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Internacional Hugo Chávez retorna a Venezuela afirmando que libra una batalla por su vida. Al autoritarismo suma una tropical vena mesiánica.

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Chávez con sus hijas de regreso al Palacio de Miraflores. “¡Viva la revolución bolivariana! ¡Viva la vida! ¡Viva Chávez!”, se reventó cohetes.

El poder es adictivo para quien lo detenta e imprescindible para quien sigue a éste ciegamente. De allí que resulte difícil en general reconocer un signo de debilidad, como es una enfermedad grave, por parte del poderoso y de sus seguidores. Es por eso que no resulta extraño el comportamiento de Hugo Chávez, presidente de Venezuela, que ocultó durante tres semanas la gravedad de la dolencia que lo había obligado a permanecer en La Habana, Cuba, donde le realizaron dos cirugías. El jueves 30 de junio, el propio Chávez dirigió un mensaje dando cuenta de su dolencia: un tumor canceroso en la zona pélvica que había obligado a su extracción. Dos elementos indican la seriedad de su estado, aparte de la pérdida de peso: la inusual brevedad de su intervención (14 minutos) y la lectura del texto.

Numerosos políticos han ocultado enfermedades que la salud del Estado hubiese exigido revelar. Casos claros fueron los de François Mitterand, presidente francés, y John F. Kennedy. Aquél ocultó durante 15 años su cáncer de próstata y éste numerosas y serias dolencias que en diversas oportunidades exigieron internaciones de emergencia. Lo notable de estos casos es que ocurrieron en sociedades abiertas, en las cuales existe especial cuidado en mantener bien informados a los miembros de la comunidad. Sin embargo, las exigencias del poder personal y grupal llevan a colocar la salud personal del líder por encima de la salud de la República. Esto es más acentuado en el caso de las sociedades cerradas y autoritarias, como es el caso de la Venezuela actual, donde se oculta información de manera deliberada, empeorando una situación políticamente delicada. La lacónica información proporcionada por Chávez agrega más preguntas que las que responde.


 


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