Alfredo Barnechea "La crisis del Congreso es un reflejo de otra crisis: la de los partidos políticos". Opina Alfredo Barnechea.
Cómo Elegir el Congreso
Recuerdo todavía con precisión la sensación. Salir del hemiciclo, luego de una sesión plena de intercambios ramplones, y encontrarse en el Salón de los Pasos Perdidos con los bustos de los viejos próceres, las glorias parlamentarias de antaño, y haberme preguntado: ¿Quién está fuera de lugar? ¿Estos bronces, o la mayoría de los de adentro?
Eso que el Parlamento acogía aún varios parlamentarios de fuste. Desde entonces el espectáculo no ha hecho sino empeorar.
El origen de los parlamentos está siempre asociado al control de las monarquías. Ese fue el origen inglés, después de la Carta Magna, o el de las viejísimas cortes catalanas.
Los parlamentos no tienen por qué hacer muchas cosas, ni reunirse permanentemente. Bastaría por ejemplo la votación de los presupuestos para explicarlos. Se conoce la máxima “no taxation without representation”: no hay, o no puede haber, impuestos sin representación que los voten.
La crisis del Congreso –como si la frondosa informalidad del país hubiera tomado por asalto las curules– es un reflejo de otra crisis, que es la crisis de los partidos. Con todos sus defectos, éstos eran filtros naturales: sus militantes se conocían entre ellos.
Pero los partidos se han evaporado. Una reestructuración del sistema de partidos es esencial para que la democracia funcione de verdad.
Para esa reestructuración, lo lógico sería abrir la participación. Por eso sorprende que en la legislatura anterior se promulgara una ley que vuelve a subir el “arancel” para la creación de partidos: 3 por ciento del padrón electoral, un umbral casi exacto al que el régimen fujimorista implantó. Es fundamental reducir ese umbral, y que sea el electorado el que deje fuera a partidos, post-elección, cuando no alcanzan un cierto nivel de votos.
Esa reestructuración de partidos será un proceso, y no rápido. ¿Hay alguna manera de mejorar el Congreso antes, alguna manera de “filtrar” mejor la representación, además de hacerla más genuinamente –valga la redundancia– representativa?
Como con casi todas las cosas de las repúblicas, fueron los Padres Fundadores de los Estados Unidos quienes idearon los instrumentos. Inventaron, para empezar, la institución misma de la Presidencia de la República. Luego, con el Congreso, llegaron a esta transacción: cada estado tendría dos senadores, independientemente de su población, mientras que la Cámara de Representantes se elegiría de acuerdo a la demografía.
Creo que una fórmula razonable sería establecer distritos electorales no mayores a 100 mil votantes. Una vez, el viejo Pepe Figueres me dijo: “yo le di la mano tres veces a cada tico (costarricense)”. Un congresista podría hacer lo mismo en su distrito.
Esos distritos deberían tener una representación “uni-nominal” o aún “bi-nominal” (dos por circunscripción).
Luego, debería haber, a la manera del sistema francés, segunda vuelta para elegirla. Copiamos el “ballotage” francés para la Presidencia pero no para el Congreso, y esta es una de las causas del desajuste entre una y otro. De hecho, en la historia reciente de “golpes constitucionales” en América Latina, de presidentes que no acaban el mandato, una constante es que ellos no tenían mayoría parlamentaria.
Este sistema daría más acceso, y control, del votante con su representante.
¿Qué ocurre en Francia? Hay multipartidismo, aparente dispersión, en primera vuelta, pero grandes coaliciones, grandes “familias” políticas inevitablemente en segunda vuelta. Todo esto daría más representatividad a todo el conjunto. Y, por qué no, acaso esas coaliciones serían el embrión de nuevos, grandes y poderosos partidos.
Es fundamental mejorar los congresos, porque la crítica al funcionamiento de los congresos generalmente precede a su disolución, o sea a alguna forma de despotismo. (Por: Alfredo Barnechea)