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Opinión Hace un año se inmoló Mohamed Bouaziz en Túnez. Tres dictaduras árabes han caído desde entonces.

El Bonzo Árabe

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La larga agonía de Bouaziz incendió la juventud de su país y desencadenó la Primavera Árabe.

El 17 de diciembre pasado se cumplió un año desde que Mohamed Bouaziz, un verdulero ambulante de 26 años, se inmoló en el remoto pueblo de Sidi Bouzid en Túnez como protesta cuando la policía le confiscó su mercadería. Cuando Mohamed murió el 5 de enero siguiente, el fuego de su protesta había incendiado a la juventud de su pueblo que, utilizando las redes sociales y el internet, conmocionó todo el país. Días después, el presidente de Túnez Zine el-Abidine Ben Alí renunciaba al cargo que había detentado durante 21 años y se refugiaba, con su abundante fortuna, en Arabia Saudita. Había comenzado el fenómeno histórico de la “Primavera Árabe”.

Diez días después de la huida de Ben Alí, Egipto se vio conmocionado por protestas similares. El centro de gravedad fue la Plaza Tahir, donde confluyeron quienes exigían la renuncia del “último faraón”, Hozni Mubarak. En tres semanas aceptó la situación, gracias a la intervención del Ejército que, como el Gatopardo, buscó cambiar algo para que todo quedara como estaba. Las imágenes de Mubarak compareciendo, en camilla, ante un tribunal que lo juzga por actos de corrupción, dieron la vuelta al mundo. Hoy, la Plaza Tahir sigue siendo el centro de protestas, esta vez contra el régimen militar que sucedió a Mubarak y que organizó las elecciones cuestionadas por la población. Ya van 30 muertos.

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17 de diciembre 2010. El verdulero ambulante en llamas.

La salida de Mubarak fue seguida por las manifestaciones de Bengazi, Libia, que terminaron con la intervención militar de la OTAN y la cacería de un Gadafi capturado en una alcantarilla, golpeado, vejado y asesinado por los rebeldes que se levantaron contra esos mismos crímenes cuando él los cometía. El final de Yemen es todavía incierto y Siria concita la mayor atención por la brutalidad de la reacción gubernamental, que lleva más de cuatro mil manifestantes pacíficos muertos. La Liga Árabe y las Naciones Unidas han intervenido activamente, sin resultados hasta ahora.

Las consecuencias políticas y estratégicas de este fenómeno están en pleno desarrollo. La juventud, las mujeres, las redes sociales y la Hermandad Musulmana tienen papeles protagónicos en la construcción de sociedades que pueden ir hacia el extremismo islamista o a la liberalización democrática “a la turca”. Está en plena redefinición el papel de Israel, de los palestinos y de Irán y de las rígidas y represivas monarquías árabes, con su tejido de organizaciones encallecidas por la violencia. Pesan los conflictos religiosos entre shiítas y suníes, y surgen los musulmanes moderados con su aporte institucional y democrático. Todo esto en un mundo marcado por la crisis económica de Europa y Estados Unidos, lo cual dificulta aun más resolver los graves problemas económicos de sociedades árabes asoladas por el desempleo. Un medio adverso para construir sociedades con libertad política (kuriya), justicia social (adala ijtimai yya) y dignidad personal (karama) que es el corazón de la Primavera Árabe. (Por: Luis F. Jiménez )


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