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Personajes A 50 años de la muerte del gran Sérvulo Gutiérrez, cuidada maleta resguarda su inquietante y fogoso archivo epistolar. Aquí, sabrosos fragmentos.

El Artista Impenitente

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Sérvulo, el pintor iqueño que no solo supo deslumbrar con su arte, sino también con sus candentes misivas.

Aunque las cartas del pintor no se conservan en el archivo de la asociación que lleva su nombre, sí se encuentran las respuestas a las mismas que su amante estadounidense le remitiera a diario. Y es en ellas donde se puede percibir el carácter telúrico del don epistolar del artista. “Parece que Sérvulo no solo pegaba bien en el ring, sino también en el amor”, dice Max Gutiérrez, presidente de la Asociación Cultural Sérvulo Gutiérrez, en alusión a esa relación que, según recuerda, habría sido rota luego de que la Embajada de EE.UU. devolviera a su país a la susodicha al considerar que una de sus empleadas no debía frecuentarse con un pintor al que vinculaban con el comunismo.

De las pocas líneas de Sérvulo que se conservan, se rescatan estas dirigidas a su amada Sue: “no escuches lo que digo o escribo, sino escucha el dolor que siento”. Ella, a su vez, le remitiría larguísimas misivas en las que se refería a él como su “gnomo precioso”. “Estoy tan feliz esta mañana”, se lee en carta fechada el 2 de mayo de 1952, “acabo de recibir tu telegrama –con solo dos palabras “te amo”– has sido tan dulce de enviármelo, ha significado todo para mí. Oh Dios, Sérvulo, es tan difícil de existir sin ti… También recibí hace unos días dos cartas tuyas conteniendo esos hermosos, tristes poemas. Por favor no me hagas eso otra vez, tuve que dejar la oficina por un momento, no pude controlarme. Cuando llegué a casa al fin tuve el más maravilloso llanto del año. Los poemas eran tan maravillosos y me hicieron sufrir tanto que no pude soportarlo”.

Misivas de ánimo romántico acompañadas de consultas menos poéticas sobre el destino de algún cheque enviado al pintor, y preocupación por el estado etílico del artista: “Espero tanto hablar contigo por teléfono el 18 de abril, el viernes por la noche, a las ocho, así que no te olvides. Le dije a Marie que tratara de mantenerte sobrio esa noche hasta que termine de hablar contigo – así que trata de ser un buen chico”. Menos tersa, aunque en este mismo sentido, sería aquella nota a cargo de Zoila, hermana del artista: “Oye rata de mierda ponte el remedio donde tú sabes y no chupes tanto”.

Amante de las mujeres hermosas y del buen trago, los innumerables recibos del bar Minuit en el centro de Lima dan también cuenta de esa predilección suya por el whisky y, de vez en cuando, por el chilcano. Asiduo visitante del Negro Negro en el que la tradición cuenta que se encontrara con el legendario John Wayne, Sérvulo también solía visitar el restaurante Dominó, en una de cuyas cartas, entre anuncios de costillas, churrascos y conchas al limón, aún se conserva una siniestra Santa Rosa trazada con lápices de cejas y labios non sanctos.

Tal tesoro preservado en la maleta que los esposos Max y Celi Gutiérrez rescataran de la habitación del pintor poco después de su fallecimiento da cuenta del carácter tormentoso del artista iqueño que a los seis años fuera mozo en el restaurante de su padre, a los 13, peón en la construcción de una carretera, a los 21, subcampeón sudamericano de boxeo en Córdoba, Argentina, y que supiera inmortalizar en ese inquietante cuadro suyo en rojo fuego el desnudo de la eterna Doris Gibson.

Cartas, versos y apuntes sueltos, fotos, documentos diversos como sus boletas de compra de pintura, ropa y el pago de sus estancias en el Hotel Richmond, y hasta la tarjeta en la que se da cuenta de su medida de vista sin duda constituyen ese verdadero manjar para el estudioso o el biógrafo, con perlas como la siguiente estampada de su puño y letra en una postal enviada desde París a su padre en Palpa y en la que se observa la Plaza de la Concordia con el siguiente mensaje suyo: “Querido papacito: Cuanto más me alejo de Ud. más lo extraño y menos pierdo las esperanzas de abrazarlo pronto. Sérvulo”. O estos versos a una dama anónima: “Qué triste es el aire cuando tiene su manera. Ahora, por ejemplo, la quiero. Tiene el sabor a esa mujer que amo. En la esquina de mi tiempo tengo todavía un color eterno para poder pintar el aire, el sol y tu mirada. Chola linda y enamorada camina sobre el viento”. O aquel otro borrador de una carta dirigida al pintor argentino Emilio Pettoruti, de quien habría sido pupilo, y una de cuyas frases cita diciendo que “la luz del gran pintor está en la mente, en la inteligencia y en la imaginación”. O, incluso, aquel otro suelto que reza con insuperable sapiencia sobre aquello “tan hermoso como las piernas de una hembra desesperada”.

Hijo de una familia de 17 hermanos de mismo padre en dos mujeres distintas, Sérvulo fallecería el 21 de julio de 1961, siendo enterrado con la paleta de Macedonio de la Torre en el tercer nivel de un cuartel de nichos en el cementerio El Ángel. Entre sus penas se llevaría la de haber dejado de ver a su única hija a los seis años cuando él partiera de Argentina a tentar suerte en París. Entre sus consuelos, se llevaría el de haber visitado cada 18 de octubre al Señor de Luren, portando un cirio como regalo místico en la fecha misma del cumpleaños de su niña. Amén. (Maribel De Paz)


 


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