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Opinión “Hombres cultos y reconocidos, ¡sobrepasan los setenta años de edad sin acusación alguna de corrupción!”.

Los Viejos Geniales

LIMA, 29 DE MAYO DE 2011

Escribo, adrede, estas líneas antes del debate, es su momento. Claudio Magris en un libro tan inclasificable como espléndido titulado Danubio, define en diez palabras a una mujer llamada Francesca, solo la menciona una vez y sobre ella apunta, “es de las personas que saben cómo terminan las cosas”. Ahí quedó la pincelada de Magris sobre una amiga a la que admira. Mi mente, que es como un mono enloquecido, se fue más allá para imaginar a esa Francesca como una persona más que adulta, discreta y consciente de que las cosas de modo inevitable van a acabar siempre mal desde el momento en que nacemos para morir. Sin embargo, parte de su sofisticación espiritual reposa en que de eso no habla jamás en tono trágico sino quizás a través de alguna ironía que no hiere a nadie más que a la imperfecta especie humana. El mono loco de mi mente agarró pista y añadió a Francesca un rasgo: a pesar de todo, ella aspira al bienestar, al suyo y al de quienes la rodean, a la justicia, por eso reflexiona y dialoga. Y se informa, y se angustia y se apasiona y hasta intenta cambiar realidades inamovibles. Pero siempre es ella y siempre vuelve a su lugar.

Contra todo diagnóstico estoy convencido de que este feroz proceso político que estamos (sobre) viviendo, es paradójicamente el más democrático del que tengo memoria en mis sesenta años de vida. Eso, si entendemos la democracia como el sinceramiento de lo real a través de la representatividad. ¿Que los medios de comunicación se están portando en general como los magos maleros de la tribu? Sí, de acuerdo, pero eso no implica que la gente se deje influenciar mecánicamente por ellos, tal cual los dueños de esos medios suponen. Acá juegan ficciones, la del rating o las encuestas, creaciones arbitrarias que se hacen para darle forma a una realidad que es demasiado plástica como para ser aceptada. ¿Guerra sucia?: inmunda. Pero es lo que hay. El electorado peruano se ha puesto a sí mismo en una disyuntiva que tarde o temprano tenía que aparecer. La tríada de “centristas” huachafos, soberbios y acomodaticios que cayeron en la primera vuelta, no pudieron unirse porque jamás iban a poder unirse.

Hasta el momento rescato fenómenos que no pensé que iba a ver en la política peruana. Uno de ellos, el que motiva el titular de esta columna, es el surgimiento espontáneo de un grupo de intelectuales y creadores que superan los setenta años de edad, y que pudiendo haberse quedado callados con una manta escocesa sobre las rodillas, han hablado y han tomado partido. Pero jugando limpio. Al igual que Francesca: ellos saben cómo habrán de terminar las cosas, y que también tienen el deber de expresar sus convicciones sin miedo ni eufemismos. Mario Vargas Llosa, Moisés Lemlij, Fernando de Szyszlo, Saúl Peña. Seguramente soy injusto al no incluir a otros viejos geniales, pero bueno, los cuatro que he elegido los representan muy bien.

Hombres cultos y reconocidos (hay un Nobel entre ellos), cosmopolitas, se han formado en el Perú y en el mundo desatendiendo las fronteras. ¡Y sobrepasan los setentas años de edad sin acusación alguna de corrupción! ¡En el Perú! Cada uno de ellos ha manifestado su opción con contundencia apodíctica: Vargas Llosa y Peña por Ollanta, Lemlij por Keiko, de Szyszlo por ninguno de los candidatos. Con distintos grados de subjetividad y pasión, vienen sosteniendo sus posiciones pero ojo, sin renunciar a la urgencia de vigilar al milímetro al grupo que resulte ganador. Sin esconder autocríticas ni blindar a nadie ni practicar otoronguismo. Según César Hildebrandt estas adhesiones no modifican en forma substancial la voluntad del elector. Puede ser pero no importa. Lo que vale es reconocer que tenemos un capital de gente con capacidad de reflexión que elige y a la vez promueve la tolerancia. Las cosas siempre terminarán igual, pero vale el intento de volverlas a mirar. (Rafo León)


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