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Opinión “Ergo, si fuera un turista informado el único lugar donde no estaría ahora sería Machu Picchu...”.

Centenaria, y no me da Tiempo

LIMA, 03 DE JULIO DE 2011

Si yo fuera un turista bien informado, en estos momentos estaría caminando por los bosques del Parque Nacional Amotape guiado por Aldo Durand, sabiendo que nada de lo que hay allí ha sido puesto para mi deleite (y mis dólares) y que el aire es tan denso como la tela de esa araña que, dicen, es más resistente que un chaleco antibalas. Y al día siguiente Órganos me haría amanecer en la lancha de Cebiche Silva en silencio absoluto, esperando que aparezca la primera ballena jorobada con su ballenato, antes de irse hacia la Antártida a atragantarse de krill. Y si me cantara en el forro me quedaría a cabalgar por Fernández sobre un viejo caballo criollo hasta que alguien me haga saber que en muy pocas horas podría estar durmiendo una noche en Los Horcones de Túcume (Purgatorio se llama el cerro detrás de mi cama), la otra en El Choloque de Olmos (hoy se clasificaron miles de mangos Kent para irse a Francia) y la otra en la hostería San Roque de Lambayeque (en una de cuyas habitaciones se velaba un saco de Víctor Raúl durante los años de las cavernas), sometiéndome durante cuatro días a una experiencia sobredelirante de cabritos y patos guisados por señoras que al decir de allá, “se agarran la verija antes de cocinar, mi hermano”. Y vería Huaca Tres Ventanas y Cerro Ventarrón con su habitación en forma de chacana levantada en adobón hace cuatro mil años, Collut, Sipán, y el hidromiel de las señoras del Bosque de Pómac en la orilla del río, y con Nacho Alva aprendería la iconografía mochica a la que solo se accede con Sanpedro y en noche oscura. Del ceramio saltaría al mar y del mar, a una cebichería de Puerto Eten o de Santa Rosa sabiendo que soy un turista bien informado porque pasaré la noche siguiente en San Pedro de Lloc pero sin dormir, en manos del maestro Marcos Carbajal para que el amanecer me agarre con lágrimas, el cansancio tremendo, el alejamiento de mis dolores “mar adentro”, como repite el viejo Carbajal con el vozarrón propio de un atlante habituado a lidiar con el diablo maldito, cuando ya es hora de desarmar su mesada toda compuesta por artes que lo llamaron en su juventud mediante el brillo, al caer la tarde, desde una huaca que hacía rechinar los dientes a los vivos. Y, como informado turista que soy, sabría que no es posible abarcarlo todo en un par de semanas y entonces volaría a Tarapoto, no me rendiría a la primera en la Patarashca sino que repetiría el nina juane de camarón hasta sudar corales durante la travesía hasta el Puma Rinri, donde se hace la siesta entre el medio Huallaga y un cerro donde nunca ser humano posó la pataza. Buena siesta, porque de madrugada subiríamos con Lluís Dalmau y los amigos nativos lamistas a Mushuk Lamas, cuatro horas cerro arriba, para conocer sus cultivos de café, ahora que dejaron de sembrar hoja de coca, y aceptaría quedarme a dormir allá arriba sin imaginar que una tormenta haría tronar las calaminas de la escuelita donde estaría tendido mi sleeping, con el fragor de un efecto especial de cuando en las cabinas de radio las novelas se emitían en directo. En Chazuta me bañaría en el río y si me llegaba al cuerno, me subiría a una balsa de esas que se construyen con topa para un solo viaje, cargado de mojambos que iría pelando en la ruta de los rápidos, de Chumía, de Aguirre. Cambiaría de río, pasaría al Huayabamba, un productor de cacao me diría, “antes fui cocalero, hoy mi producto se va a Francia, amigo Rafo, y plata que entra limpia da más plata, plata que entra sucia no da más plata”, los paredones de roca cerrándose sobre nuestras cabezas en el Área Protegida de El Breo y su catarata a la que subir es más jodido que parir un erizo pero diablos, cuando estás arriba y ves cómo el agua en millones de años ha horadado la roca hasta crear un puente con la perfección de un rascacielos, diablos. Sacaría tiempo de donde no lo haya para saltar a Gotca, al menos una noche, y luego a Pomacochas para –sin ser un birdwatcher porque no entiendo la pasión por los pajarracos–quedar paralizado ante el movimiento más quieto y rápido del mundo, el que hace el colibrí cola de espátula para seducir a su hembra. Ergo, si fuera un turista informado el único lugar donde no estaría ahora sería en Machu Picchu. Como Vallejo luego de una empachada con versos de Chocano, pensaría lo incorrecto políticamente en un país un tanto ocioso y fanfarrón: “me friegan los cóndores”. (Rafo León)


 


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