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Opinión “Se trata precisamente de no comunicar, pues hacerlo demandaría llegar a lo que está pidiéndose con la Ley de Consulta Previa…”.

“No Hemos Sabido Comunicar”

LIMA, 25 DE ENERO DE 2012

Me hacen acordar a cuando le preguntan a alguna figura de la farándula por su principal defecto y esta responde: “soy muy exigente conmigo y con los demás, demasiado obsesivo con mi trabajo y perfeccionista a más no poder”. ¡Cómo serán entonces sus virtudes! Se parece esto en mucho a lo que contestan empresarios, políticos y autoridades cuando en medio de un follón de su sector, salen a sincerarse con su máxima autocrítica: “no hemos sabido comunicar lo suficiente, abocados como hemos estado en la solución del problema”. Es casi exactamente lo que dijo ante los micros de la radio un inusualmente modesto y dialogante Carlos Santa Cruz, vicepresidente regional de Newmont Sudamérica, cuando se le pidió un adelanto sobre cómo estaba evaluando el consorcio Newmont/Yanacocha su propio actuar en el reciente y penosísimo conflicto cajamarquino generado por el proyecto Conga.

Detrás de esa coartada –porque otra cosa no es– se esconde un estilo de trabajo que es bastante más grave que descuidar la difusión de los logros de la empresa, que es como normalmente se entiende la comunicación en las oficinas de Imagen Institucional de las mismas. La trastienda de esta excusa es la propia esencia cerrada, silenciosa y excluyente con la que suelen manejarse los grandes proyectos de infraestructura o extractivos, en los que el Estado ha delegado en empresas privadas la concesión de la explotación. En buena cuenta, no se ha sabido comunicar porque se trata precisamente de no comunicar, pues hacerlo demandaría llegar a lo que está pidiéndose con la Ley de Consulta Previa, y es que los proyectos de inversión que impacten el medio ambiente y la vida de las comunidades sean discutidos y consensuados.

Por mi trabajo he tenido la oportunidad de pasar etapas breves en pequeñas ciudades –o pueblos grandes– convulsionados por el tema minero, en distintos puntos de nuestro territorio. El ciclo que me ha tocado ver es más o menos el siguiente: se va embalsando un conflicto, la población comienza a manifestarse a través de organizaciones tipo frentes de defensa. Las autoridades por lo general, y ahora más que nunca, se pliegan a este lado de la trinchera y la empresa se queda muda, a la espera que el Estado intervenga con la policía y sus perdigones. Cuando la cosa se pone color de hormiga, las emisoras radiales comienzan a emitir unos editoriales súbitamente favorables a la empresa, que huelen a mermelada a un kilómetro, y luego se escuchan baterías de spots grabados en Lima en los que con nombre y apellido, comuneros de la zona relatan cómo antes eran poco menos que unos despojos humanos pero que ahora, gracias a la minería, viven en el mejor de los mundos. Eso es para la mayoría de mineras, grandes pesqueras, constructores de infraestructura vial o petroleras, comunicar. Y cuando no lo han hecho, según su lógica, es que han fallado y por eso se armó la pampa.

Las cosas en realidad son exactamente al revés. Desde el momento en que se toma una concesión, de lo que se trata es de mantener en el hermetismo total los planes reales de intervención, dejando a la fantasía, el chisme y la filtración de información la tarea de comunicar. En ese hueco negro es que se gesta la parte más dura del conflicto, puesto que la verdad pasa a ser reemplazada por el pensamiento mágico, la manipulación, la mentira. Es el estilo del que se jactaba Fujimori: primero hago y después informo, y no reclames que ya verás cómo después me lo vas a agradecer. O la fórmula perfecta que develó un Kouri impensable en su sinceridad, al declarar hace unos días: “cuando se es alcalde, mejor es pedir perdón que pedir permiso”. Expresiones como las de Kouri o Santa Cruz son las que me llevan a sospechar que el verbo comunicar ha sido patentado por Comunicore. (Escribe: Rafo León)


 


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