miércoles 18 de septiembre de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2196

01/Set/2011
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre PolíticaVER
Acceso libre InternacionalVER
Acceso libre EfeméridesVER
Acceso libre Opinión VER
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Acceso libre Conc. CanallaVER
Sólo para usuarios suscritos Quino
Acceso libre Fe de ErratasVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Acceso libre Gustavo GorritiVER
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos China Tudela
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Suplementos
Acceso libre C.H. San PabloVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2300
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión “Es, sin dudarlo, la persona pública menos libre que conozco. Sus rejas son sus ideas, fobias y prejuicios…”.

Hablemos de Cine

LIMA, 26 DE AGOSTO DE 2011

Un viejo amigo que solo ve películas desde hace más de cuarenta años, de pronto se dio cuenta de que necesitaba trabajar para vivir cuando le cayó una propuesta: la más reputada universidad norteña del momento le ofrecía el curso de Lenguaje Cinematográfico en su Facultad de Comunicaciones, cuatro horas a la semana y tutoría de tesis. Y como a mi amigo le gusta el calor, la idea de trasladarse a esa tierra tórrida de bosques secos y mares de labios tropicales le venía bien.

Todo andaba sobre ruedas hasta que un día a mi amigo se le ocurre pasar en clase ‘Los Pájaros’, de Hitchcock, para trabajar con los estudiantes el tema de la metáfora en una de las películas más asombrosas de la historia. Al día siguiente una nota en su casillero le hace saber que el rector lo estaba esperando. Cuando mi amigo entró a la oficina de ese salmantino pálido como una yuca pelada, intuyó que algo iba bastante mal. En efecto, con voz monocorde el rector le hacía saber que la universidad y La Obra, su mentora, estaban muy ofendidas porque “usted se ha permitido, inconsultamente, pasarles a los estudiantes una película absolutamente contraria a los principios de nuestra institución educativa y a los cimientos del credo católico”. Mi amigo se quedó estático como una bobina de proyector cuando se corta la electricidad y apenas atinó a preguntar a qué se refería el cadáver salmantino. “Usted lo sabe muy bien, esa película de Hitchcock… ¡es una alegoría del triunfo del mal!”. A la semana mi amigo estaba nuevamente en Lima viendo al menos dos películas por día, misio.

En 1967 yo tenía diecisiete años y cursaba mi segundo año de Letras en la Católica, allí en la Plaza Francia donde le pegábamos un cigarro entre los dedos a la estatua del padre Dintillac que serenamente permanecía sentada en una banca. Luis Jaime Cisneros me ilustraba en Lengua, José Antonio del Busto, en Historia del Perú. Alberto Varillas nos iniciaba en Literatura Peruana, Arturo Rocha en Cosmología, Purificación Estévanez en Latín (nunca entré a una clase), un capellán del Ejército nos dictaba Ética (!) y la Tía Tomasa nos enseñaba lo que era la vida en la chingana de la esquina, cuando al quinto tanganazo como una muestra de cariño se golpeaba la sien y saltaba el ojo de vidrio, que lo ponía en la palma de tu mano con amor de borracha.

En el segundo semestre de ese año tomé como curso electivo Teología, dictado por Gustavo Gutiérrez. Desde la primera clase la erudición, la amplitud de criterio, la finísima ironía y la racional humanidad de ese hombre pequeño y exacto, me deslumbraron. El curso reflexionaba sobre la idea de Cristo en la tierra, sus deberes, sus dolores y sus contradicciones, a partir de la película Nazarín, de Buñuel. El padre Nazario trabaja con los más pobres en el México de Porfirio Díaz, tratando de seguir las pautas de vida que él ha aprendido en el Evangelio: libertad, compasión, compromiso. Hasta que se mete a defender a una prostituta y la justicia le cae encima. Nazario en respuesta, pone en crisis su fe.

Juan Luis Cipriani es parte gorda de La Obra y por si fuera poco, con el cardenal de Barcelona conforma la comisión que ve la administración de los bienes materiales de la Iglesia Católica. Es, sin dudarlo, la persona pública menos libre que conozco. Sus rejas son sus ideas, fobias, prejuicios y su insaciable ambición, que lo hace maquiavélico e inescrupuloso como si fuera un par florentino suyo del siglo XVI. Su vida con el tiempo servirá para que alguien haga el guión de una película, no sobre Nazario precisamente sino más bien sobre un pájaro agorero que cae en picada a llevarse lo que puede.(Escribe Rafo León)


Búsqueda | Mensaje | Revista