Opinión “En cambio, al no haber votado por ninguno quedé libre de los compromisos que genera cualquier adhesión”.
Soy un Inconsciente
LIMA, 6 DE JUNIO DE 2011Lunes 6, lo primero que hice al despertarme hoy fue encender el televisor, estaba seguro de que durante la noche se había ejecutado el Plan Edredón, guardado bajo la manga por los fujimoristas y su adú Alan para sacar del medio a Ollanta, a cualquier precio. Mientras intentaba ubicar un canal decente (por eso demoré tanto) diseñé en mi imaginación a Patricia del Río anunciando un cambio trucho en las cifras de la ONPE, los tanques destrozando el asfalto de las calles del centro; las primeras revueltas, violentísimas, en Puno, en la Amazonía sur, hasta en el norte. Pero, todo está en la cabeza salvo la ilusión: lo único inusual que encontré en la pantalla fue a un Beto Ortiz bastante serio y de terno negro.
El inconsciente suele actuar como mi mejor amigo o mi peor enemigo. Esta mañana me engañó, durante el sueño me había metido fantasías catastrofistas en el alma, nunca sabré con qué fin. Y por un buen rato me hizo sufrir. Pero debo reconocer que el día de la votación realmente sí jugó de mi lado. Lo resumo. Mi mesa está en un colegio situado más o menos a dos kilómetros de mi casa, en Miraflores. El domingo decidí ir caminando a votar y aprovechar la ruta para meditar por última vez lo que habría de hacer en la cámara secreta. Salí entonces a la mañana húmeda y siguiendo el ritmo de mis pasos, mi mente se fue relajando, llegué a una decisión. Respiré aliviado. Cuando me acercaba a la puerta del colegio, comencé a buscar el DNI en mi billetera. No estaba. No estaba donde siempre rigurosamente va guardado. Se me heló la linfa dentro del cuerpo. No por que no fuera a poder votar sino porque ahí había algo que no pintaba bien. Lo que siguió se llama ‘entrar en trompo’: es que si todo lo preparo para realizar algo de manera exacta y calculada, ¿cómo puedo fallar en lo elemental? ¿Qué he hecho con el DNI, por qué lo he hecho, qué estoy destruyendo como posibilidad, qué castigo he creado y para quién? Y por último, un tema práctico, ¿dónde coño he metido el documento?
Tomé un taxi de vuelta a mi casa, cuando llegué comencé a buscar hasta donde nunca podría haber perdido un DNI (dentro de la lavadora, por ejemplo), y me comencé a desesperar. Se me ocurrió, de pronto, que podría haberlo dejado dentro de mi auto, remotísima posibilidad pues no tendría explicación posible. Bajé a la cochera, tembloroso, abrí el vehículo, abrí la guantera y ahí estaba el DNI, de cabeza, esperándome. Jamás sabré cómo ni cuándo llegó ese objeto mágico a un lugar tan alejado de su despacho cotidiano, mi billetera. Regresé al colegio y voté exactamente en el sentido opuesto al que había decidido cuando caminé y me sentí en paz.
¿Y por qué le agradezco a mi volátil inconsciente por haberme hecho una jugada tan enrevesada? Muy sencillo: me habría resultado intragable en los días siguientes recordar que guiado por la falsa sensatez de una breve caminata, terminé concluyendo que entre las dos opciones una era menos mala. No me lo habría perdonado. En cambio, al no haber votado por ninguno quedé libre de los compromisos que genera cualquier adhesión y es así que ahora puedo seguir los hechos posteriores pensando únicamente en el respeto que debe primar por los resultados a favor de Humala. Nada más. No he amanecido hecho un fans del comandante ni detestando más que lo habitual a Keiko y su corte de estraperlistas (casi todos nomás lo son, como ella afirmó). Sigo cargando con la certeza de que las personas siempre podemos ser peor de lo que somos y por eso, debemos vigilarnos sin tregua unos a otros, hoy más que nunca. A eso yo lo llamo democracia. (Escribe: Rafo León)