
Lo que dejó el 2011. Recuento de lo más destacado en las letras y las tablas.
Clásicos y Siderales
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Sobresalientes Jorge Armas y Alberto Ísola en montaje de La cura en Troya, por los 50 años del TUC. El 2011 deja, además, grandes tareas pendientes para el flamante ministro de Cultura Luis Peirano. |
Con el paso fugaz por tierras lorchas de algunas luminarias del parnaso cultural internacional como el poeta John Giorno, el filósofo Slavoj Zizek y el escritor argentino Alan Pauls (quien llegó a pasear su entusiasmo cinéfilo por Polvos Azules), 2011 ha sido un año de aniversarios contundentes: 100 años de Westphalen y Arguedas; 100 de la publicación del primer poemario de Eguren (
Simbólicas), 50 de
Los inocentes de Reynoso, que llegó con exposición de homenaje a cargo de Enrique Planas en el CC de España; 30 años de
Noches de adrenalina, de Carmen Ollé; 50 de
Oh hada cibernética, de Belli; y, de yapa, 10 años de la revista de cine Godard!
Celebraciones acompañadas de nutrida creación actual en la que destaca, en narrativa: Lecciones para un niño que llega tarde (Duomo Nefelibata), de Carlos Yushimito, conjunto de cuentos que se erigen con peculiar estilo para entregar historias que por momentos uno pareciera no terminar de entender, pero en las que se atisba un anuncio de sabiduría. De ahí, esta frase: “todos acabamos, de alguna manera, por defraudarnos a nosotros mismos”. Además, Katya Adaui con Algo se nos ha escapado (Borrador Editores); Cecilia Podestá y De cabeza sobre el pasto amarillo, conjunto de relatos que hacen extrañar sus entregas poéticas; Carlos Calderón Fajardo con esperado punto final de la trilogía sobre Sarah Ellen: La ventana del diablo (Altazor); Óscar Colchado con Hombres de mar (Alfaguara), ese fresco sobre la problemática modernización del Perú; Jorge Díaz Herrera con Las almas de Magnolio; Iván Thays con Un sueño fugaz (Anagrama); Fernando Ampuero con El peruano imperfecto (Alfaguara); La noche americana (Peisa), de Luis Hernán Castañeda; un nuevo acercamiento a la guerra interna con Hienas en la niebla, de Juan Morillo Ganoza; la contundente antología de relatos y ensayos de Luis Loayza a cargo de la Universidad Ricardo Palma; y esperada y recomendable novela del indispensable Miguel Gutiérrez, Una pasión latina (Alfaguara), con lamentable, e inexplicable, primera edición cargada de mastodónticas erratas (como las que dejan al descubierto el proceso mismo de corrección con indicaciones como “mantener la frase”), que diera lugar a apurada reimpresión y, seguramente, a más de un sobresalto cardíaco del autor.