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Opinión “Amigo Rafo, tú que estás en los medios, ¿por qué no pides que se acabe con los programas sociales?”.

Marinera Cusqueña

LIMA, 28 DE OCTUBRE DE 2011

Ante el foráneo al que identifica con el poder, con el sistema y con la opción, por tanto, de ganarse alguito, la gente es capaz de decir cualquier cosa. “¡Justicia, no tenemos para los gastos de sepelio!, ¿y ahora de qué vamos a vivir?”, esas suelen ser las brechtianas fórmulas con las que los familiares expresan el dolor por una pérdida en circunstancias violentas, ante una cámara de TV. Todos sabemos de eso y desayunamos con eso. Lo que jamás había escuchado era a alguien molesto por lo contrario.

Don Facundo tenía treinta años cuando empezó alquilando mulas y arrieros a los turistas que en los años setenta se animaban a hacer un abismal trekking de seis días como mínimo entre Anta y Espíritupampa, siempre en Cusco y escribo “siempre” porque Cusco es el lugar del siempre en sus paisajes y vestigios, tanto como del nunca en ciertos sectores lumpenizados y resentidos de su población. No consigno por ello el nombre del distrito donde vive don Facundo, cualquier venganza podría acabar con sus mulas, con parte de su encantadora familia, con él mismo.

Cuando comenzó con el negocio, las mulas de don Facundo eran viejas y flacas y producían en el viajero más inseguridad de la que daban. Facundo sabía que todo tiene su proceso y empezó a ahorrar, a empeñarse en que sus tres hijos se educaran y que rápido asistieran a cuanta capacitación sobre turismo se diera –gratis o con matrícula– en el Cusco. Lo que no mata engorda. Él estudió cómo mejorar sus pastos y se endeudó para comprar diez mulas argentinas con sus aperos de un cuero que parece nube de angelito, ya todas pagadas al cien por cien.

Facundo hoy, a sus sesenta años y en una más que buena situación económica, sigue arreando mulas con turistas. Le gusta hacerlo y además no quiere dejar de trabajar. Sus hijos son quienes se ocupan del manejo empresarial de la pequeña agencia de aventura que ya aparece en las mejores guías del mundo con alta calificación. Una noche en la que no hacía frío Facundo, Abimael y yo tomábamos crema de zapallo en la carpa/comedor. Afuera ya croaban las ranas, estábamos bajando al trópico. Facundo ahí, sin más, me lo dijo: “Amigo Rafo, tú que estás en los medios, ¿por qué no pides que se acabe con los programas sociales?”. La crema se me atragantó, de haber pensado que íbamos a hablar sobre el tema, habría esperado escuchar exactamente lo contrario. “Mira, en mi pueblo con eso de Juntos, las señoras ya no van a la posta porque quieren embarazarse, un hijo más son cien soles más al mes. Ya nadie cría vacas, saben que la leche en polvo va a llegar de todas maneras. ¿Para hacer queso vas a tener animalitos? No sale a cuenta. Los muchachos como mis hijos migran a Cusco, pero si se quedan los vas a ver todo el día borrachos en la calle. ¿Para qué van a trabajar, si en su mesa siempre hay un plato de arroz, de menestra, de pota, caliente? Habrá que decirle gracias al Vaso de Leche…” Cachoso, don Facundo recoge la vajilla de latón y se pone a lavarla.

Carolina Trivelli puede ser de lejos el mejor cuadro técnico del gobierno actual, que los tiene y de primera (al lado de otros más bien de cuarta). Pero yo no la hubiera puesto a la cabeza de un Ministerio de la Inclusión sino en uno de la Competitividad. Incluir a veces suena a que todos seamos iguales de pobres, por dependientes. Competir vis a vis me suena a la historia de don Facundo. Ahora, si nos gustara más la primera que la segunda, se entenderá por qué la marinera es la danza nacional por excelencia. (Escribe: Rafo León)


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