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Entrevistas La insólita curiosidad científica de Rolando Paúcar, un físico nuclear en la lucha contra el cáncer.

Una Mente Brillante

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Hijo de ayacuchana y de un policía huancaíno, Paúcar creció en los arenales de Comas. Ahora ostenta dos doctorados y cinco maestrías.

La eterna curiosidad de Rolando Páucar (47) lo ha llevado, tras una constante evolución en sus estudios, a convertirse de simple técnico en electricidad y electrónica en un gran especialista en Física Nuclear. El salto ha sido mayúsculo. Esta entrevista nos hace ver y nos demuestra a dónde es capaz de llegar un autodidacta cuando no le pone cotas a su destino. Rolando Páucar se ha pasado tres cuartas partes de su vida estudiando sin parar y ganando beca tras beca muy sinuosamente. Quisiera dejar claro que esta forma de ascenso profesional “sinuoso” es lo que hay que rescatar como absolutamente insólito. Él no es un hombre que de niño se forjara una meta y trabajara linealmente hasta llegar a alcanzarla, como sucede en la inmensa mayoría de los casos de los que llegan a la cima de su profesión. Él jamás pensó que llegaría a ser Físico Nuclear. Las vueltas de la vida hicieron que en cierto momento ésta diera un sesgo gravitatorio y su formación se encaminara hacia otros rumbos. Nunca dejó de ser un científico sagaz y su mente brillante lo hizo dar vueltas por el mundo hasta encontrar respuestas adecuadas a todas aquellas lagunas que en su propio país no tenía capacidad de dilucidar. Tiene dos doctorados y cinco maestrías en su haber. Ahora, reunido conmigo en el restaurante Costa Verde, me explica su metodología que juzgo apasionante, sobre todo en esa de la derivación de los neutrones aplicados pacíficamente para eliminar los tumores cerebrales sin necesidad de abrir el cráneo. Veamos cómo llegó hasta ahí.

–Hábleme de sus orígenes.
–Mi padre Teodoro es policía (Guardia Civil), nacido en Huancayo y mi madre, Ana María, es ama de casa, ayacuchana. Soy de familia humilde. Mis primeros recuerdos son en Comas, en los arenales donde jugaba. Mis padres compraron un terrenito e hicieron una primera casa de esteras que luego se hizo de material noble y con el tiempo llegó a tener tres pisos. Mi primer recuerdo, curiosamente, pertenece a la física óptica. Con mi hermano Javier (que también es hoy físico) tapábamos las rendijas de las esteras con bolsas de plástico negro y dejábamos pasar la luz por una sola rendija y entonces con trozos de espejo íbamos reflejando la luz, espejo contra espejo, por todas partes.


 


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