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Opinión “Tapu es la palabra en que se origina tabú y significa prohibición, el mandato de no transgredir normas…”.

Mana y Tapu

HANGAROA, 6 DE FEBRERO DE 2012

La fonética rapanui pareciera estar compuesta solo de vocoides y oclusivas; no tiene sonidos arrastrados como el de las vibrantes múltiples, ni el flojo cognac de las laterales. En la lengua de esta cultura polinésica existen dos palabras claves que hasta el día de hoy componen ejes esenciales, vórtices, para un pueblo que a lo largo de la historia ha recibido de Occidente lo que Occidente mejor sabe dar a los otros: violencia, depredación, marginación, genocidio. Una de esas palabra es mana y la otra, tapu.

El trabajo colectivo en la isla se sustenta en el mana tanto como el amor de un padre por su hijo. O el cuidado de la escasa tierra cultivable de que se dispone. O simplemente, tiene mana quien se aparece por acá en buena onda: los rapanui se dan cuenta de todo con solo mirar. Tapu es la palabra en que se origina tabú y significa prohibición, el mandato de no transgredir normas de control social cuyo origen se pierde en el tiempo. Tapu es el incesto pero también la pesca de unidades aún en edad de reproducción, gravísimo tapu. Es tapu mover de su lugar las piedras –naturales o trabajadas en los talleres de tallado de los moais y los pukaos– y lo es peor, llevarse algo de acá. Hay una sala completa en el museo local llena de objetos que han devuelto visitantes porque en sus lugares de residencia la vida se les volvió un infierno: pequeñas tallas, puntas de obsidiana, pedazos de moai, dados de toba volcánica. Tapu, tabú, es maltratar a la naturaleza, una fuerza generadora que decidió darle poco a esta isla, volcanes, roquedales, un mar pródigo en peces, eso sí; bosquecillos de toromiro que fueron arrasados por los ingleses cuando en el siglo XIX trajeron ovejas para esquilar lana merino y se acabó con la vegetación endémica. Tapu fue lo que violó un comerciante esclavista peruano en la segunda mitad del mismo siglo: durante tres años vino con once barcos a llevarse por la fuerza a nativos para trabajar en las islas guaneras de nuestro territorio. La familia real y más de mil amables rapanui de orejas cortas (miembros de la clase trabajadora), terminaron calcinados entre la mierda de los patillos en Guañape o en Cabinzas. El paisano esclavista se alzó también a la elite que manejaba rongo rongo, la piedra roseta de una escritura ideográfica sofisticadísima y que hoy figura en tablillas que nadie puede leer.

Imposible no imaginar cosas. A la siguiente muerte trágica de algún joven minero ilegal en Madre de Dios, hacer correr la versión de que lo mató la diosa Aori porque es tabú verter mercurio a los ríos o tener sexo con niñas de catorce años. El informe del forense –si es que se hiciera– podrá decir lo que le dé la gana: el corazón tiene sus razones que la razón no conoce. El siguiente fallecimiento –por ejemplo, un congresista metido en el bisnes– sería la segunda llamada de Aori, porque la tercera vendría bajo la forma de una peste que dejaría ciegos a los mineros ilegales, incluidos los concesionarios chicha, los intermediarios y los mafiosos rusos y brasileños que controlan la moña.

San Buenaventura, tan milagroso, habría establecido como tabú la actividad minera realizada de manera unilateral, sin consulta ni licencia social otorgada por las poblaciones que ocupan la zona de influencia de sus proyectos extractivos. La reacción a la trasgresión del tabú sería la bancarrota de las empresas, el fin de la cotización de sus acciones en las bolsas de NY, Tokio y Bruselas, una volteada de cara de Nadine. Es que si no nos entra por la razón, nos entrará por el miedo. Lo planteo en serio. (Escribe: Rafo León)


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