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Historia La primera calificadora de riesgo surgió con la conquista del Oeste, en 1860.

Los Ferrocarriles De Poor

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El Manual de Ferrocarriles era un directorio de empresas ferrocarrileras y su solvencia, en 1860. Actualizado anualmente, llegó a tener 1,400 páginas a inicios del siglo XX.

¿Cómo es posible que una agencia particular, llamada “calificadora de riesgos”, genere un terremoto bursátil mundial?

¿De donde salió, al fin de cuentas Standard & Poor’s, la empresa que redujo la calificación de Estados Unidos de AAA a AA+ con grandes consecuencias económicas y políticas en su país?

Todo se inicia con un barbado caballero llamado Henry Vernon Poor.

Poor publicó en 1860 un Manual de Ferrocarriles, libraco que fue actualizando cada año y que llegó a tener 1,400 páginas en un solo tomo en la versión de inicios del siglo XX.

Inicialmente, eran los tiempos en que diversas empresas construían ferrocarriles transcontinentales, pasando entre cowboys, pieles rojas y también estafadores, y los inversionistas querían saber más del proyecto en que metían su dinero.

El manual ferrocarrilero de Mr. Poor tuvo éxito y así surgió Standard & Poor’s.

El propio Henry Vernon Poor vivió hasta los 92 años.

En 1909 apareció John Moody, quien también se metió en el negocio de evaluar ferrocarriles, creando Moody’s, y fue seguido por Fitch y su Fitch Ratings.

Moody fue el que inventó el sistema de clasificación por letras, yendo de la AAA+ óptima hasta la D, de “default” (perro muerto).

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Henry Vernon Poor, padre de Standard & Poor’s

El Perú (como Brasil) está clasificado con BBB, que quiere decir sólo “satisfactorio” a pesar de que el gobierno de AGP ha dejado la economía sin déficit fiscal ni inflación y reservas importantes.

El profesor Lawrence J. White, de la Universidad de Nueva York, apunta las incongruencias del sistema e indica que hacia los años 20 estas agencias (a las que se han sumado algunas más) se habían diversificado a diferentes rubros y daban la información a prestamistas e inversionistas, a quienes les cobraban.

Pero entonces el gobierno norteamericano cambió las cosas.

Después del ‘crash’ bursátil de 1929 y la Gran Depresión, el Estado federal comenzó a regular la situación de los bancos y la calidad de los bonos en que invertían.

Y allí es cuando el Tío Sam encargó a S&P y a las otras agencias la evaluación de los bonos.

“Se tercerizó esta tarea”, dice White. “El gobierno la delegó a este puñado de empresas privadas”.

Durante décadas el sistema funcionó bastante bien y calificadoras comenzaron a pronunciarse sobre países enteros, hasta que el ambiente empresarial cambió en los años 60.

En vez de cobrar a los inversionistas, las agencias calificadoras comenzaron a facturar a quienes emitían los bonos.

Y en la década pasada hubo escándalos. Por ejemplo, ignoraron la inminente quiebra de la gigantesca empresa gasífera Enron y en la última década también dieron calificaciones AAA a organizaciones que negociaban pésimos valores inmobiliarios, como Fannie Mae y Freddie Mac, hasta que éstas reventaron en el 2008.

En Europa fueron creciendo las quejas contra las agencias calificadoras de riesgo, señalando sus errores, y el propio gobierno norteamericano recomendó no prestarles mucha atención.

Pero bastó que el íncubo transformado del inocente Henry Vernon Poor le bajara un puntito a su país natal para que se remecieran las bolsas del mundo en una estampida contagiosa.

Y todavía hay neoliberales que siguen creyendo en la sabiduría espontánea (e intocable) del mercado.


 


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