Música La magia y el misterio del ex beatle en el Estadio Monumental de Lima reanudó el Up And Coming Tour 2011 en Latinoamérica.
McCartney Monumental
Gente llorando y gritando en las pantallas gigantes del escenario. Unas en blanco y negro, otras a color. Salvo el paso de los años –cuarenta y ocho, para ser exactos– todo seguía igual. Cantando, McCartney le pedía al público que cierre sus ojos durante los primeros segundos de “All My Loving”. Horas antes, durante su segunda prueba de sonido, el beatle había convocado al escenario a cuatro afortunadas seguidoras. Las saludó, abrazó y, quién sabe cómo, logró despedirse de ellas.
Y pocos saben cómo, durante su breve estadía limeña, se las arregló para salir a trotar dos veces. Usó la puerta trasera y estuvo flanqueado en todo momento por su seguridad personal. La tarde del domingo, salió a montar bicicleta. Hay quienes aseguran haber visto a un McCartney camuflado, recorriendo el Malecón de la Reserva. Estuvimos, por unos días, a un avistamiento de Elvis de ser un país del primer mundo.
La procesión hacia el Estadio Monumental había sido larga pero ordenada. La férrea disciplina de Milagros Mejía y MVV Asociados le cerró las puertas a los paracaidistas de siempre. Dos mil quinientos policías se encargaron del resto. Las múltiples zonas no habían terminado aún de llenarse. No hubo zona rosa. Tampoco hubo balconazo de McCartney, pero sí brazo alzado. Izquierdo y en puño, para temor de algunos. Detrás del escenario había recibido del gobierno –encarnado en la premier y ministra de Justicia, Rosario Fernández– la Orden del Árbol de la Quina, la Medalla de Honor de la Cultura Peruana y la Orden del Sol del Perú en grado Gran Cruz. Nancy Shevell, su prometida, estuvo presente. Afuera, la cerveza gratis y las papas nativas –cortesía del BBVA Banco Continental– habían macerado al paciente público peruano. Hasta que dio las 9:35 p.m. Era el hola y el adiós de Paul, en su cielo con diamantes (es decir, flashes).
“Drive My Car” hizo rebobinar casete, y una versión del “Foxy Lady” de Jimi Hendrix lo quemó. Luego, McCartney dejó la guitarra. Se sentó al piano y empezaron las primeras notas de “The Long and Winding Road”, el último sencillo beatle y el último gran número uno en los rankings estadounidenses. Ameritó –junto con “Blackbird”– una mejor respuesta del público. El consabido pecho frío limeño amenazaba con resfriarse en pleno otoño. Pero McCartney fue un ungüento al torso. Cuarenta años de escuchar a los Beatles en las ondas hertzianas –era imposible escuchar “música ochentera” durante los sesenta y setenta– habían calado en el limeño promedio. La mayoría conocía la letra de “And I Love Her”, canción sin fecha de caducidad a la vista que hizo extrañar otra: “Michelle”. La gente reclamaba más de aquellas extraordinariamente tontas canciones de amor. Pocas veces se ha escuchado tanto al público nacional. Los papapás y lalalás se repetían una y otra vez, lo cual era esperable. Uno de los mayores legados beatle es la onomatopeya musical, desde la muy festejada “Ob-La-Di, Ob-La-Da” hasta “I Am The Walrus” (que siempre se hace extrañar). Las más de 47 mil personas en el Estadio Monumental corearon el clásico olelé y olalá decenas de veces, y sin pagar regalías.
Paul recordó a John y George con dos de las mejores canciones, de la noche y de la historia. “Escribí esta canción pensando en mi amigo John”, dijo antes de cantar “Here Today”, su declaración de amor-odio al beatle que partió. Atrás, imágenes de Lennon volvían a convocar rostros compungidos. “Voy a cantar esta canción en memoria de mi amigo George”, advirtió antes de entonar “Something”, la declaración de amor de Harrison a su esposa, Pattie Boyd. Un año después, Boyd sería la musa –por usar un eufemismo– que inspiraría la canción “Layla”, de Eric Clapton.
Los mejores momentos de la noche le hicieron justicia a las que quizá son las mejores canciones del beatle. Una soberbia interpretación de “A Day in the Life”, con el reprise que flashforwardeó al estadio hasta “Give Peace A Chance”; una pirotécnica versión de “Live and Let Die”; la sobria pero siempre emotiva “Eleanor Rigby”, el coda inacabable de “Hey Jude” y el insuperable encore final de “Helter Skelter”.
Hacia el final, el coro de “Get Back” se hizo premonitorio. El pedido popular era que no se fuera el ídolo de tres generaciones. El compositor más exitoso del siglo XX, y quizá del XXI. El británico bonachón que había dado regalos y abrazos a algunos cercanos colaboradores. Parecía apagarse un gran concierto de más de cuatro años de duración, que empezó el 12 de marzo del 2007 y terminó el 9 de mayo del 2011. La primera nota la tocó Roger Waters y el gran final lo cantó Paul McCartney. Hola, adiós.
A solas, con su guitarra, cantó “Yesterday”. Un hombre solo quebrando a 47 mil. Todos juntos, maccartistas y lennonistas, fujimoristas y humalistas –es decir, maccarthistas y leninistas– unidos, cantando una misma nota. Parafraseando a Lennon, ellos eran yo, yo era ellos y todos éramos McCartney. Adiós, Perú. Cuando las luces del escenario se apagaron, se iluminó el público. ¿De dónde vino esa multitud de gente sola? Vino de todas partes y va hacia todos los rincones. No son los socios de algún equipo de fútbol. Son, somos, los socios vitalicios del club de los corazones solitarios. No hay requisitos de membresía. (Escribe: Carlos Cabanillas)