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Juan Carlos Cubas y la representación de las peripecias de un torero peruano antes de presentarse en la feria de Acho.

Torero de los Andes

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Públicos diferenciados, pero la misma pasión. Juan Carlos Cubas y fans taurinas de Huaros, Canta.

El cerro al frente no es el San Cristóbal, ni es uno solo. Es una cadena montañosa, parte de los Andes, en Cajamarca. La vista se vuelve horizontal y tribunas atestadas con 10,000 personas con ponchos y polleras celebran y animan. Anisado en vez de pisco, cigarros sin filtros en lugar de habanos, el coliseo es el de Cutervo y no el de Acho (y sobre las ganancias del torero en pie sobre la arena, ídem en una diferencia de tres a uno). Así, matador y toro se observan. El primero se pone de rodillas y espera la embestida a porta gayola hasta el final. Pase y el júbilo al grito de ‘¡ole!’ es total. Entonces, Juan Carlos Cubas, huancaíno de solo 25 años, suda y saluda.

Es que Acho y la Feria del Señor de los Milagros son la conclusión, pero no el todo. La vida del torero peruano es también la del recorrido y degustación de orejas y dificultades en los pueblos más recónditos del interior. “En lo que va del año he participado en 30 corridas de las ferias más importantes en Cutervo, Cajabamba, Huamachuco, Matara, Palca y San Miguel, entre otros”, hace la cuenta Cubas: “Son pueblos a lo mejor pequeños, pero de plazas monumentales que siempre se llenan”.


 


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