Personajes A propósito de la presentación de su último y comentado libro “La responsabilidad civil del médico y el consentimiento informado”, CARETAS conversó con el ilustre jusfilósofo, investigador y docente Carlos Fernández Sessarego.
El Derecho de Pensar
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Sessarego es autor además de una figura pionera, la del “daño al proyecto de vida”. |
A los 85 años, Carlos Fernández Sessarego tiene la mirada de un niño inteligente: limpia, brillante y llena de ilusiones. Vive en una casa que él y su esposa construyeron hace más de medio siglo en Rinconada Alta. El metro cuadrado del enorme terreno les costó apenas 80 centavos y durante mucho tiempo ellos fueron los únicos vecinos de esa urbanización, sin teléfono ni servicio alguno en cientos de cuadras a la redonda. Pero él ama la naturaleza y siempre ha tenido coraje, o sea que resistió, espero que la zona se poblara y ahora agradece tener un lindo bosque solo para él. Allí, donde sus cuatro hijos crecieron y fueron tan felices, él pasa muchas horas atrapando ideas y pensando, que es su oficio favorito. Ha publicado 15 libros, 116 artículos periodísticos y casi 200 artículos relacionados con su especialidad. Y lo que es más importante, dos de sus audaces teorías han revolucionado el mundo del derecho. Aquí, sus interesantes comentarios sobre su vida y obra.
–¿Qué significa ser un jusfilósofo?
–Que todo mi trabajo tiene un fundamento filosófico y que este termina en la realidad, es decir, en la jurisprudencia. En otras palabras, el jusfilosofo es un jurista que aplica la filosofía al derecho para encontrarle los supuestos, es decir, los principios básicos.
–Usted es el autor de la teoría tridimensional del derecho. ¿Nos la explica, por favor?
–Cuando yo estudiaba en la universidad y preguntaba qué era derecho, unos decían que el objeto del derecho era la norma jurídica; otros, que era la justicia y otros, la sociedad. Eso me parecía una locura. Tiene que haber un solo objeto, me decía yo. Entonces me puse a pensar en varias cosas, entre estas, en el pisco sour y me dije: pisco, limón y amargo de angostura, ningún elemento es pisco sour pero ninguno puede faltar, tiene que haber interacción. En consecuencia, el objeto del derecho es el resultado de la interacción de la vida humana, los valores y las normas. Ninguno de por sí es derecho pero ninguno puede faltar. Sobre eso versó, finalmente, mi tesis de bachiller.
El doctor Fernández Sessarego es autor también de una concepción pionera de la figura del “daño al proyecto de vida”. Ocurre que él descubrió algo que ningún otro jurista en ninguna parte del mundo había notado: que se podía dañar la libertad. “Hay una libertad que es la ontológica y otra, que es la que nos permite decidir”, afirma. Esto quiere decir que todos tenemos, consciente o inconscientemente, un proyecto de vida que puede ser dañado por varias circunstancias cuando la justicia no es equitativa. De hecho él ha tipificado, inclusive, los tipos de daño y ahora tiene la satisfacción de saber que la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha hecho suya su tesis en varias de sus sentencias.
–¿Y cuál ha sido su proyecto de vida?
–Mis tres pasiones son escribir, pensar y ser profesor. Uno de mis grandes profesores, José León Barandiarán dijo un día que yo había nacido para enseñar. Y eso es verdad. Amo la docencia porque amo transmitir lo que sé. Amo formar a otras personas. Mi proyecto de vida ha sido la docencia y la investigación relacionada al derecho.
–¿Fue un niño feliz?
–Mi mamá, Catita, murió cuando yo tenía un año y algunos meses. Fue una mujer muy linda y muy buena. Mi papá, Carlos Fernández Mora, que era costarricense quedó consternado luego de la muerte de su esposa y para desgracia, también perdió a su madre, entonces a mi me criaron mis abuelos y por más que mi padre quiso llevarme a Costa Rica, ellos siempre encontraron la disculpa para que no lo hiciera: que estaba enfermo, que tenía que terminar el colegio, etc. Hasta los doce años fui realmente feliz.
–¿Qué pasó después?
