Personajes
Para DAPHNE
El autor de esta nota se disculpa ante los lectores por su contenido personal, pero está dirigida no solo a una mujer muy querida sino a una fotógrafa y artista que vivió entre nosotros en virtual anonimato cultural. Daphne,
Dudo que con esa modestia tuya, esa cierta timidez mezclada con audacia, imaginación y coraje en los momentos más difíciles, y sobre todo con esa generosidad hacia los que te rodeaban, hayas realmente concebido las dimensiones del vacío que dejas.
No solo ha sido como talar repentinamente un árbol que fue creciendo hacia una espléndida y amorosa intimidad, sino es el decubrimiento para mucha gente de tus valores, talentos y afectos.
Varias veces te pedí que participaras en la reuniones editoriales de la revista para aportar tus muchas ideas y percepciones, pero nunca aceptaste. Preferías hacerlo desde afuera. Pensabas que no te correspondía estar entre los profesionales de casa, que debías valerte por ti misma. Y también estabas, después de todo, creando e inspirando a toda una familia.
Tus fotografías iniciales surgieron del afán de registrar el milagro de los hijos que nos iban naciendo, las criaturas que tú ibas pariendo con fuerza y alegría. Pero cuando alguien de afuera, alguien neutral y descubridor de vetas artísticas, vio la calidad de esas imágenes te propuso hacer un libro titulado ‘El ojo de la madre’.
De ese embrión surgió ‘Soliloquios’, una creación del sutil espectro intelectual y cosmopolita que tú abarcabas, un libro que con tanta sensibilidad prologó Antonio Cisneros. Allí no solo hay niños cercanos sino personas y formas inertes de diversas partes del mundo haciendo lo suyo, solos en la multitud, como a veces podemos estar todos y como quizás
estuvieras tú.
Después creaste y editaste ‘Dúos”, obra que lleva más de un mensaje hacia dos generaciones, fuerte y a la vez delicado, y fue el poeta José Watanabe quien lo presentó.
Ambos trabajos son un tesoro, y no solo para los de tu sangre. Pero ahora ‘Soliloquios’ cobra un significado especialmente duro para mí, porque no hay nada más duro que perder los destellos de felicidad que a veces alcanzamos.
Por eso, Daphnecita, esta vez no solo te pido que descanses en paz sino que también sigas con nosotros. Nunca te dimos todas las gracias, las tantas gracias que te merecías. Y es con esa carga y con tantos deseos y cariño que yo, tus hijos y tus nietos adorados creemos que sigues presente en cada brote del jardín, en tu jardín, en el jardín que tú sembraste.
Enrique
---------------
*El esposo y periodista quiso añadir estas palabras a las expresiones especiales de sus hijos y de otras personas en los encuentros de la partida de Daphne, pero no pudo completarlas a cabalidad.
CONDOLENCIAS
De un amigo
Drusila, la hija menor de Daphne y Enrique me pidió el sábado que despidiera a su madre esa tarde. Cuando estuvimos en el cementerio, sentí que de hacerlo cometería una intrusión en la lacerada sensibilidad de los Zileri y de la inmensa cantidad de amigos que estaban genuinamente acongojados.
No pude entonces decirle a Daphne aquellas cosas que por pudor callamos cuando están con vida las personas que bien queremos. Contarle mi sorpresa al conocerla, después que conociera a Enrique el año 1979, y descubrir de inmediato que esa fragilidad que aparentaba y la discreción que cultivaba, escondían una mujer que la vida la había convertido en el eje articulador de los Zileri y de la encantadora casa que visitaban siempre amigos, muchos, amigos de los padres, de los hijos, de todos, puesto que en ella no se permitían diferencias generacionales. Así, ni las fuertes y carismáticas personalidades de su esposo Enrique y de su suegra Doris, ni los avatares que este periodista libre y su familia sufrieron en las dictaduras de la última mitad del siglo XX, hicieron otra cosa que confirmarla como la piedra angular de la familia y como una suerte de hada inspiradora de Caretas.
También nos sorprendió cuando, terminadas sus tareas con la entrañable familia y la revista, asumió, con igual pasión y rigor, su vocación artística y nos confirmó algo que era posible intuir, los años difíciles no habían encallecido su espíritu ni nublado su visión. Dos hermosos libros de fotografía dan testimonio de ello.
Y nos sorprendió también, en sus últimos momentos que, con la discreción que nunca abandonó, nos convocó a la hora del crepúsculo para estar juntos por última vez, bajo un hermoso pino que dará sombra a su tumba.
José Antonio García Belaunde