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Entrevistas La esencia andina, mitológica y panteísta en la carrera artística de Alberto Quintanilla.

La Fuerza Ancestral

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Cuarto de quince hermanos, Alberto Quintanilla tuvo sin embargo una infancia solitaria, rodeada de sus primeros dibujos.

Casi todos los artistas que han estudiado y hecho sus primeras armas en Europa (fuente innegable de la cultura mundial) han adquirido una pátina especial y omnisciente que les proporciona una fisonomía artística, mental y humana muy común entre ellos. Salvando, naturalmente, las enormes diferencias de valor y estilos que cada uno posee. Lo insólito en el caso del pintor y escultor Alberto Quintanilla (77), cusqueño a machamartillo, es que ha paseado por casi toda Europa el espíritu, el carácter y las creencias de su tierra natal sin falsificación ni impostación alguna. Él se dejó caer allí y los que lo conocieron tuvieron que adaptarse, y lo hicieron con facilidad, a su aspecto y a su sentir serrano, lo cual demuestra que andar por la vida sin complejos y triunfar es cosa perfectamente hacedera. Ahora, en el restaurante Costa Verde, y frente a mí, me cuenta con todo detalle sus periplos, sentimientos y fragmentos de vida que nos lo retratan de cuerpo entero. Veamos cómo un cusqueño sensible llegó hasta donde quiso.

–¿Ambiente familiar?
–Nací en Cusco en 1933, de familia humilde. Mi padre fue un mil oficios, empleado temporal, vendedor, pequeño industrial que molía y empacaba café, fabricaba velas y chocolates y sus productos los daba a vender a jóvenes vendedores para ayudarlos económicamente. Le puso marca al café “El gato negro”, que se conoció mucho en el Cusco. Yo dibujaba desde muy niño imaginería cristiana y animales. Veía animales en el campo: arañas, lagartos, peces, águilas, cóndores y luego los trasladaba al papel envolviéndolos en un halo mágico, los exageraba. Era un niño muy solitario a pesar de llegar a tener, con el tiempo, 14 hermanos (éramos 15 en total, 11 mujeres y 4 hombres), soy el cuarto de todos ellos.


 


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