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08/Set/2011
 
 
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Entrevistas Las vicisitudes bohemias en la carrera artística de Rafael García Miró.

A Mal Tiempo Buena Cara

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“Trabajé en París pintando casas como pintor de brocha gorda. Las pasé muy duras, pero en una ciudad bella e interesante”.

Al pintor Rafael García Miró (56) lo conocí el 14 de julio pasado en la recepción de la Embajada de Francia. Me llamó mucho la atención. Siempre sonriente, mezclaba con tino chispas de humor en la conversación y se reía, con chiribitas en los ojos, de forma risueña y jamás sobreactuada. Contagiaba alegría. “Éste es todo un tipo al que hay que entrevistar”, pensé. Antes de despedirme concreté esta entrevista citándolo, como es mi costumbre, en el restaurante Costa Verde a donde acude ahora tan alegre, risueño y jovial como cuando lo conocí en la Embajada. En este sentido esta entrevista es insólita porque Rafael García Miró ejerce de “bon vivant”, sin ser exactamente ese Maurice Chevalier de la eterna y pícara sonrisa que anunciaba el amor y las noches de París. ¿Cuál es su secreto? ¿Una terapia contra la tristeza? ¿El ser capaz de reírse de sí mismo? Veámoslo a continuación.

–El apellido García Miró, igual que el Miró Quesada está absolutamente identificado con el diario “El Comercio”. ¿Qué parentesco lo une con José Antonio García Miró?
–Es mi tío, su padre era hermano de mi abuelo Pedro García Miró, yo soy hijo de Suzanne George y Pedro Manuel García Miró Elguera.


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