Sociedad Un nuevo caso de discriminación, esta vez en la cadena de cines UVK Larcomar, coloca ante las cámaras al viejo racismo de siempre.
Racismo: Piel y Pantalla
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Fotografía de Marina García Burgos, parte de la muestra Si no hay más allá, la injusticia del pobre se prolonga eternamente. |
Cuando de discriminación se trata, la piel parece ser más que solo el nivel de melanina. Solo así se explica que persista el intento de clasificarnos a partir de detalles tan triviales como un poncho o un chullo. En una cruel relectura de Paul Valéry, ahora resulta que lo más profundo es lo superficial, lo epidérmico, la vestimenta o la “piel social” con que nos disfrazamos al salir de casa. Le sucedió a Ricardo Apaza en una de las salas de la cadena de cine UVK Larcomar. Pasa en las películas, pasa en la vida.
Ricardo Apaza vino a conocer Lima. Y la conoció. Según Patricia Milton, gerente de marketing de UVK Larcomar, el hecho no fue más que “un mal rato”. “No creemos que exista discriminación porque Ricardo entró al cine como cualquier persona”, le dijo en vivo a la periodista Patricia del Río. “Lamentablemente, cuando sale al baño por segunda vez, coincide en que hubo un cambio con la responsable de taquilla y no lo deja entrar porque no tenía ticket ni contraseña. No hay prueba de que le hayan dicho que era un pendejo”, se excusó Milton. Lo cierto es que Apaza fue dos veces al baño. La primera vez no hubo inconvenientes. Pero la segunda vez fue detenido durante más de 20 minutos.
Una situación que pudo pasar por un malentendido se terminó de enturbiar con una frase. En su intento por explicar la situación, Milton aseguró que UVK no tenía un historial de racismo. “Larcomar es un lugar muy cosmopolita”, se defendió. “Todos los días los turistas invitan al cine a los chicos que están vendiendo caramelos o flores”. Bajo esos criterios de cosmopolitismo, la Av. Arequipa a medianoche podría ser Dubai.
Pero la frase es más preocupante de lo que parece. Como quien convoca algún espíritu colonial, la gerente de marketing de UVK tipifica a los vendedores como niños que necesitan supervisión para entrar al cine. Ver al indio como a un eterno menor de edad es un retroceso paternalista de al menos cien años.
El activismo ha reaccionado con furia. Al ya acostumbrado y poco fructífero cargamontón en redes sociales se le han sumado estrategias más sutiles y, seguramente, más efectivas. El chef Gastón Acurio y la actriz Magaly Solier se vistieron de chullo y poncho, animando a sus seguidores virtuales a hacer lo mismo en señal de protesta. Pero lo importante es la investigación que ya empezó la Defensoría del Pueblo, así como la condena pública del Ministerio de Cultura. Otra reacción saludable es la de la Municipalidad de Miraflores, institución que –a través de su alcalde, Jorge Muñoz– ha sabido limpiar el ominoso episodio de la gestión anterior frente al affaire Los Malditos de Larcomar (julio de 2008). El municipio podría sancionar al cine UVK Larcomar con 2 UIT (7,200 soles) y una clausura por siete días.
El afectado es natural de Qeros, Paucartambo. Y allá, en su tierra natal, las papas queman. Se prevé una marcha en gestación. Según el propio Apaza, ni siquiera ha recibido las disculpas del caso por parte de la cadena de cines.
No deja de sorprender un racismo tan flagrante. Ya no se trata de resaltar diferencias disfrazadas de culturalismo, corrección lingüística o posmodernidad. Tampoco se trata de dinero. Si es verdad, como dice el analista de mercados Rolando Arellano, que el sostenido crecimiento económico y su poder igualador ha terminado de conformar una nueva clase media emergente, más moderna y abierta, hay un notorio avance. Pero un salto adelante puede provocar dos saltos hacia atrás. Los acercamientos causan nuevos roces y nuevos conflictos. Sí, hoy cualquiera con algunos soles puede comprar una entrada al cine. Pero la reacción a la homogenización del dinero se ha revelado en toda su brutalidad gritando “¡No seas pendejo” ¿Qué vas a tener una entrada tú?”. Es el viejo racismo de siempre, otra vez abocado a resaltar lo evidente: la ropa, la piel, el habla. Ya no es tiempo de sutilezas. Y esa película ya la vimos. (Carlos Cabanillas)
Hoyo en Uno
Diego Brañez tiene 10 años y 74 títulos ganados. Le ha escrito una carta al presidente Ollanta Humala. No pide dinero ni un departamento, como Kina Malpartida. Solo exige ser aceptado por la Federación Peruana de Golf, institución que le ha impedido participar en torneos por no pertenecer a un club. Sin la cara inscripción a un club no podrá participar, y si no participa seguirá perdiendo su lugar (llegó a alcanzar el doceavo puesto a nivel mundial). “En algunos campeonatos me han insultado, me han dicho serrano”, le contó a la prensa. “Algunos profesores les dicen a sus alumnos
¿cómo te vas a dejar ganar por ese serrano? Eso me ha dolido mucho”. Hágase un hoyo en uno, presidente.