Opinión “Cajamarca sigue en el mapa de la pobreza, estando a la vez en el mapa de riqueza”.
Con Gripe en Cajamarca
CAJAMARCA, 8 DE SEPTIEMBRE DE 2011Quienes leen lo que vengo escribiendo acerca de la minería “moderna” en el Perú, saben que el tema no es de los que me hacen bailar La Macarena, de la felicidad. Pienso que la mayoría de proyectos mineros establecidos en distintas zonas de nuestro territorio, se basan en la extracción, como en el siglo XVII en Hualgayoc; sin buscar concertar con las poblaciones, llevándose la parte del león en piedras, sin valor agregado, y con una capacidad de lobby indigna y hasta delincuencial. El escenario descrito podría variar con la reciente Ley de Consulta Previa, pero hoy mismo, en mi cuarto de hotel en la ciudad de Cajamarca, agripado, puedo asegurar que esa ley encara solo una parte del problema mientras que otra, muy grave, sigue pasando piola.
Los conflictos socioambientales en el Perú tienen dos definiciones bien demarcadas. Una es la preocupación de las poblaciones frente al riesgo de la contaminación de sus recursos naturales y por tanto, a tarde o temprano tener que dejar sus actividades agropecuarias ancestrales, sin alternativa; además del temor a enfermedades derivadas de los metales duros y al engaño que se percibe detrás de cada taller en el que la minera se supone que explica el proyecto pero casi como quien da una clase de alemán. El otro punto es el económico: ¿Qué nos deja la minería? ¿Adónde se va tanta plata? ¿Quién rinde cuentas? Para el primer tema la consulta previa en principio obligará a uno y otro actor a transparentar sus intereses. Para la segunda, se supone también que se estaría modificando el asunto con el impuesto a las sobreganancias.
La minería “moderna” fuerte tiene en Cajamarca poco más de diez años. Me dicen que el canon captado en ese periodo supera los ochocientos millones de dólares. En curso hay al menos cuatro megaproyectos, uno de los cuales –La Conga– empleará en una larga etapa a 18 mil trabajadores, la mayoría comuneros reciclados como mineros. Si al canon que estas mineras produzcan le sumamos el impuesto a las sobreganancias, las cifras que ingresen a las arcas del Tesoro y de los gobiernos regionales simplemente los harán reventar.
La ciudad de Cajamarca tiene hoy casi 250,000 habitantes, no conozco otra en la que haya tanto vehículo y el tráfico sea más achorado y caótico. La delincuencia pronto podría llegar a niveles trujillanos. La contaminación en el aire es insoportable, como el ruido, como el bizarro paisaje urbano. Bajísima calidad de vida. Zonas inmensas que hasta hace poco fueron campiña, hoy son pueblos jóvenes que acá se crean de frente con “material noble” por la cantidad de plata que circula, pero que carecen de servicios básicos. El río Mashcón en ciertas partes muestra dos riberas de letrinas de chapa que dan de frente al cauce, mientras que los camiones de las obras públicas echan el desmonte al agua, colmatando sus fondos y poniendo en severo riesgo a la población. Pero eso sí, se ha construido un coliseo polideportivo que es la cosa más grande que he visto en mi vida, aunque se dice que solo servirá para hacer corridas de toros, a pesar que hasta ahora viene costando 120 millones de soles. Hay campos feriales, puentes peatonales, plazas, autopistas y monumentos que un alcalde empezó, a los que metió un huevo de plata y vino el siguiente y los dejó sin terminar. Cajamarca sigue en el mapa de pobreza, estando a la vez en el mapa de riqueza. El metro cuadrado de terreno entre la ciudad y Baños del Inca, ya alcanza los US$ 600.
Las protestas en los conflictos generalmente van contra las mineras, pero dejan de lado a un actor repleto de irresponsabilidad. Son las entidades públicas, los gobiernos regionales y municipales. Ignorantes, antitécnicos, corruptos, incapaces de pensar en términos integrales. Por ejemplo, la urbanización desatada de la campiña no solo se explica por la migración a la ciudad. También porque las dos grandes empresas que compran leche al productor han concertado precio y pagan lo mismo que hace diez años. Vender la tierra es mil veces más rentable. Frente a esto es que me pregunto cuándo fue que la palabra “planificación” se convirtió en una lisura impronunciable y me vuelvo a preguntar, ¿no son planificación la concertación de precios o la construcción de mamarrachos? Llego así a una hipótesis gripal, y es que la solicitud de licencia social debería estar acompañada de proyectos planificados de desarrollo, cuyo compromiso sea vinculante. ¿Será una tontería producto de un virus? (Rafo León)