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Opinión "La desintegración de Europa ya ha avanzado mucho más de lo que podría parecer... Es solo cuestión de tiempo –y ya no mucho– antes de que la desestabilización económica provoque la inestabilidad política". Opina el ex vicecanciller alemán Joschka Fischer.

El Euro y las Urnas

Berlín – La Canciller de Alemania, Angela Merkel, tiene motivos para estar contenta actualmente: los índices de aprobación de su partido no son malos y los suyos son muy buenos. Ya no tiene rivales peligrosos en la Unión Demócrata Cristiana (CDU, por sus siglas en alemán), mientras que la oposición de izquierdas está fragmentada en cuatro partidos. Su reacción ante la crisis europea ha prevalecido… o al menos ésa es la impresión que transmite y que la mayoría de los alemanes cree. Así, pues, todo va a las mil maravillas, ¿verdad?

Más despacio. Dos cuestiones podrían complicar la aspiración de Merkel a la reelección en el otoño de 2013. En el interior, su socio de coalición, el partido liberal de los Demócratas Libres (FDP, por sus siglas en alemán), está desintegrándose. Aun cuando el FDP sobreviva a las próximas elecciones (cosa en modo alguno segura), no es probable que la coalición actual conserve su mayoría parlamentaria, con lo que Merkel quedaría cada vez más dependiente de los socialdemócratas (SPD, por sus siglas alemanas). Si bien no tiene eso por qué preocuparle demasiado, mientras siga siendo Canciller, en Sigmar Gabriel, el dirigente del SPD, afronta –por primera vez– a un oponente al que haría mal en subestimar.

Pero el peligro real para Merkel es exterior: la crisis europea. Si no tiene suerte, la crisis llegará a un punto crítico a comienzos del año electoral alemán y todos los cálculos anteriores podrían quedar en nada, porque, pese a la frustración de los alemanes con Europa, el electorado castigaría severamente a quienes permitieran el fracaso de Europa.

La economía de la Unión Europea está deslizándose hacia una recesión grave y con toda probabilidad larga y en gran medida autoinfligida. Mientras Alemania sigue intentando alejar el espectro de la hiperinflación con medidas estrictas de austeridad en la zona del euro, los países en crisis de la UE afrontan una amenaza real de deflación, con consecuencias potencialmente desastrosas. Es solo cuestión de tiempo –y ya no mucho– antes de que la desestabilización económica provoque la inestabilidad política.

Hungría, donde parece estar extendiéndose un retroceso democrático, ofrece un anuncio de una Europa en la que persistan la crisis de la zona del euro y la deflación. El estado de ánimo en los miembros mediterráneos de la UE, como también en Irlanda, se está acalorando, no solo por el endurecimiento de la austeridad, sino también –y tal vez sea más importante– por la falta de políticas que ofrezcan a la población la esperanza de un futuro mejor. En Berlín se subestima en gran medida el carácter explosivo de las tendencias actuales, que apuntan a una posible renacionalización de la soberanía de abajo arriba.

La crisis ya ha llegado a Italia y amenaza con extenderse a Francia. Con Mario Monti como Primer Ministro, Italia ha movilizado a sus mejores dirigentes y ni Italia ni Europa conseguirán un gobierno mejor en un futuro próximo. Si el gobierno de Monti es derribado –ya sea en el Parlamento o en las calles–, la cuarta economía de la UE podría venirse abajo. Monti está pidiendo ayuda urgente. ¿Dónde está?

Tampoco se debe subestimar la evolución de los acontecimientos en Francia (la segunda economía de la zona del euro) en este año de elecciones presidenciales. Si la mayoría de los franceses llega a creer que se le está imponiendo un rumbo desde fuera –¡y por Alemania, nada menos!–, responderá con la tradicional obstinación gala.

Lo que está en juego no es tanto el resultado de las elecciones cuanto el margen de resultados entre el Presidente Nicolas Sarkozy y la dirigente del derechista Frente Nacional, Marine Le Pen… y si ésta lo superará para pasar a la segunda vuelta frente al candidato socialista. Si bien no sería probable que aquélla conquistara la presidencia, podría reorganizar y realinear la derecha francesa. Por esa razón, un desastre de Sarkozy reduciría radicalmente el margen de maniobra de su sucesor socialista en la política europea, lo que alteraría fundamentalmente la posición de Francia en Europa.

Pero, si bien el resultado de las elecciones francesas dependerá de forma decisiva de la política europea contra la crisis, el Gobierno de Alemania actúa como si no fuera asunto de su incumbencia. En cambio, el tema principal –y casi exclusivo– en Berlín es el de las próximas elecciones y la pregunta fundamental no es la de “¿qué se debe hacer ahora en provecho de Europa?”, sino “¿cuánto se puede esperar que acepte el pueblo de Alemania?… y, en particular, ¿cuánta honradez se puede esperar de él?”

Nadie actuará de un modo que ponga en peligro sus perspectivas electorales, al menos mientras sigan existiendo opciones substitutivas. De modo, que es posible que Alemania no esté interesada en modo alguno en un empeño serio para resolver la crisis de Europa, porque significaría correr riesgos e invertir gran cantidad de dinero.

La coalición CDU-FDP prefiere edulcorar la situación convenciéndose de que existe una conspiración anglosajona, con la complicidad de quienes en los países europeos en crisis no desean actuar y reformar, y cuyo único propósito es hacer pagar a Alemania. Hasta ahora, la coalición de Merkel es como alguien que avanza en un coche en dirección contraria al tráfico, totalmente convencido de que todos los demás siguen una dirección equivocada.

La desintegración de Europa ya ha avanzado mucho más de lo que podría parecer. La desconfianza y el egoísmo nacional están extendiéndose rápidamente y devorando la solidaridad y el objetivo común europeos.

Institucionalmente, Europa ha ido por el buen camino desde la última cumbre, pero amenaza con desintegrarse de abajo arriba. Para salvar el euro, que es esencial, porque la suerte del proyecto europeo depende del éxito de la unión monetaria, Europa debe actuar ahora: además de unas imprescindibles medidas de austeridad y reformas estructurales, no hay forma de triunfar sin un programa económico viable que garantice el crecimiento.

No resultará barato. Si el gobierno de Merkel cree que hablar de crecimiento solo de boquilla es suficiente, está jugando con fuego ante la posibilidad de un desplome del euro en el que no solo los alemanes resultarían con graves quemaduras. (Por: Joschka Fischer*)

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*Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores de Alemania y Vicecanciller de 1998 a 2005, fue un dirigente del Partido Verde alemán durante casi veinte años. Copyright: Project Syndicate/Instituto de Ciencias Humanas, 2012.
www.project-syndicate.org Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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