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Opinión “Pensé que ese era el tema para esta columna, el racismo al revés, la intolerancia, la incapacidad de construir país…”.

La Lepra y el Maleteo

LIMA, 6 DE NOVIEMBRE DE 2011

No se necesita navegar dos días en peque peque para llegar, con veinte minutos en auto desde Los Pantanos de Villa, ya estás ahí, en medio de una suerte de Juliaca al borde del mar donde los viveros con maravillosas especies que van desde pinos radiata hasta orquídeas arrechas, parecen travestis en medio de una barra brava. Eran las nueve de la mañana, a esas alturas yo ya había desayunado y en lo posible, la noche anterior avancé con un trabajo tan demandante que tuve que irme de Lima, dejar mi casa por unos días y enclaustrarme frente al mar, donde unos patas del alma que hablan poco y nunca preguntan.

Pero los jueves en la mañana yo tengo que leer CARETAS y además, en versión impresa. Es un viejo ritual que no pienso cambiar a estas alturas. Coquito, uno de mis amigos de Playa Arica, me sugirió ir hasta el Km. 43, y así lo hice. La amable señora del puesto me dijo que solo le llevan un ejemplar y ese, acababa de venderlo. Ahí, de puro neurótico, decidí irme a Lurín a buscar la revista y dedicarme a leer básicamente mis columnas.

Entre combis que se pasaban de un lado al otro dejándoles el espacio a los mototaxis que a su vez se lo quitaban al peatón, iba yo a veinte por hora buscando un kiosko. Me tocaban bocinas de todos los tonos y bemoles y me gritaban incendios pero yo no me daba por enterado. Finalmente descubrí un enorme, nuevecito supermercado tipo mega, radiante y a esa hora con los parqueos casi llenos de autos de compradores. En la entrada, un puesto. Me metí, cuadré, bajé. Un setentón malencarado atendía, mientras una veintena de personas leían en las primeras planas de los tabloides los avatares de Ciro y Rosario en lugar de El Comercio. ¡Qué horror! “Señor, buenos día, ¿tendrá CARETAS?”. El carcamán me miró, escupió y dijo, no en realidad a mí sino a la afición, con voz de guarapo: “Acá no vendemos huevadas para gringos pe compare?”. Y la platea se cagó de risa, de no haber estado parados, habrían aplaudido de pie.

Duele como un tajo en la boca del estómago. Solo pude contestar, “¿me puede decir, señor, de qué tengo la culpa?”, y su carcajada me siguió hasta que cerré la puerta de mi camioneta. Por supuesto, pensé que ese era el tema para esta columna, el racismo al revés, la intolerancia, la incapacidad de construir país y la cacha de la espada. Pero a la vez pensaba en la cantidad de veces que me he sentido irritado cuando se ha levantado escándalos farucos y vicariantes en nombre del antiracismo, como la censura a la paisana Jacinta, o el estúpido caso casi policial en que devino el comentario de dos conductores de TV sobre lo que supuestamente habría estado haciendo Magaly Solier en Europa.

Por supuesto que el racismo es un horror, y por supuesto que en el Perú tiene mil facetas y una de ellas es el contra racismo del que fui víctima en Lurín y que me hizo sentir lo que siente un discriminado: la lepra. Pero también existen el maleteo, la joda, el comentario cachaciento que –dejémonos de hipocresías– se los hacemos a cada rato a los gringos en Cusco. Yo disfruto mucho invitando a que mis amigos alemanes en un restaurante pidan una cuchara porque sé que van a demandarle al mozo una cucaracha. Y nadie se ha muerto por eso ni Martin Luther King se ha revolcado en su tumba, o al menos no se ha sabido. Que me disculpen los buenos, pero he llegado a la conclusión de que muchos lo son porque no saben ir contra el tráfico. (Escribe: Rafo León)


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