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23/Jun/2011
 
 
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Historia Augusto B. Leguía, ex presidente juzgado y sentenciado, falleció el 6 de febrero de 1932, a los 69 años, y pesando poco más de 30 kg.

El Fin de Leguía

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El sacerdote Esteban Pérez le dio la extremaunción. Murió el 6 de febrero del ’32, a los 69 años, en el Hospital Naval. Pesaba 67 libras. Solo 20 años después de abandonado en el cementerio del Callao el cadáver de Leguía es trasladado a la Catedral de Lima en un ataúd abierto al público.

Cayó desde las alturas a las que fue elevado por el tradicional ayayerismo nacional. Las ofrendas incluyeron la Orden del Sol en su grado mayor, el título de Prócer de la República, la membresía de la Real Academia de la Lengua, el doctor honoris causa de la Facultad de Ciencias de San Marcos, una estatua de cuerpo entero en el hall de la Cámara de Diputados y la frase inmortal de su ministro de Relaciones Exteriores, Pedro José Rada y Gamio: “No hemos encontrado nada digno de ofreceros: solo vuestra propia efigie”. Se le llamó el titán del Pacífico, el Víctor Hugo de la imaginación o la suma de Bolívar y San Martín. Alexander Moore, embajador estadounidense en el país durante su gobierno, le deseó al gigante del Pacífico que viviera para siempre por la grandeza del Perú durante un banquete de 1929. Acto seguido, lo propuso al Premio Nobel de la Paz. A Leguía se le llamó Júpiter Presidente y Nuevo Mesías, y se le comparó con César, Napoleón, Alejandro, Washington y Lincoln. Pero nadie de aquella larga lista de adulones estuvo con él en su peor momento.

Ese peor momento lo pasó en el Panóptico de Lima, donde luego estuvieron recluidos Clemente Palma y Haya de la Torre. Pero su caída había empezado con el crac de 1929. Tras el golpe de Luis Sánchez Cerro en la Arequipa del 22 de agosto del ’29, Leguía intentó escapar confiando en la lealtad de la Marina y la Aviación. A los días regresó al Callao y fue apresado en la isla San Lorenzo, adonde había enviado a muchos de sus enemigos políticos.


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