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Personajes Para el Padre Carlos Castillo Mattasoglio, la bicicleta lo mantiene cerca del evangelio y los fieles. "Una vez me fui pedaleando en bicicleta hasta la playa Embajadores (km 51 de la Panamericana Sur)", dice con orgullo el padre Carlos Castillo.

El Hábito de ir Sobre Ruedas

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El padre Castillo en la Parroquia de San Lázaro, en el Rímac, luciendo su práctica bicicleta plegable.

Tiene 61 años, 27 de ellos como sacerdote y 54 de ellos como ciclista. Va por la vida sobre una silla y dos ruedas. Cuando la ruta es empinada y difícil, utiliza su maciza montañera. “Está hecha para viajes largos”, explica. Cuando debe trasladarse desde la Parroquia de San Lázaro hasta la Pontificia Universidad Católica, donde es docente del Departamento de Teología, se sube en su ágil bicicleta blanca. Finalmente, cuando puede tomarse su tiempo –y sobre todo, cuando quiere observar el camino– monta su bicicleta plegable Dahon, de creación española. Se sube, pedalea sobre ella, llega a la estación del Metropolitano más cercana, la dobla y la mete en una bolsa. Si no le hacen problemas puede llevarla sin bolsa. “Debería haber un lugar en el bus para colocar la bicicleta plegable o la silla de ruedas”, advierte.

Gracias a su vida sana pudo bajar de peso, mejorar su mala circulación y mantener su salud sobre ruedas. “Además, tengo una pierna más larga que la otra”, dice risueño. También practica natación, come de forma equilibrada e intenta mantener un óptimo estilo de vida. “Tengo cuatro bicicletas, pero a una ya le di de baja”, explica. Tiene llegada con los jóvenes, con quienes suele trabajar mucho. Publicó el libro Libres para creer. La conversión según Bartolomé de las Casas en la historia de las indias (PUCP, 1993). Su vida como sacerdote diocesano ha sido un continuo aprender. Primero, en Roma, la cuna de la fe católica, donde estudió a lo largo de ocho años. Después como vicario de la Tablada de Lurín, arriba de Villa El Salvador. Luego, como adscrito y luego vicario de la Parroquia San Juan Apóstol. También siendo vicario durante un año de la Parroquia La Encarnación, en Pueblo Libre. Pero quizás su reto más duro fue ser durante siete años el párroco de la zona que se conoce como El Montón, en Lima Cercado, un terreno levantado sobre un montón de basura. Finalmente llegó a la Parroquia de San Lázaro, acaso una de las iglesias más antiguas de Lima.


 


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