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Opinión "Para comprender las medidas que hay que tomar, debemos entender los problemas que afectaban a la economía antes de la crisis". Opina el premio Nobel en economía Joseph Stiglitz.

Digiriendo la Crisis

Nueva york – La crisis económica comenzada en 2007 continúa. ¿Por qué? Sin una mejor comprensión de las causas de la crisis, es imposible implementar una estrategia eficaz de recuperación. Por el momento no tenemos ni lo uno ni lo otro.

Se dijo que fue una crisis financiera y por eso los gobiernos de ambos lados del Atlántico se concentraron en los bancos. Se aseguró que los programas de estímulo eran un paliativo temporal necesario para el mal momento, hasta que el sector financiero se recuperara y resurgiera el crédito privado.

Pero mientras el sector bancario otra vez reporta rentabilidad y bonificaciones, el crédito no se ha recuperado, a pesar de que los tipos de interés a corto y largo plazo están en mínimos históricos.

Los bancos aseguran que lo que restringe el crédito es la falta de prestatarios confiables, producto del mal estado de la economía. Algunos datos clave indican que tienen razón, al menos en parte. Después de todo, las empresas grandes atesoran billones de dólares en reservas de efectivo, o sea que no es la falta de dinero lo que les impide invertir y tomar trabajadores.

Pero para las empresas pequeñas la situación es muy diferente: están tan necesitadas de fondos que no pueden crecer, y muchas se ven obligadas a achicarse.

La inversión privada en términos generales –sin contar la construcción– está otra vez en un 10% del PBI (antes de la crisis era del 10.6%). Pero dada la oferta excedente en el sector inmobiliario, difícil que la confianza vuelva a los niveles previos a la crisis –independientemente de las medidas que se tomen en el sector bancario.

El factor evidente que precipitó la crisis fue la imprudencia imperdonable del sector financiero, sumada a la insensatez de una desregulación que le dio rienda suelta. La secuela que dejó (capacidad excedente en el sector inmobiliario y hogares endeudados) dificulta más la recuperación.

Pero la economía se encontraba muy mal ya antes de la crisis, y la burbuja inmobiliaria solo disimuló las debilidades. Sin la burbuja para estimular el consumo, se habría producido una enorme escasez de demanda agregada.
En cambio, lo que ocurrió fue que la tasa de ahorro personal se redujo a apenas el 1%, mientras el 80% de los estadounidenses menos pudientes gastaban cada año aproximadamente el 110% de sus ingresos.

Así, incluso si el sector financiero se recuperara completamente y los estadounidenses no hubieran aprendido nada sobre la importancia del ahorro, su consumo no superaría el 100% de sus ingresos. Así que todos los que hablan de un “regreso” del consumo viven en un mundo de fantasía.

Para alcanzar la recuperación económica es necesario poner en orden el sector financiero, pero no es suficiente. Para comprender las medidas que hay que tomar, debemos entender los problemas que afectaban a la economía antes de la crisis.

En primer lugar, los Estados Unidos y el mundo fueron víctimas de su propio éxito. El acelerado aumento de la productividad en el sector industrial superó el crecimiento de la demanda, lo que supuso una reducción del nivel de empleo. Esto implicaba un desplazamiento de mano de obra al sector de servicios.

El problema es similar al que se presentó a principios del siglo XX, cuando un rápido crecimiento de la productividad en el sector agrícola obligó a la mano de obra a mudarse de las áreas rurales a los centros fabriles urbanos.

Pero la caída de los ingresos agrícolas, superior al 50% entre 1929 y 1932, produjo una migración a gran escala. Pero los trabajadores quedaron “atrapados” en el sector rural, porque no tenían recursos para trasladarse, y la caída de sus ingresos debilitó de tal modo la demanda agregada que el desempleo industrial y urbano se disparó.

La necesidad que tienen los Estados Unidos y Europa de retirar mano de obra del sector industrial se agrava por el cambio de las ventajas comparativas: además de que hay un límite global para la cantidad de empleos fabriles, una proporción mayor de esos puestos de trabajo se irá a otros países.

La globalización fue de los factores que contribuyeron al segundo problema clave: el aumento de la desigualdad. Como una parte de los ingresos se trasladaron de personas que los gastan a personas que no los gastan, la demanda agregada se redujo.

Asimismo, el enorme encarecimiento de la energía derivó poder adquisitivo de los Estados Unidos y Europa a los países productores de petróleo, que al darse cuenta de la volatilidad de sus precios, eligieron acertadamente ahorrar gran parte de esta renta.

El tercer y último problema que contribuyó a la debilidad de la demanda global es la masiva acumulación de reservas en divisa extranjera en los mercados emergentes, que en parte es una reacción a los errores cometidos por el FMI y el Tesoro de los Estados Unidos en el manejo de la crisis asiática de 1997 y 1998.

Al darse cuenta de que la falta de reservas los ponía en riesgo de perder la soberanía económica, muchos países se dijeron: “Nunca más”. Pero si bien la acumulación de reservas los protegió –el nivel de reservas total de las economías emergentes bordea los US$ 7.6 billones de dólares–, el dinero que se destina a reservas es dinero que no se gasta.

En cuanto a la solución de estos problemas subyacentes ¿dónde nos encontramos? Como los países que acumularon grandes reservas pudieron capear mejor la crisis económica, el incentivo para seguir acumulando aumenta todavía más. Paralelamente, los banqueros registran otra vez bonificaciones, pero los salarios de los trabajadores pierden valor y las horas de trabajo se reducen, lo que amplía todavía más la brecha de ingresos.

Encima, los Estados Unidos no se han librado de su dependencia del petróleo. Este verano (del hemisferio norte) el precio del petróleo volvió a subir por encima de los US$ 100 por barril, lo que significa mayor transferencia de divisas a los países exportadores de petróleo. Mientras tanto, la transformación estructural de las economías avanzadas se realiza muy lentamente.

El Estado es un actor protagónico en la financiación de los servicios públicos, por ejemplo la educación y la salud. Para restaurar la competitividad en Estados Unidos y Europa, los programas de educación y formación laboral con fondos estatales serán fundamentales.

Pero a ambos lados del Atlántico se optó por la austeridad fiscal, con lo que prácticamente está garantizado que la transición de esas economías será lenta.

La receta para el mal que aqueja a la economía global se deduce inmediatamente a partir del diagnóstico: hacen falta sólidos programas de gasto público que apunten a facilitar la transformación estructural, promover el ahorro energético y reducir la desigualdad. Y, simultáneamente, una reforma del sistema financiero internacional que presente alternativas a la acumulación de reservas.

Tarde o temprano, los líderes mundiales (y los votantes que los eligen) se darán cuenta de que es así, ya que conforme las perspectivas de crecimiento sigan empeorando, no les quedará otra alternativa. ¿Pero cuánto sufrimiento deberemos soportar hasta que eso ocurra? (Por Joseph E. Stiglitz*)

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Joseph E. Stiglitz es profesor de la Universidad de Columbia, premio Nobel de Economía y autor del libro Caída libre: Estados Unidos, el libre mercado y el hundimiento de lta economía mundial.
Copyright: Project Syndicate, 2011.
www.project-syndicate.org Traducción: Esteban Flamini


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