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Ganador del 24º Concurso de El Cuento de las 1000 Palabras, Camilo Torres recorrió el Madrid de Cervantes. Aquí el sabroso relato.

Cuento y Recuento

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Con Palmira la Riva en peregrinación a tumba de Vallejo en el cementerio Montparnasse de París, hasta donde Torres extendió su periplo europeo.

A la hora de retornar al Perú, tiré toda mi ropa a la basura y llené mis dos maletas y la mochila con libros y cómics. La casaca que llevaba tenía un libro en cada bolsillo y, como si fuese una revista para hojear durante el vuelo, en una mano cargaba las casi dos mil páginas de los Ensayos de Montaigne. Cada kilo autorizado para cruzar el Atlántico era un kilo de papel impreso. Desde que tenía diez años y vendía libros en el suelo de La Colmena, supe que la ansiedad por conseguir lectura, comprada o robada, me traería problemas.

Madrid, Barcelona y París abarcaron mi visita de tres semanas a Europa. Hasta entonces, cada vez que pensaba en Madrid recordaba a una trágica chica que velaba en su dormitorio las fotos de sus novios muertos. A pesar de esa necrófila, España me desconcertó por su calidez, por la generosa facilidad con que la gente muestra su afecto o cólera, o simple estulticia. Su verborrea es proverbial. Los peninsulares utilizan cinco oraciones para decir lo que bien podrían comunicar con una. Y su inocencia, que les permite ser emotivos, es pueril y por ello puede ser violenta. Una tarde de domingo, la calle de Monteras ofrece el apacible cuadro de abuelos y pequeños tomando helados, una comisaría y prostitutas rumanas ofreciéndose por veinticinco euros. Son esclavas de una poderosa mafia. La policía prefiere perseguir a los proxenetas y no a las muchachas que alquilan veinte minutos de cariño y acuden con nostalgia a las cabinas de internet.

Después de la muerte de Dios, solo los museos son espacios sagrados. En el Louvre, una multitud constante impide acercarse a la Gioconda. Pero los turistas no se esperaban a un veterano del transporte limeño que, al grito de “¡Baja en la esquina!”, es capaz de abrirse paso donde sea. Un busto del emperador Adriano me mira con lúcida energía; ese mármol fue esculpido en presencia del modelo, quien renacería con la pluma de Yourcenar y sería uno de mis mejores amigos. Es un lugar sacro, sin duda, y aquí el tiempo tiene otra cadencia, porque el espacio comprende centurias, las centurias que forman Occidente. Aquí se aprecia, asimismo, los equívocos de la modernidad. Una integración mal entendida les ha dado a inmigrantes cargos de vigilancia que cumplen mal, y un joven africano me mira avergonzado por las obscenidades que su compañera profiere entre carcajadas. Conozco varios terroristas que podrían volar el Louvre alegremente.

Palmira La Riva me acompaña en la peregrinación a la tumba de Vallejo, en Montparnasse, que encontramos cubierta con una patriótica bandera. En la de Baudelaire, nos espera el hallazgo de una carta escrita en inglés (“usted sabe, señor B., por qué uso este idioma”); el remitente anónimo le pide al poeta un segundo milagro. “Mira, chico. Esta es una recién llegada”, me dice Palmira cuando ve la fecha de defunción de Susan Sontag. En la lápida de Cortázar, alguien ha depositado un pequeño queso. Más tarde le refiero esto a Aurora Bernárdez, su primera esposa y albacea, quien me cuenta que compró la casa donde estamos al llegar de Argentina con su esposo. “¿Cortázar vivió aquí?”, exclamo con asombro. “En esta sala escribió Rayuela”, responde la anciana. París también me permitió conocer a otra viuda notable: María Kodama.

En Notre-Dame, una capilla está dedicada a la Virgen de Guadalupe y hay una máquina que expende medallas de Nuestra Señora por un euro. Su construcción se inició en 1163 y en el siglo XIX no le importaba a nadie, hasta que la novela de Hugo la puso de moda. Toco con las yemas de los dedos la base de piedra de una de sus columnas. Las ruinas precolombinas serán maravillosas, pero son eso: ruinas. Pienso: 1163. Esta catedral es más antigua que Machu Picchu. La cultura que la erigió, con crisis o sin ella, está viva y este templo no es un museo; hoy, como hace novecientos años, vienen diariamente los cristianos a orar a su dios (con minúscula). Mas la noche de París no es ya la que hace suspirar a Woody Allen; se siente un letargo de la cultura y en sus librerías importan mucho los clásicos y poco los autores contemporáneos. Dos imágenes me acompañan de regreso: la profundidad de las raíces de Occidente y la esterilidad de sus vástagos más recientes. (Por: CAMILO TORRES)


 


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