Opinión “Por lo menos 32o, no se puede respirar, la reja del centro de salud está cerrada y enganchada con un alambre…”.
El Desierto (Rojo)
SECHURA, 12 DE NOVIEMBRE DE 2012Tres al hilo. La primera parte del desierto de Sechura, pasando la divisoria de las vías entre Chiclayo y Piura hay que tomar una carretera que alguna vez fue asfaltada, los restos de El Niño de 1983 se ven, se sienten en los brincos del camionetón, se huelen en el polvo inclemente, se ven en unas chimeneas de ladrillo renegrido que cuando te acercas descubres que son los desfogues de una sulfatrera inaugurada en 1907 –hay un cartel pirograbado– de excelente arquitectura con arcos de medio punto, hornos y pasadizos. Recomendable subir al reservorio para ver el conjunto como quien observa una maqueta de un laberinto hecho con ladrillos de una piedra que parece pómez. Más allá los algarrobos y los zapotes se van aislando y como cabelleras desmelenadas, se inclinan al ras dominados por el viento que apenas te deja estar en pie. “Acá se acaba, hagan sus llamadas”, nos grita La Rata. Los correos que consigo leer dicen que:
1. Gianmarco se ganó un Grammy y va a cantar en la ceremonia (o algo así).
2. La Amazonía ha sido incluida entre las siete maravillas del mundo (o algo por el estilo).
3. La Marca Perú (de la que soy embajador, felicíteme), se llevó el cuarto premio en la general mundial y el primero en creatividad en un evento sobre marcas, muy importante (o así creo haberlo entendido).
Luego pasas a la parte más arenosa, los vehículos tosen y las llantas por momentos quedan, dos suspendidas a un lado y las otras dos sepultadas en la arena. En el mar las embarcaciones de los chinchorreros hacen mierda la fauna con una pesca tan peruana como la minería. Por ahí, un par de balsas de topa con vela negra, dos mil años atrás podrían haber estado allí y la masa de vida marina no sufriría lo que sufre hoy.
La Rata, Almodóvar y Ollanta prepararon parrillita por la noche, el cielo estaba encapotado, yo me eché a tomar una siesta y me seguí de largo hasta las seis de la mañana del día siguiente. Salí, encontré a Quesada vomitando, la cara color verde y casi sin habla. Aterrado, pensaba en que se iba a morir. Había pasado la noche yéndose en aguas por todas partes y ahora el dolor de la deshidratación le partía el esternón en dos. Así, aguantó hasta el centro de salud de Sechura, cuatro horas a sobresaltos.
Por lo menos 32º, no se puede respirar, la reja del centro de salud está cerrada y enganchada con un alambre. El guardián se acerca, pedimos entrar por emergencia, no nos quieren aceptar porque Quesada está parado, caminando, “de emergencia son ya casi finaditos”. “¡Carajo, abra de una vez!”. La enfermera de emergencia se está limpiando los intersticios de los dientes con la punta de su lápiz. “¿Qué? ¿Accidente, se pasó de tragos, se cayó?”. “No lo sabemos, señorita, para eso estamos acá”. Lo único que le importa a esa mujer son los datos de Quesada, dónde y cuándo nació, su DNI, me mira desconfiada “¿Serán peruanos ustedes?”. Quesada se queda en observación, nosotros en el Caracol Azul almorzamos los mejores langostinos de nuestras pequeñas historias. Volvemos al hospital, Quesada está con suero y de mejor color. La chancha de la enfermera me manda a comprar unos remedios y yo me niego, “antes que nada quiero saber qué tiene mi compañero, él no es una máquina para que le den una pepa y se ponga a andar”. La gorda se envalentona, “yo soy técnica y sé hacer mi trabajo, ¿usted a qué se dedica?”. “Muy bien, si lo quiere saber, yo soy periodista y le voy a sacar la cresta a usted y a su fucking centro de salud…! “Un momento caballero”. Vuelve en lugar de ella una médica y me explica que Quesada tiene una enterocolitis, que su deshidratación fue muy seria pero que en unas seis horas o a lo más ocho, todo habría de estar como antes. Mentira, el Perú se había anotado tres al hilo y nosotros hemos visto tres zorros, decenas de lobos, una loba moribunda sobrevolada por gallinazos cabeza roja, dos águilas andinas llamadas cara cara y unos salvajes atendiendo como a perros a pacientes que les pagamos sus sueldos. (Rafo León)