opinión “Estas fiestas hace el alcalde en cambio con nuestra plata, son gratis, ¿quién no va a votar por él?”.

Las Enseñanzas de Don Donato

CUSCO, 30 DE ABRIL DE 2011
Un taxista de Urubamba no es lo que cualquier limeño imagina que es un taxista de Urubamba. Don Donato es un sesentón que maneja de manera pausada un Yaris que brilla de limpio, con el que llega puntualísimo a recogerte y en el trayecto te va contando cosas interesantes. No es el Jeremías que se para quejando de las autoridades o del centralismo; al contrario, si se lo pides te puede contar la historia de la casa hacienda Angostura, al pasar por su frente, o clasificar cada especie de árbol nativo que vas viendo en ruta. Esta vez, sin embargo, es inevitable que conversemos sobre política; el tramo entre Urubamba y Cusco nos da una hora, tiempo demás para dos opciones que bien miradas, son una sola. Es que así comienza don Donato su análisis.

Me cuenta don Donato que el alcalde de Urubamba pertenece al partido de Humala, que ha sido reelegido, que la plata que el municipio recauda llenaría de billetes un cuarto de rescate, pero que es incapaz de pavimentar las pistas, de crear un sistema de seguridad ciudadana, de frenar la urbanización descontrolada del valle, que todos los trabajadores del municipio son sus parientes. Pasamos al lado de un campo deportivo, decenas de mototaxis están parqueadas al borde de la pista y adentro, sus jóvenes conductores babean y gritan de borrachos, con los parlantes a todo volumen: “Estas fiestas hace el alcalde en cambio con nuestra plata, son gratis, ¿quién no va a votar por él?”. Le pregunto a don Donato si en cierta forma no hay una complicidad entre el alcalde y una población que se deja abusar de esa manera. “Mire, señor, una vez fui a una radio de Cusco a hablar de eso y al día siguiente me cancelaron mi licencia de taxista en Urubamba, tuve que pagar tremenda coima para que me la dieran de nuevo”.

Volvemos al silencio, los nevados con sus escasos jirones blancos empiezan a ponerse dorados y azules con el amanecer. Espero, la consecuencia lógica sería que don Donato fuera un seguidor convencido de Keiko. Sin embargo, el tiempo que don Donato se toma en responder me hace pensar que él es una de esas personas que saben cómo terminan las cosas, aumenta entonces mi confianza en ese hombrecito calvo y educadísimo. “Mire, mi amigo, yo le voy a decir que a mi edad le tengo miedo a muy pocas cosas. ¡Qué no hemos vivido por acá! Hasta le cuento que yo hago taxi y paso al lado de la casa embrujada de Chinchero a la medianoche, cuando ninguno de mis colegas se atreve”. Reímos a carcajadas. Cambia de tono. “Pero esa mujer sí me pone la piel de gallina, porque la gente de Urubamba que la quiere lo que en realidad desea es que regrese la corrupción, que cada quien haga lo que le da la gana si es que está con el gobierno, que a las radios se las compren como en una feria, amigo, que no tengas que trabajar si igual te llegan los víveres”.

Comienza a llover, primero con goterones intermitentes, luego a la mala, anunciando la granizada que sigue. Los nevados han desaparecido detrás de los nubarrones. “¿Y entonces qué…?”. Don Donato maneja muy bien, el Yaris no derrapa en las curvas, me siento muy seguro con él. “¿Por qué nos enseñaron en el colegio, amigo León, que el ser humano evoluciona con el correr de los años? Yo prefiero pensar que cualquier barbaridad podemos seguir haciendo, como en la Conquista, como en la Edad Media, ¿acaso usted y yo somos mejores que los asesinos que están en el penal de Quencoro?”. (Rafo León)


 


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