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Opinión “La Thatcher le dio un periodicazo en el poto en una reunión, Susan Sontag se amanecía charlando con él…”.

De Idiotas Ruidosos

SANTA MARÍA, 15 DE ENERO DE 2012

En nuestro medio algo se ha escrito sobre Christopher Hitchens –Hitch– a raíz de su reciente muerte. Inglés nacido a fines de los cuarenta (y norteamericano por adopción en los ochenta), se graduó en Oxford e hizo mil cosas públicas, todas marcadas por la fidelidad a sí mismo, desde que era un trotskista de las filas de los Socialistas Internacionales en los brillantes años sesenta hasta la defensa –inteligentísima– que asumió frente a la intervención de Bush en Irak. Parecía vivir guiado por una frase de John Maynards Keynes que él mismo cita en su autobiografía Hitch - 22: “Cuando los hechos cambian, cambio de opinión”. Un poco tarde me sumo a las reseñas que se han publicado sobre este hombre que polemizaba como un tigre aun cuando no tuviera la razón, y que escribió sólidos libelos sobre la maldad de un dios que no existe y las mentiras cucuruchas en torno a la bondad de Teresa de Calcuta.

Comienzo reseñando dos recuerdos de Hitch sobre los tiempos en los que para los jóvenes la experiencia de viajar era como la de hacer el amor, indispensable, fácil y asaltada por momentos de melancolía. “…cuando ibas a cualquier parte podías levantar el pulgar en el arcén e inmediatamente tenías un viaje…”. Me dejó helado por un rato llegar luego a un párrafo en el que acota cómo para estos jóvenes la compañía mental de la travesía era un tema de Simon & Garfunkel –América– que yo a los dieciocho cantaba calladito en mi asiento del TEPSA que me llevaba a cualquier parte: “contar los coches de la New Jersey Turnpike”, mientras Kathy duerme tranquila al costado sin darse cuenta de que “estoy vacío, estoy dolido y no sé por qué”.

La Thatcher le dio un periodicazo en el poto en una reunión social, Susan Sontag se amanecía charlando con él, Salman Rushdie le confió verdades que nadie más conoció. Mantuvo una bisexualidad abierta sobre la que nunca elaboró el menor rollo correcto políticamente. Practicó sin ninguna vergüenza lo que la derecha estúpida descalificaba como tours revolucionarios, algo que hacían muchos intelectuales de esos tiempos. Viajar a todas las repúblicas socialistas para confrontarse sin vaselina con lo que en el fondo de sus corazones ya sospechaban, y encontrar la decepción pero también el desafío que el pensamiento dialéctico les imponía para no ceder facilistamente a la trinchera opuesta.

Sin embargo, lo que más aprecio de Hitch es el modelo que construyó en su cabeza para poder hacer juicios políticos coherentes solo con su conciencia y con nada más. “Era… todo lo que odiaba con todo lo que amaba. En la columna del odio: dictadura, religión, estupidez, demagogia, censura, amenazas e intimidación. En la columna del amor: literatura, humor, ironía, el individuo y la defensa de la libertad de expresión. Más, por supuesto, la amistad…”.
Pirateo a Hitch un texto que parecería que nos lo hubiera dedicado a los peruanos de hoy, escrito como un retrato de sus innumerables detractores: “Me había acostumbrado al estilo de la pseudoizquierda, según el cual, si tu oponente creía que había identificado el motivo más bajo de todos los posibles, estaba bastante seguro de que había aislado el único verdadero. Este método vulgar, que ahora también es la norma del periodismo actual que no es de izquierda, está diseñado para convertir a cualquier idiota ruidoso en un analista magistral”. De estos, como Hitch, ya no quedan; en cambio de idiotas ruidosos y sus periodicuchos o periodicazos nos estamos empachando. (Escribe: Rafo León)


 


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