
Escribe José Güich Rodríguez
La nutrida (y no siempre grácil) historia de los papas detrás de la beatificación de Juan Pablo II.
Mucha agua ha pasado bajo los puentes del río Tíber desde que, en el año 64 DC -reinaba el desquiciado emperador Nerón-, un destacamento de fríos ejecutores accedió, quizá de mala gana, al curioso pedido de Pedro, el primer obispo de Roma: ser crucificado de cabeza sobre el monte Vaticano, donde hoy precisamente se erigen las magníficas Plaza y Basílica que recuerdan al primer ocupante del trono papal. La soldadesca encargada de la tarea ha de haber maldecido en su latín de carreteros y rufianes, pues suponía más esfuerzo clavar a un hombre sobre un madero en tan caprichosa postura. Parece que los romanos fueron bastante comprensivos en cuanto a deseos especiales.
Es evidente que detrás de la beatificación de Juan Pablo II subyace toda una historia, con su amplísima gama de santos, héroes, villanos, usurpadores y traidores. La larga cronología de pontífices inaugurada por un sencillo pescador galileo abunda también en situaciones lindantes con lo increíble. Tratándose de una institución manejada por seres humanos - hampones algunos, virtuosos y ejemplares otros -, la Iglesia se ha visto obligada a llevar una carga pesada, incluyendo la persecución de figuras como Giordano Bruno (un monumento romano recuerda que fue quemado vivo) o Galileo, a quien se recluyó en su domicilio de por vida. Fue el propio Karol Wojtyla el alturado responsable de solicitar perdón por esos actos de barbarie en contra de grandes pensadores.
Cismas y confrontaciones sin cuento caracterizan los primeros siglos. No en vano se deslizan, en pasajes de los Hechos de los Apóstoles, la pugna interna entre San Pedro y San Pablo (un judío converso) por la conducción de las huestes. Siglos después, el espíritu de pendencia permanece intacto: se cuenta, por ejemplo, que en el siglo IX, en plena hegemonía del cristianismo, a un tal Esteban VI (896-897) no se le ocurrió mejor idea que desenterrar el cuerpo de su antecesor, llamado Formoso (891-896), vestirlo con los ornamentos respectivos y juzgarlo por haber desafiado en vida a una temible familia apellidada Spoleto. Y para darle más brillo a su gracia, Esteban ordenó que al indefenso cadáver se le amputara la mano izquierda, pues con ella había señalado a los mafiosos que apadrinaban al autor de tamaño sacrilegio. Los despojos de Formoso fueron arrojados al Tíber, siguiendo la rancia costumbre lugareña. Esteban tuvo que rendir cuentas a los seguidores del vejado, quienes lo derrocaron para, en prisión, estrangularlo.
Hubo víctimas exclusivas de la mala fortuna: Lucio II (1144-1145) murió de una pedrada en la cabeza, lanzada por un grupo de manifestantes a los que el desdichado quiso aplacar -sin demasiado éxito, como se deduce-.