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Opinión “Arguedas escribió a mano: ‘Esta noche mi vida ha dejado por entero de tener sentido’. Una premonición…”.

No Fue en Vano

OCONGATE, 20 DE AGOSTO DE 2011

No basta leer la transcripción, tienes que escuchar la grabación. Ahí, en los tonos de voz es donde te das cuenta de que había una intención de apartarlo, de segregarlo, de hacerle sentir que todo lo que había vivido, reflexionado y escrito en ese texto, solo produjo una falacia”. Mi amiga crítica de arte no se anda con lindezas a la hora de hacer un comentario sobre arte o cultura. Conversamos sobre la reciente edición de ¿He vivido en vano? – La mesa redonda sobre Todas las sangres, publicada por el Instituto de Estudios Peruanos y que trae, con el librito, el cd que mi amiga recomienda escuchar con especial atención.

Para los desmemoriados o los que de nada se enteran, en el año 1965 el IEP organiza una serie de mesas redondas sobre Literatura y Sociología, en las que ante un auditorio debaten los representantes más conspicuos de las ciencias sociales de esa época, cuando estas gozaban de una espléndida salud debido a que el indigenismo había dejado una estela estético/política que atraía sobremanera a la academia norteamericana y francesa. Por otro lado, nuestra narrativa con Ciro Alegría también evolucionaba desde la idealización del indígena hacia el abismo de lo incierto. Alberto Escobar, sólido lingüista del IEP, era con Arguedas de los pocos intelectuales del momento que otorgaban a la literatura un espacio privilegiado desde el que esta puede a la vez engrandecerse en lo concreto de una obra y transformarse, a la manera sartreana, en una fuente de conocimiento de la sociedad.

La segunda de esas mesas redondas estuvo dedicada a Todas las sangres, de José María Arguedas, publicada el año anterior. La reunión estaba presidida por Luis Valcárcel e integrada por Arguedas, José Miguel Oviedo, Jorge Bravo Bresani, Alberto Escobar, Henri Favre, José Matos Mar y Sebastián Salazar Bondy. Entre el público ocupaba un sitio Aníbal Quijano, a quien la mesa consideró lo suficientemente calificado sobre el tema como para que suba, y así se hizo.

Lo que sigue es harto conocido. Ante el silencio nunca interrumpido de Valcárcel, Escobar, con toda su elegancia intelectual sitúa la novela en el terreno de lo “social” pero destacando en ella rasgos de una profundidad artística y cultural que la hacían inédita y fundante en la historia de la narrativa peruana. Y a partir de ahí se arranca una discusión de sordos en la que el resto de especialistas, con más o menos encono, arrinconan a Arguedas por no haber sabido escribir la novela que cada uno de ellos tenía en la cabeza (sin el talento de José María, por cierto). Le objetaban no haber diferenciado al indio del campesino, de estar entronizando al comunero de los Andes, de no distinguir con claridad dialéctica al hacendado moderno del señor feudal y por último, de que la novela era demasiado literaria. Especialmente rabiosos se mostraron Favre, Quijano, Salazar Bondy y el mismo Oviedo. “No estamos aquí para discutir la novela que debió haber escrito Arguedas”, apuntó un ecuánime Escobar, pero su intento cayó en saco roto, la carnicería sociológica ya estaba desatada y al escritor se le escapó el desgarrado “entonces, ¿he vivido en vano?” que da título al volumen que comento. Finalizada la mesa, y ya solo, Arguedas escribió a mano: “Esta noche mi vida ha dejado por entero de tener sentido”. Una premonición que sería cuestión de años más, años menos.

No son la cultura, las construcciones identitarias ni las relaciones entre el arte y la política los temas que hoy le rompen el cráneo al medio intelectual doméstico. Más importantes son el monstruo de IDAT, la especialidad de chef y la bisutería cucufata que se viene en la Católica. Sin embargo, me alegra mucho vivir estos tiempos en los que la banalidad permite la libertad. A nadie en su sano juicio se le ocurriría hoy juzgar sociológicamente un poema de Martín Adán porque en este no se encuentra clarificada la lucha de clases. O un lienzo de Julia Navarrete, por decadentemente irreal. Me entusiasma constatar que es posible para cualquiera expresar lo que le sale del forro en nombre de sí mismo, pues ya todos nos dimos cuenta de que lo políticamente correcto es una monserga que se está yendo para no volver. “Yo, aleteando amor, sacaré de tus sesos las piedras idiotas que te han hundido”, podría haber leído, sonriendo, Arguedas hoy donde le hubiera dado la real gana, sacándole la lengua a Favre, a Quijano, a los otros. (Escribe: Rafo León)


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