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23/Jun/2011
 
 
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Fútbol Oportuna antología literario–futbolística a poco de pitazo inicial de la Copa América. Como adelanto, el prólogo.

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Prologa y anota Jorge Eslava, publica Aguilar.

El fútbol es el amor más largo y descabellado de nuestra
vida. Es la pasión desesperada por los opuestos: pertenencia y privación, multitud y soledad, devoción y rencor. Alejarse del fútbol es mutilar parte de nuestro corazón. Claro que no participan en esta liga universal los padres ni los hermanos. A ellos les tomamos cariño en el hogar; desde pequeños nos rodeamos de la mansedumbre de su afecto, muchas veces inconstante, pero que no alcanza ribetes de gloria ni de enemistad brutal; mientras que el fútbol representa, sobre todo al final de la infancia, los estremecimientos de la libertad y el riesgo. Ninguna pasión contiene a la vez tantos arrebatos de celebración, nostalgia y desconsuelo.

Camus selló su importancia al afirmar que todo cuanto sabía de la moral humana se lo debía al fútbol. La escritora francesa Françoise Sagan, siempre provocadora, dijo con toda razón: “El fútbol me recuerda viejos e intensos amores, porque en ningún otro lugar como en el estadio se puede querer u odiar tanto a alguien”. Javier Marías hizo célebre una feliz expresión: admitió que no hay deporte más angustioso y que, sin embargo, es “la recuperación semanal de la infancia”. En tanto para Cabrera Infante –y qué decir de Borges– era un juego nefasto, pues “pocos movimientos hay más feroces como el que supone dar una patada”, para el entrañable escritor serbi.

La emoción que despierta el fútbol es desenfrenada; no me refiero en los aficionados cíclicos, sino en los que perdemos la cabeza por un encuentro: ninguna reunión de trabajo, ningún compromiso familiar, ninguna cita de amor significa un escollo. Un partido tenemos que jugarlo. Un clásico tenemos que verlo. No cabe otra. En el mundo ambiguo que vivimos, el fútbol es la verdad más sólida de las quimeras. En el amasijo de contradicciones que ruedan con la pelota en un campo de fútbol, radica su primera antinomia: para jugarlo ni siquiera necesitamos de la pelota, porque una chapita de refresco o un guijarro pueden remplazarla sobre cualquier terreno con tal de patear un objeto y buscar el gol.
En el fútbol todo es más que discutible. En la tribuna nos sacamos los ojos por un partido, un jugador o las decisiones del árbitro. En los foros intelectuales se debaten, entre otros asuntos importantes, las concepciones estéticas del juego: si importa más el toque virtuoso o el temperamento; se denuncian las formas de explotación económica de grandes corporaciones y representantes de jugadores; se protesta contra la discriminación racial y las desigualdades sociales –una buena del Diego: “Yo nací en un barrio privado... privado de luz, agua y teléfono”–; y se especula sobre los dilemas éticos que surgen de su práctica: se debe ganar un partido a toda costa, hasta qué punto extender la lealtad con nuestro equipo o qué papel desempeña este deporte en la formación moral de la infancia. Conviene reflexionar sobre esto, para no ser mirado como un bicho raro cuando uno dice, por ejemplo, “No es casual que en Matemáticas y Lenguaje estemos últimos en América del Sur, exactamente como en el fútbol”.

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Muchos conocimos este deporte fuera de casa. Al principio, los lugares para practicarlo fueron la quinta o el patio de recreo. Era un juego dócil, sin reglas, con un número indeterminado de jugadores. Después descubrimos la calle, donde nos despellejamos las rodillas, nos liamos a golpes por un foul y aprendimos a esquivar sardineles, carros y patrulleros. Con qué esmero cumplimos cualquier tarea doméstica o escolar para salir a jugarnos un pistazo con los amigos del barrio. Si éramos cuatro gatos, bastaba el placer de unos tiros al arco (el garaje de algún vecino) o un Perú-fútbol, un pasatiempo hoy extinguido.
En nuestra juventud, el fútbol fortalece el sentimiento de equipo y nos empuja a querer más a los amigos y a defender con coraje una camiseta. La divisa del colegio es, por lo general, la primera que llevamos con bravura. Supongo que me volví jugador para no dejar de pertenecer al grupo palomilloso de mi salón; como llegué tardíamente, me convertí en el arquero que faltaba. Poco importó: integrar la selección de fútbol, en el puesto que fuera, concedía prestigio y provocaba admiración. Como siempre vehemente, empecé a entrenarme como un recluta y a encresparme ante el bullicio de la tribuna. Me eduqué tanto aquellos años con el fútbol... me hice duro y pertinaz. También aprendí a enloquecer por un club profesional y a admirar a algunos jugadores, llevaran o no la misma insignia. Sin embargo, a pesar de todo su sortilegio, el fútbol se inició en mi vida a través de las letras.
Los domingos temprano recogía, todavía en pantalones cortos, del quiosco de la vuelta los cuatro periódicos que leía mi padre. De regreso, me entretenía mirando las imágenes de los partidos del día anterior. Eran fotografías en blanco y negro impregnadas de magia. Entonces empecé a separar las secciones deportivas del cuerpo del diario y a quedarme por ahí, ensimismado, a contemplar las imágenes de un racimo de músculos. Luego devoraba las leyendas y las reseñas de los partidos. En sus lecturas descubrí el reguero de un lenguaje encendido y excitante. Aquellas palabras revelaban acciones narradas como grandes hazañas, mucho más turbadoras que cualquier página de mis libros de historia. Me aficioné a recortar fotografías y crónicas deportivas y a pegarlas en un cuaderno de dibujo; en esos álbumes los jugadores alcanzaban dimensiones míticas. No se comparaban a mi padre ni a mis tíos. Y menos a los curas del colegio donde estudiaba. Sus proezas significaban para mí ráfagas de gloria que disolvían, por completo, el sereno mundo burgués que me rodeaba. (Escribe: Jorge Eslava)


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