Opinión Semblanza y homenaje de Pedro Weiss (1893 – 1985), fundador de la paleo patología.
Al Maestro con Cariño
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Peruano de raices suizas, conoció el país tanto como Raimondi o Belaunde. Weiss fue discípulo de Julio C. Tello, involucrándose en estudio de Chavín. |
Estas notas responden a la ignara pregunta de un médico que se extrañó que un auditorio del Colegio Médico del Perú llevase el epónimo Pedro Weiss. Hay que honrarse honrando las virtudes de los maestros.Desde mis primeros años como estudiante de medicina escogí a la anatomía patológica, disciplina que enseñaba Pedro Weiss, como mi especialidad preferida. Algo influyó, para esto, una paradigmática decepción cuando un día que comenzaba a usar los flamantes instrumentos de auscultación y ayuda diagnóstica, que mi padre me obsequió, tropecé con un profesor de medicina (cuyo nombre felizmente se me olvidó) quien después de amonestarme por mis chapuceros intentos de delinear la silueta cardiaca en la piel del pecho de una enferma, postrada en la cama de un hospital, me corrigió maestramente la manera correcta de proceder, y luego dibujó, con el lápiz cutáneo de mi reluciente maletín, el contorno del corazón en el lado izquierdo. Al día siguiente vinieron sus radiografías que demostraban que esa enferma tenía el corazón en el lado derecho del tórax. Una rara anomalía que se denomina dextrocardia. Sufrí una decepción que, sin embargo, no me llevó a la depresión, para cambiar de profesión.
Así fue que ingresé al círculo, exclusivo y extraordinario, del Profesor Pedro Weiss. Fue un peruano gringo, nacido en Lima, su padre fue diplomático suizo y su madre una dama inglesa. Creció en la etapa del Perú aristocrático, en la que aún reverberaban los recuerdos horrorosos de la ocupación chilena. Las familias importantes vivían alrededor del Paseo Colón, donde terminaba la ciudad capital. Las remembranzas que hacía, en interminables conversaciones de su infancia y juventud de esa época, fueron dignas de una publicación. No obstante se compenetró de la realidad nacional: durante toda su vida viajó por el Perú, lo conoció tanto como Raimondi o Belaunde. Al preguntar el nombre de un enfermo con un padecimiento endémico por su apellido podía colegir su procedencia.
Cuando entré al Departamento de Anatomía Patológica, dirigido por este profesor que tenía la cabeza pulcramente afeitada, a primera vista mostraba apariencia adusta y hosca, lo que infundía mucho respeto. Pero, cuando se involucraba en una conversación, se abría con una franqueza inusitada y cordial. Sus apreciaciones y sus críticas sobre los avatares folclóricos de la política peruana o de los falaces personajes del entorno nacional o universitario eran sinceras, contundentes e inmisericordes. Daba miedo que alguna vez soltara sus irónicas invectivas sobre uno mismo. Era inflexible con la mediocridad; eso le trajo muchos problemas y envidias.
Pero volviendo a mi decepción sobre la calidad de la profesión que me propuse alcanzar, con Weiss aprendí a usar la objetividad demostrable en el diagnóstico de las enfermedades. La Anatomía Patológica es la disciplina que formula sus conclusiones sobre la base de cambios estructurales demostrables en los seres vivientes. Sea en el cuerpo entero, en un órgano, en un tejido, en la célula o en las moléculas. Allí aprendimos, sus discípulos, a apreciar el hallazgo objetivo, ese que converge con la honestidad. Hasta ahora, a pesar del espectacular avance de la biomedicina, desde entonces esa disciplina, la de Weiss, permanece incólume. Los diagnósticos se hacen al detectar los cambios anatómicos (sean de moléculas, órganos o tejidos). Es el ojo avizor del patólogo que al apreciar con sus ojos las estructuras alteradas o normales formula una conclusión, que sirve para orientar el tratamiento racional. Porque prescribir medicinas sin un diagnóstico concreto es practicar curanderismo.
