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Opinión “Los choros colocan sobre la carretera aletas de tiburón, y no hay llanta que aguante un roce…”.

¿Quién da Más?

San Pedro de Lloc, 1 3 de octubre de 2011

En verdad resulta mucho más práctico, si uno quiere ir a San Pedro de Lloc o a Pacasmayo, tomar un bus nocturno y una pastilla para dormir, en ese orden, sin olvidar que la pastilla habrá de ser tomada después de que se juegue el bingo de a bordo, de lo contrario una pesadilla intermedia entre el sueño y la vigilia lo torturará al pasajero por más de media hora. Aconsejo el bus cama que parte de Lima a las ocho de la noche y solo deja pasajeros en Pacasmayo, once horas después, en ruta a su destino final, Chiclayo. Ahora bien, para quienes prefieren volar, ahí está lo opción de hacerlo a Trujillo y allí, en el aeropuerto, negociar con algún taxista una carrera a no más de cien soles más diez del peaje de Laredo, aunque queda el recurso de pagar la décima parte en un colectivo de Pakatnamú Express o en algún bus de distancias cortas.

Cualquiera de estas opciones demanda pasar por el tramo entre Paiján y San Pedro, un arenal en el que las dunas pequeñas se elevan como en un paisaje de Tilsa, cubiertas de suculentas rastreras y con olor a mar, pues a ocho kilómetros van y vienen las costas de Poémape. En ese pedazo de Panamericana puede que esté el número más alto de asaltos de carretera del Perú, chocando palo con la vía Los Libertadores y la Panamericana Sur, por Calaveritas. La modalidad tiene algo de costumbrismo. Los choros colocan sobre la carretera aletas de tiburón, afiladísimas, y no hay llanta que aguante un roce con el hueso del escualo. Lo demás ya es cuestión de relaciones públicas, donde el que se resiste a perder un celular puede perder además la vida, o en fin, cualquier mujer recibirá lo que más la humille.

Por principio no se debe pasar entre los kilómetros 560 y 650 después de las cinco de la tarde. Pero esa vez el tiempo nos quedó corto y teníamos que llegar a dormir a Piura, son cosas del trabajo. Salimos de Trujillo como a las seis, ya casi a oscuras, y nos detuvo un patrullero a preguntarnos qué hacíamos. Se lo conté, el policía me advirtió del peligro que corríamos. Le agradecí, pero no puede dejar de sugerirle que entonces sería mejor que ellos fueran a patrullar a ese trozo de infierno: “ya, compare, pasa, pasa nomás”.

Hace dos días volví a los kilómetros de la muerte, de día; me llevó un taxista trujillano afable y parlanchín. Me contó que ya tenía decidido su voto para el 2016 (“y para muchos periodos más, mi querido amigo”). ¿Candidato? Aún no lo es el coronel Elidio Espinoza, acabado de liberar y limpiar de todo cargo relacionado con la denuncia por liderar un escuadrón de la muerte, el que según familiares de las víctimas, hace cuatro años habría asesinado a nueve sospechosos de delinquir en una ciudad donde nueve, para el tema, es como decir cero. Los porcentajes del lumpenaje ya ni se cuentan.

El coronel salió del juzgado en hombros, lo vivaban los transportistas, muchos pequeños empresarios, mujeres y niños que perdieron al hombre de la casa en un asalto, en una gresca, en un ajuste de cuentas. Para los organismos de Derechos Humanos el proceso está preñado de vacíos, no es un debido proceso. Para los afectados por la delincuencia (muchas veces delincuentes también), no se trata de probar la culpabilidad o inocencia del coronel sino de defender a los escuadrones de la muerte. Dicen que estos son la única garantía para la vida en barrios como Florencia de Mora o El Porvenir. Y a partir del kilómetro 560, añado yo.

La historia enseña que los escuadrones de la muerte (en Brasil, Guatemala, Argentina, México), solo generan más muerte, y no alivian el problema que los creó. A estas alturas yo me pregunto, ¿hay algún alivio a la violencia que nos está tocando en América Latina? ¿Existen salidas formales a cuestiones como el narcotráfico o la minería delincuencial, que mueven más dinero que el PBI del país, dan más trabajo que todo el sector privado junto, y transmiten una adrenalina existencial que jamás se podrá sentir en las páginas de una planilla? ¿Qué nos impide sincerarnos? Sincerarnos sería aceptar la historia, la humanidad y su lado oscuro, la mentira del orden establecido, la condición humana. (Escribe: Rafo León)


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