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Personajes

La Señora Daphne

Era octubre de 1985. Joven, huraño y despeinado, tenía el mejor trabajo del mundo así no me pagaran: escribía los textos de Amenidades, con especial énfasis y dedicación en la Calata.

Mi jefe inmediato, ese loco bendito de Coco Salazar, entraba y salía de la oficina discutiendo reportajes con una mujer alta, de segura y elegante modestia que, cámara al hombro, me decía hola y yo respondía hola.

Un día ella entró buscando a Coco, que no estaba. Me preguntó qué hacía y al no saber cómo sustentar dignamente que me dedicaba a darle un hálito de vida interior a un ejército de mujeres desnudas condenadas al sacrificio del escrutinio mañoso, le dije que estaba haciendo un reportaje sobre índices de tuberculosis rural.

¿Tu estás haciendo la Calata, no?, dijo. Me gusta.

Cuando Coco apareció le pregunté quién era la fotógrafa. El respondió La Señora Daphne.

Pocas semanas después CARETAS celebraba sus 35 años con un fiestón en la Plaza de Acho. No faltó ningún personaje digno de buscarse espacio en una foto. Extraviado entre tanta gente importante, y ansiosa de ser reconocida como tal, vi a la señora Daphne tranquilamente sentada contemplando la fauna desde una esquina, y me acerqué a conversar con ella. Lo primero que me dijo fue que no le dijera señora, solo Daphne.

En eso un reputado diputado de la nación, que daba por hecho que era un desperdicio de tiempo adulto hablar de Holden Caulfield, toros o lo que sea con un mocoso en un evento como ese, la interrumpió reprochándole no sé qué cosa que había salido publicada en la revista. Ella en su suave modo le decía que no era el momento, que ya podría hablarse de eso luego. Pero este sujeto, en un desagradable dialecto seseoso y atropellado, insistía. Entonces consideré oportuno intervenir para explicarle de la más didáctica manera que no era ni educado ni decoroso persistir en la materia de su reclamación. Es decir le dije que se fuera a la puta madre.

La situación subió de tono. El diputado exigía respeto a la investidura, yo insistía en lo de su puta madre como inmejorable destino a su persona, travesía invitada que convocó la llegada de su seguridad. Entonces Daphne intervino. Sin borrar su habitual sonrisa pero matizándola con un gesto de convicción propio del guerrero escocés William Wallace, encaró al diputado y le dijo algo que nunca olvidé: si te metes con él, te metes conmigo.

El electo por la nación se retiró balbuceante y furioso. El destino le tenía deparado algo mayor, ver eternamente asociado su nombre al de un payaso. A mí una sonrisa de honor, sonrojo y compromiso me sobrevino esa noche en Acho.

Esa primera y suficiente confirmación de quién era ella abrió el camino de una amistad de más de veinte años. Que se enriquecía conforme conocía mejor una exquisita sensibilidad privada, guarecida entre la timidez y la humildad, que se liberaba diáfana en lo que leía y en lo que fotografiaba, obra que seguro ahora será redescubierta y revalorada. Aún así, huí de su cámara. Fue cuando alguna vez se retrató a quienes trabajaban en la revista para presentarlos ante los lectores. Ella ni se molestó ni lo forzó. No te preocupes, a mí tampoco me gusta que me vean, me dijo echándome una mano. Lo mío era fobia. Lo suyo discrección.

Sigo presintiendo que hay fotos que roban el alma. Pero las de Daphne no se apropian de nada ajeno, más bien lo comparten. En ese proceso su propia forma de ver, de ser y de hacer se revelan en una delicada estética de la más lúcida timidez. Por eso su presencia persiste en una triple lección de vida: Saber que nadie es mejor que nadie. Saber encontrar la belleza que no se muestra fácil. Poder doblar el acero con una sonrisa.

Ella lo hacía. (Por Jaime Bedoya)


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