Los hallazgos del patólogo son susceptibles de ser demostrados ante otros ojos, en la misma muestra anatómica analizada, la que puede ser observada por otros patólogos y compartir o modificar las apreciaciones. Me acuerdo que cuando el maestro encontraba una célula o tejido anormal, un parásito metido dentro de una célula o una alteración cualquiera al microscopio, entonces teníamos que estirar el cuello y posar nuestros ojos en el ocular de su microscopio mientras la cabeza del profesor la forzaba a un lado. Ahora compartimos esa visión con ojos que pueden estar en el otro lado del mundo gracias a los avances de la informática. Por ejemplo, un miembro del personal de mi laboratorio es mi propio hijo, que es un profesor en una universidad de Filadelfia y allí radica, con quien intercambiamos opiniones sin necesidad de estirar el cuello para observar simultáneamente la misma imagen como nos enseñó Weiss. ¡La vieja lección permanece incólume!
Weiss fue discípulo de Julio C. Tello, así se involucró con entusiasmo en los trabajos arqueológicos de Chavín y lo admiró por su esfuerzo al demostrar que a través de la arqueología, una disciplina que también se basa en la búsqueda de demostraciones objetivas, puede reconstruir la historia de las civilizaciones. Weiss, al lado de Tello, fundó la paleo patología en el Perú. Postuló, con certeza, que la anatomía patológica puede, con sus técnicas modernas, demostrar las enfermedades que padecieron los antiguos habitantes de estas regiones. Conoció a Tello cuando era estudiante de medicina, y desde entonces, hasta la muerte de este maestro, fue su admirador. Los trabajos de Weiss sobre las trepanaciones y deformaciones craneanas han dado la “vuelta al mundo”. Acuñó el concepto de “osteología cultural” al asociar las deformaciones y las trepanaciones como características de determinadas culturas precolombinas, en los diversos pisos ecológicos de la región andina. Describió como una primicia universal la lesión llamada espongio-hiperostosis de los huesos craneanos de los antiguos peruanos, asociada a estados de anemia, que hoy se sabe es producida por la alimentación exclusiva con maíz.
En la década de 1930 fue comisionado para estudiar la epidemia de malaria en el valle de La Convención, del Cusco; luego pasó hacia Paucartambo y de allí a Madre de Dios y apareció en São Paulo; atravesando la selva a pie, cabalgando, en balsa y canoas llegó a orillas del Atlántico. Estudiando las enfermedades propias de esas regiones. A fines de la década de 1940 nos hizo participar a varios de sus discípulos en la fascinante tarea del estudio epidemiológico del Valle del Río Huallaga. Esa expedición fue financiada por la Unesco, en una zona que antes que la carretera marginal penetrase estaba aislada del resto de nuestra nación, con poblaciones mestizas de habla española. Ese estudio es uno, hasta ahora único, en el que se determinó la patología propia de esa región.
Fue un crítico de artes plásticas muy agudo, tanto así que estimuló la innata inclinación por la plástica de su compañera, la dulce Amelia, que en su luna de miel viajó junto a él, en las balsas construidas en Tingo María hasta Yurimaguas, durante la expedición de estudio de la cuenca del Huallaga. Amelia Weiss es la discípula que moldeó como artista plástica. Ella es ahora una destacada exponente de la escultura y pintura del Perú, que expone en varios países de Europa.
La admiración que produce la figura de este patólogo debe ser imperecedera y se acrecienta con el tiempo. Fue maestro en el sentido más amplio como guía y formador. Cuando me preguntaban sobre algo que conocía, enseñaba; y si no lo sabía, admitía mi ignorancia. En ambos casos me he sentido un maestro. Pensamientos como éste fueron borroneados en un cuadernillo unos meses antes de fallecer. (Escribe: Uriel García Cáceres)