Obituario 1923-2011
Jorge Semprún
La muerte de Jorge Semprún, el 7 de junio, apaga uno de los faros más íntegros, que iluminaban mejor, los tiempos modernos.
Semprún (1923-2011) fue uno de los grandes testigos del siglo XX: de sus grandes ilusiones y de sus barbaries.
La primera tragedia del siglo que sufrió fue la guerra civil española: es uno de los “hijos de la guerra”. A los 13 años, abandonó con su padre España. La siguiente fue la del nazismo: será prisionero en Buchenwald. La tercera fue la del comunismo, al que se incorporó muy joven, y su reverso, la del ex-comunismo, al que ingresó cuando lo expulsaron en 1964 del Partido Comunista Español, del que había llegado a ser uno de sus líderes.
Semprún se haría escritor sólo desde entonces, con la publicación de El largo viaje. Pero siguió siendo, fue siempre, a la vez, escritor y hombre de acción.
En su libro probablemente más emblemático, La escritura o la vida, contó cómo Buchenwald había significado la muerte. Cuando salió de allí, a diferencia del resto de los hombres que a lo largo de sus vidas se acercan a la muerte, para él vivir significó alejarse de ella. Tenía que vivir, no escribir.
Cuando por fin decidió convertirse en un escritor, el género que eligió fue la memoria, una mezcla feliz de ficción y autobiografía. Su obra tiene una rara cualidad proustiana, pero su mundo no es el de las duquesas de Proust sino el de los militantes heroicos de Malraux.
Semprún fue un emblema del hombre europeo. Al llegar a Francia y entrar al gran liceo Henri IV, decidió que hablaría francés sin acentos: no sería extranjero. Su institutriz le había enseñado el alemán y a los 16 hablaba además el neerlandés. Su literatura reflejaba ese crisol: aquel soldado americano, en La escritura o la vida, que reza el Padrenuestro en español, o Karol, en La montaña blanca, que piensa en checo y sueña en alemán. Ese carácter europeo se me impuso como evidente una noche, que comía en París con él, y le propuse invitarlo al Perú. “Me encantaría ir a América. ¿Sabes? No conozco Buenos Aires”. No habló de Cusco, ni de México-Tenochtitlán, sino de la ciudad latinoamericana que se enorgullecía de ser “el último barrio de París”.
Pero era un europeo que no renunció jamás a España, pese a escribir en francés, por lo que no pudo entrar a la Academie Française que tantas veces le propusieron. Cuando Felipe González quiso que fuera su Ministro de Cultura, tuvo que asegurarse qué pasaporte tenía. Semprún casi se indignó: “Español, por supuesto”. Como Picasso, que dominaba el mundo del arte, pero solo quería de verdad estar en el Prado, para quedar frente a frente de Velázquez y Goya.
Libertad, igualdad, fraternidad: el gran lema de la revolución francesa y del mundo moderno. La grandeza esencial de Semprún es que toda su obra fue una elegía a la fraternidad, acaso perdida al final de toda la edad moderna.
La última vez que lo vi, no hace mucho, yo estaba parado frente a un quiosco en el Boulevard Saint Germain, cerca de la Rue de l’Université donde vivía. Alguien me puso una mano en el hombro. Era Jorge. Los años ya encima, pero todavía la hermosa cabellera blanca, y el rostro con la nobleza de siempre.
Así como Octavio Paz encandiló mi adolescencia, Semprún iluminó mi madurez. Era el escritor cuya vida habría querido tener (a falta de la de Malraux), aquel que tuve más orgullo de conocer. Se abre un vacío para mi.
Tenía, me doy cuenta ahora, la edad que habría tenido mi padre. (Alfredo Barnechea)