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08/Set/2011
 
 
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Religión Con bastante ya hecho y mucho más todavía por hacer, la iglesia de San Pedro empieza a mostrar una nueva piel gracias a una intensa labor de restauración.

Trabajo Bendito

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La cúpula restaurada que en días pasados atrajo la presencia de National Geographic.

Descendiendo por la vieja escalera que lleva a la bóveda mortuoria de los jesuitas, casi casi se podría uno imaginar ese mismo recinto en sus noches virreinales, cuando el sacerdote a cargo descendía hasta allí para rociar la cal viva sobre los cuerpos yacentes, revisar el buen estado de los cajones, o simplemente saborear su roce diario con la muerte. Submundo fúnebre cuyo ingreso acaba de ser reabierto luego de 60 años en la iglesia de San Pedro, la cámara mortuoria es uno de los recovecos de este templo en pleno jirón Azángaro incluidos en el plan de restauración del párroco Enrique Rodríguez.

Jesuita sibarita que dedica muchas horas a escuchar gente y otras tantas a callar todo lo que escucha, Rodríguez ha encontrado en los chifas del cercano Capón la feliz alternativa a la cocina “austera, monótona y triste” de su iglesia. Consciente de que entre sus obligaciones se encuentra el cuidado de este patrimonio de la humanidad, el párroco se ha tomado en serio la restauración del templo. Cura significa “cuidado”, explica, y especial cuidado es lo que ha puesto en supervisar la reciente restauración de la bóveda de esta iglesia construida en el siglo XVI por la Compañía de Jesús.


 


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