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Opinión “Tomar solo una cremita de zapallo en tu casa en la noche es un placer más grande que ir a cenar donde Rafael Osterling”.

De Mick Jagger a Puccini

URUBAMBA, 23 DE OCTUBRE DE 2011

No sabemos negar nada, a lo más ocultar, postergar. ¿Se puede negar cuado existen los espejos, las salas de cuidados intensivos y la página de defunciones de El Comercio? Dice un chiste elegante, en realidad un lugar común, que a partir de los sesenta los hombres, en vez de alardear sobre mujeres, nos contamos entre nosotros nuestras aventuras con los médicos. Este me trató así, el otro acertó mejor, el consultorio del de más allá era un páramo de frío, el mío está mil veces más cerca de la tecnología de punta que el tuyo. Descubrir que tomar solo una cremita de zapallo en tu casa en la noche es un placer más grande que ir a cenar donde Rafael Osterling. Que Nessum Dorma te asienta en la tierra mejor que Satisfaction, aunque Mick Jagger siga queriendo negar que cualquier aria de Puccini cabría mejor en su repertorio que Brown Sugar. También se ha inventado chistes un poco más idiotas, como el de aquel anciano que abre el diario por el final del primer pliego y antes de leer los nombres de las personas que figuran dentro de los recuadros enmarcados en negro, se dice a sí mismo con resignación, “vamos a ver la lista de pasajeros de hoy”. Pero bueno, de pronto quienes quieren negar en realidad están buscando lo que las señoras de sociales del mismo diario aspiran con los hilos rusos y los bótox, detener el tiempo. No posponer la muerte –quién piensa en eso– sino suspender el movimiento en un instante en el que la belleza y la lozanía aún –se asume– pueden ser sintetizadas en la foto impresa en un periódico. Yo no sé, pero en lo que va del año, o mejor, en el último año, no pasan dos semanas sin que parta una persona querida. Por supuesto que todos los días mueren millones de seres humanos, pero resulta que yo conozco a muy pocos y aprecio y soy apreciado por un número mucho menor todavía. Y justamente, de estos se están empezando a ir, con una frecuencia que no me alegra. Mi madre se fue en noviembre del año 2010, pero era ya una anciana que había pasado los límites mucho tiempo atrás y lo único que reclamaba era paz y perdón. Y los tiene. Pero luego, vinieron a irse amigos y amigas de mi edad y generación, es decir, los hijos de mis padres. Cáncer, paros cardiacos, algún suicidio por ahí, accidentes, razones en ciertos casos tan tontas que ni cabe mencionarlas para no emputecer más la condición humana. Los velatorios de Fátima se han convertido para mí en lugares de visita más frecuentes que los cines de Larcomar, y están a la misma distancia de mi casa. Voy caminando, hago lo que debo que hacer pero en lugar de regresar entre la humedad de los malecones con el recuerdo de un bonito soundtrack en la cabeza, tengo en el saco el olor a flores nocturnas, y claro, tengo la cólera de sentir pena. Raúl, Cecilia, Richard, Carlos Iván, Gabriel, Luis Jaime, Vicente. Ya ni siquiera es fácil recordarlos como una lista, ni vale la pena el empeño, no están y no estarán. Me duele por ellos, porque todos, al menos por afuera, valían por lo que eran y por lo que hacían. Se puede decir que fueron buenas personas, hasta los que no llegaron a la genialidad. No me duele, ojo, saber que la valla la tengo cerca, la tenemos cerca quienes venimos corriendo, trotando y luego caminando desde hace más de seis décadas. A mí me importa un pepino mi caso. No así el caso de quienes saben poner en el justo espacio el valor de sus propias vidas, incluyendo sus miserias, y no se creen más ni menos de lo que son. Pero me temo que entre ellos la selección de la muerte es más implacable que con los tontos y los malos. Y entonces quedan más seres queridos agobiados, y eso le gusta a la humanidad. Golpear a quienes molestaban menos y ocupaban un espacio preciso. A quienes habían creado su propio mapamundi, que recorrían, en solitario, sin hacer ruido. Pues de eso se trata, de guardar silencio en el momento preciso y urgente en el que debes acallar el último, inútil, esfuerzo. (Escribe: Rafo León)


 


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