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Opinión “Para la medianía, inclusión es relativizar los conceptos de buen y mal gusto por sospecha de clasistas”, opina Rafo León.

Momento Gratuito y Breve

LIMA, 26 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Húmeda es Lima, toda, hasta en la avenida El Rosario en San Isidro, que no parece Lima porque es arbolada, siempre está limpia y hasta los automovilistas se portan un poco mejor cuando la recorren. Estoy solo, salgo de un concierto del ciclo de la Sociedad Filarmónica, trato de ir a esos conciertos desde que tenía dieciséis años y se realizaban en el cine Pacífico. Suelen ser espléndidos hasta los que no son tan buenos. Dos horas de buena música, de discreción, de silencio (porque la música es silencio). Me queda aún en la memoria un fragmento de Dvorak que acabo de escuchar; tocó esta noche el Prague Guarnieri Trio, uno de los mejores tríos de cuerdas del mundo. ¡Cómo no estar contento! Paso al lado de una casa de los treinta cuyo muro color toscano está montado por una mezcla de jazmines y madreselvas. Relento mis pasos y me demoro lo más posible para no meterme al auto y partir. Pero claro, como todo, ese momento epifánico terminó mal. Gracias a una pregunta que me hice a mí mismo: ¿Está bien sentir un placer como este, tan exclusivo?

Exclusivo se opone a inclusivo e inclusivo es un adjetivo que califica a algo contenido en el sustantivo inclusión. Ahora bien, la inclusión puede o no ser social. Como la justicia, la economía de mercado (¡!), el arte, la sensibilidad, la emoción. Inclusión es hoy una palabra clave para la vida en común. Hace no mucho ese papel lo jugaban otros términos, sostenibilidad, equidad, empoderamiento, en fin. El otro día en un hotel de Piura yo tomaba desayuno, solo (como se debe tomar desayuno) y sin preguntar si podía se sentó a mi mesa un peruano emergente, me dijo “tú eres Rafo León, ¿no? Ahora te voy a contar mi historia, yo soy un modelo de inclusión social”. Soltó una carcajada solo comparable en cinismo a la risa de una rata y me contó parte de su vida. Estuvo involucrado en un proceso por narcotráfico (iniciado según él por Montesinos), quedó limpio pero nadie le daba trabajo y ahora –“gracias a la inclusión”– tiene una empresa que parcha óleo y gasoductos. La plata se le sale por las orejas. No me arrepentí del desayuno compartido, pero hasta ahora sigo pensando que mi ocasional amigo hace los huecos en los óleo y gasoductos, que después su empresa parcha.

¿Es inclusión, lo que escuché esa mañana en Piura? No sé, pero me llamó la atención lo popular de la palabreja y recordé el momento gratuito y breve de la avenida El Rosario, cuando me había preguntado si disfrutar así no sería una traición a la inclusión. Porque como ocurre con todo lo políticamente correcto (tan bien sostenido por las redes sociales en uno de sus roles más chinchosos, como es el de vigilar el actuar ajeno), la tal inclusión tiende a anular lo individual a favor de una masa colectiva donde todos dicen sí y dicen no a lo que manda el bien pensar. Para la medianía, inclusión es relativizar los conceptos de buen y mal gusto por sospecha de clasistas o racistas. Para ser inclusivo te tienen que gustar la chanfainita, el Grupo 5, La Tigresa del Oriente, Tetita, El Delfín y las películas de Palito Ortega. Si cometes el error de confesar que no consumes los productos mencionados, que sus personajes te son tan ajenos como seguramente tú a ellos y que la chanfainita te genera repugnancia, vas a pasar al leprosorio de los que no practican el culto a la inclusión. Una campanita en la mano, y a caminar por las calles alertando sobre la posibilidad de que contagies a otros con tus taras de retrógrado pasadista. Porque seamos claros, el verdadero “gran hermano”, la espantosa profecía de Orwell, no vive en esos programas de televisión en los que una cámara espía la actuación natural de unos seres que se pretenden comunes y corrientes. El rasero totalitario más alarmante viene de cabezas pensantes, de instituciones benefactoras, de discursos políticos. Se trata de un colador compuesto por rejillas hechas de palabras por el que debes pasar a condición de hacerte puré. Si eres sólido, quedas fuera. Si te atreves a decir conmigo públicamente que ni amarrado a una silla verás un capítulo completo de Al fondo hay sitio (con el perdón de muchos amigos excelentes actores y actrices que trabajan ahí), bueno, te tendrás que atener a las consecuencias. Si no te gusta el King Kong (yo lo adoro) eres antiperuano. Si piensas que Humala se portó como un caballo con el periodista de Univisión, no estás razonando inclusivamente. Disculpen, regreso a Dvorak. (Escribe: Rafo León)


 


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