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Opinión “No vaya a pensar el lector que la feligresía de la Cruz de Motupe es de mantilla, rosario y falda negra hasta la rodilla…”.

Sangre Fuerte

LIMA, 8 DE JULIO DE 2011

Sangre Fuerte nomás papito, cuando yo te llame así te voy a decir y me vas a reconocer. Ayúdame pues y vas a ver cómo te cambio la suerte”. Sangre Fuerte me entrega una foto de la hija tomada el día de su quinceañero. La muchacha, linda, sonríe mientras baja una escalera de madera que no da a ninguna parte. Sangre Fuerte piensa que la chica tiene talento para trabajar en la televisión, “pero no en cualquier programa de malcriadas, a ella le gustan los niños, podría tener su programa como la Yola, hazme el sajiro pues blanco”.

No vaya a pensar el lector que la feligresía de la Cruz de Chalpón –o Motupe, lo mismo da– es de mantilla, rosario y falda negra bajo la rodilla. Cuando se asciende la larguísima escalera que parte de la base del cerro Chalpón y termina en la cueva donde la cruz apenas cabe (al costado de la tarima de roca madre donde dormía su tallador, el eremita franciscano Juan Agustín de Abad), vamos entendiendo la esencia de este culto que los norteños llevan bajo la piel. La escalera ha sido hecha por tramos, dependiendo de las donaciones de feligreses agradecidos o aún esperanzados. Un milagro, quince escalones y así. Todos van rubricados en el cemento. A los lados de la vía, y especialmente cerca a las estaciones donde réplicas de la cruz indican pascanas para los peregrinos, abren sus puertas restaurantes, quioscos, tenderetes y sobre todo, puestos de venta de objetos que se llevará el devoto para recordar a la cruz con gratitud y un cierto pragmatismo, por qué no, pues hay desde llaveros hasta capillas completas. Yo me traje una réplica del madero, hecha en guayacán como su original, que está en este momento detrás de mí y a la que le hice esta mañana una ofrenda con agua florida a ver si se aclara por fin el horror del robo, destrozo e incendio de una de las tres cruces que el padre Abad hizo con sus propias manos antes de desaparecer para siempre, hacia 1868, dejando el mensaje de que sus tallas debían ir cada una a un cerro: Chalpón, Penachí y Rajado.

Un joven artesano y su esposa, embarazadísima, me invitan a conocer su taller. Ellos hacen unas capillitas de topa que resguardan una réplica fotográfica de la cruz y se enchufan al tomacorriente para que tengan luz sin necesidad de vela. Pero hay miles de capillitas en proceso, me intriga. “Es que hacemos para varias fiestas, Virgen de la Puerta, Señor Cautivo, hasta para la Virgen del Cisne del Ecuador. Nomás le cambiamos el santito y ya está”.

No hay forma de que el sacrilegio haya sido un vulgar robo de piezas de metal. Jugarse la condenación eterna no vale lo que cuestan unos aros de plata de baja ley, esos que cubrían los brazos del madero. Sangre Fuerte me diría la verdad, estoy seguro. ¿Qué verdad? Dos grupos dentro de la hermandad se pelean el poder y el control de las limosnas. Uno se venga del otro, o lo hace para que le echen la culpa. O los hermanitos evangélicos, para quienes la cueva es la casa del diablo y la cruz, el diablo mismo. La proximidad de la fiesta (primera semana de agosto) los desbordó. Llega el fin del mundo, hay que estar limpios para sobrevivir.

Es abstracta la cruz, no un santón ni un Cristo desangrado. En su ser lo aguanta todo. Es la expresión más acabada del símbolo religioso fundacional y eterno. Por eso admite otra explicación al robo, cualquier otra. Un ex congresista, desaforado del cargo por espiar para un país vecino, tiene intereses en la zona. Ha comprado, contra toda legislación, un enorme terreno en un área protegida del bosque seco para construir un grifo. La gente de Motupe lo detesta. Los vendedores de Chalpón no lo dejan entrar al santuario. La región es el corazón del curanderismo norteño, del bueno pero también del peor malero. Sangre Fuerte, ¿por qué no me llamas y salimos de dudas?(Escribe: Rafo León)


 


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