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Opinión “La intuición dice que se está produciendo un tacle de Estado, singular, adecentado, con mejores modales…”.

Presagio con Apresuramiento Presto

TARAPOTO, 10 DE DICIEMBRE DE 2011

Habíamos caminado el día entero de una catarata a otra sobre barrizales y a una temperatura que nunca bajó de los 30º. Mis amigas limeñas jamás imaginaron que alguna vez se saldrían de sí mismas al punto de correr una aventura amazónica que mientras ocurría la detestaban pero pasado el dolor de pantorrillas, jamás se borraría de sus memorias. Llegamos al hotel extenuados, con ese delicioso cansancio físico que luego de un duchazo y con un etiqueta roja triple en la mano, se te presenta como una verdad, la antítesis del estrés vacío de la ciudad neurótica. Un par de tragos más y todo el mundo a dormir, el fresco se había instalado en el albergue y fluía de las palmeras a nuestros cuerpos a través de los ventanales sin vidrio de las habitaciones.

De pronto, estalló algo, el primer golpazo de un equipo de música a prueba, pero un equipo de chichódromo, de burdel chelero. De ahí en adelante y hasta las seis de la mañana, no pararon de sonar parranditas, cumbias, guarachas a decibeles que aún no habían sido creados y en los intermedios entraban de reemplazo gritos en falsete de qué hombres serían y con qué mujeres andarían. Bailaban, brindaban, ellos chillaban viscerales alusiones a las nalgas de las féminas, ellas celebraban encantadas. Lo primero que hicimos al día siguiente fue quejarnos con el dueño del hotel. Su respuesta, “es el general jefe de la Región Militar, no puedo negarme a facilitarle el local, sería mi fin como empresario hotelero en Tarapoto”.

Escribo esta nota en una habitación del mismo hotel, veintidós años después. Tarapoto brilla con su peculiar luz propia, sus heladerías compiten con las italianas, sus bares con los cusqueños, su libertad con la de muy pocos otros lugares del Perú entre otras razones porque ya no están esos generales que jalaban coca a la medianoche y mandaban armar una fiesta en un hotel porque les cantaba en el forro.

Pero desde ayer hay un hush en el aire, desde ayer que en las celebraciones por el Día del Ejército, Ollanta Humala ante una tropa entorchada y engalonada en la Pampa de la Quinua, dijo con voz viril que el Servicio Militar Obligatorio iba a volver y que a los militares se les liberará del voto porque ellos están para mantenerse listos frente a cualquier conflicto armado externo. Y hoy por Blackberry me entero que Siomi Lerner ha renunciado, que Valdés lo reemplaza y por ahora nada más. Es sábado, son las siete de la noche, aún poco está definido, nada más que la intuición de que lo que se está produciendo es un tacle de Estado, singular, adecentado, con mejores modales que las cachacadas de antes, pero tacle al fin. Esta es mi primera lectura, no tan distinta de la que mucha gente se está haciendo en las redes sociales. Puede que nos equivoquemos pero también para errar es que la especulación existe, de pronto algo consistente y sensato puede resultar de un cambio tan aparatoso como el que implica la salida de Lerner en un momento como este. Todavía es muy pronto para ponerse nerviosos. Por lo menos esta noche dormiré en mi cuarto de grandes ventanas de malla metálica para que el fresco fluya de las palmeras a mi cuerpo y no habrá una orgía de cachacos drogados que me malogre el sueño. (Escribe: Rafo León)


 


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