–Murió mi abuelo y todo cambió de un solo un porrazo. Mi abuela y yo nos quedamos solos y sin dinero. Ella se llamaba Felicia Casaretto y yo la adoraba, porque me tenía confianza, me educó, me dio todas las herramientas para que tuviera coraje y me exigió muchísimo. En esos días, yo mismo me generaba mis propinas vendiéndoles a mis amigos del colegio caramelos, figuritas, canicas, pabilo para las cometas y otras chucherías.
–¿En qué colegio estudió?
–En el Raimondi. Dios ha sido grande conmigo, por eso creo en Él firmemente aunque no pueda definirlo. Estoy seguro que apenas quedé huérfano, el colegio inventó el premio de excelencia para que yo obtuviera una beca y no pagara nada hasta terminar mis estudios. Siempre fui el primero de la clase, del primer año al último. Solo obtuve el segundo puesto cuando estuve en cuarto de primaria que debido a una serie de enfermedades casi no pude asistir a clases. Sin embargo, al final del año me felicitaron por mis logros. A la única que le parecieron pésimas mis calificaciones fue a mi abuela: “Ser segundo no vale”, me dijo.
–Usted luce estupendo, ¿cuál es su secreto?
–Soy disciplinado, me trazo un proyecto y lo hago. Para eso me levanto a una hora y me acuesto a otra. He hecho deportes, he sido subcampeón escolar de natación estilo pecho y he jugado básquetbol en el Circolo Sportivo Italiano. En 1943, que ingresé a San Marcos, bajé un poco el ritmo. Yo creo que lo que me mantiene bien hoy en día es mi espíritu. Además tengo más de 60 años de profesor universitario y la docencia da vida.
–¿Quiénes dirían que han sido sus grandes maestros además de León Barandiarán?
–Porras Barranechea. Él ha si el mejor de toda mi vida porque me enseñó a investigar. Es una pena que ni una calle de Lima lleve su nombre. Sus alumnos tenemos que hacer algo para preservar su memoria…
–¿Cómo se definiría usted?
–Soy Piscis y los Piscis somos imaginativos. Tengo el don genético de la creatividad y de la inteligencia. Ser creativo e inteligente no es culpa mía ni mérito mío. Puedo pensar y manejar la filosofía, que si bien no crea nada, ilumina y es la que me permite ver en la bruma y entre las tinieblas para los demás. ¿Qué soy, un jurista, un filósofo? No, acabo de descubrir que soy un pensador.
–En la reciente campaña electoral Ollanta Humana habló de cambiar la Constitución y a todo el mundo se le paró los pelos, ¿usted la cambiaría?
–Yo creo que sí, empezando por el artículo primero y repetiría el de la Constitución del ’79, porque en ese la persona es el fin supremo del Estado y la sociedad; en cambio en la del ’93, el fin supremo es la defensa de la persona, ¿cómo que la defensa? ¡Es el ente y no la acción! Además, haría más extensiva la educación.
–¿Y considera que la Constitución es para todos los peruanos?
–Es para los hispanohablantes, occidentales por origen o por incorporación. En la Constitución del ’96, no obstante, se dice que las comunidades se regirán por sus costumbres y eso ya es un avance pero no es suficiente…
–¿Qué le suscitan los conflictos sociales?
–Son la consecuencia del abandono del ser humano y el privilegio de la propiedad. El país está pagando siglos de pecados de las generaciones que nos han antecedido.
–¿Qué piensa del indulto a Fujimori?
–No se puede indultar a alguien que comete crímenes de lesa humanidad, salvo que tenga una enfermedad terminal.
–¿Cree que Fujimori se vengó de usted porque luego del golpe del 5 de abril de 1992, renunció al Consejo Consultivo de Relaciones Exteriores?
–Pero claro que sí. No quiso que me hicieran Amauta, me vetó e impidió que me dieran el premio COSAPI y me mandó a investigar creyendo que era millonario. Imagínese. He luchado contra él y he defendido la democracia durante mucho tiempo.
–¿De qué se trata su último libro?
–De la dignidad y los derechos de los pacientes.
–¿Dígame, tiene debilidades?
–Siempre me han encantado las mujeres…pero he sabido controlarme. Solo soy un romántico, un soñador. (Entrevista: Teresina Muñoz-Najar)