Vida Moderna 14 de febrero. Ciencia y literatura convocados para entender el sentimiento que, dicen, mueve al mundo.
Razones de Amor
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San Valentín: celebrado desde el S. XIV en el Reino Unido, se popularizó durante el S. XIX en EE.UU. Arriba, obra de Chagall, para quien solo el amor le daba sentido al arte y a la vida. |
El amor convierte en un poeta a un patán” (Eurípides). “Enamorarse no es amar. Puede uno enamorarse y odiar” (Dostoievski). “Amar es sobrepasarse” (Oscar Wilde). “Si resistimos a nuestras pasiones es más por su debilidad que por nuestra fuerza” (La Rochefoucauld). “El amor desea, el miedo evita” (Nietzsche). “En política como en amor no existen tratados de paz; solo hay treguas” (G. de Lewis).
Entretenimiento y sabiduría. Características que los mejores escritores han sabido verter en su páginas como lo demuestran las citas extraídas de “El amor en la literatura” (Tecnos, Madrid, 1983), del académico y filólogo José Antonio Pérez-Rioja. Lo más interesante de dicho libro es, sin embargo, una tipología de amores literarios. Porque son una muestra de la variedad con que ese sentimiento sublime y traidor se ha concretado en la experiencia humana.
Hamlet como ejemplo del amor traumatizado o frustrado, Aquiles en “La Ilíada” de Homero y Henry en “Adiós a las armas” de Hemingway como retrato de los adoradores de la amada, los sacrificados como el Cyrano de Rostand, el romántico como Julien Sorel de Stendhal o el Werther de Goethe, y la enorme lista de seductores abordados por escritores de diferentes nacionalidades que han coincidido en tener a un Don Juan como protagonista, los voluptuosos o narcisistas como el Dorian Gray de Wilde, los protectores o formadores como el Pigmalión de Ovidio y Bernard Shaw, los celosos como Otelo de Shakespeare y los cornúpetas como Charles, el esposo de Madame Bovary y Karenin, marido de Ana Karenina.
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No podía faltar una lista similar pero con faldas: las bellas muchachas en flor como la Gigi de Colette, las redimidas como la Cenicienta de Perrault, el primer amor como la Silvia de Nerval o la María de Jorge Isaacs, la amada ideal como la Beatriz de Dante, la Laura de Petrarca y Oriana, duquesa de Guermantes, para Proust. También están las mujeres fatales como Salomé y Cleopatra (ambas abordadas, literalmente, por un sinnúmero de escritores), la Helena de “La Ilíada”.
Todas estas historias han tratado de condensar diversas formas del sentimiento amoroso. Tema que ya no es privilegio de poetas. Como lo demuestra “El viaje del amor” (Destino, Barcelona, 2007) de Eduardo Punset, donde sicólogos, genetistas, neurólogos, divulgadores y luminarias de la ciencia (el autor se entrevista por lo menos con dos Premios Nobel) son convocados para afirmar con William James (fundador de la sicología moderna) que “nos pasamos la vida buscando el amor del resto del mundo”. ¿Por qué? ¿Para qué? Para sobrevivir. El autor se remonta a más de tres mil millones de años, antes de la vida humana y el pensamiento, hasta ubicar a nuestro antecesor microbiano y señalar su atributo revolucionario: el impulso de fusión con otro organismo para sobrevivir. Palabra que sugiere conflicto: “La violencia en la tierra apareció el día en que una célula eucariota se comió a una bacteria… La vida ya nunca fue igual”. No se pasó del paraíso terrenal a la guerra. “Lo bueno y lo malo, la colaboración metabólica y la agresión, el amor y el odio hicieron acto de presencia desde el comienzo”. El viaje hacia el hombre y la mujer, sus cerebros, su sexualidad, la atracción, la seducción, los orgasmos, la reproducción, los hijos y la familia tienen, así, una relación directa con las hormonas, el sistema nervioso y “una función biológica que fusiona a dos individuos creando lazos imborrables”. Todo con un fin evolutivo: la perpetuación de la especie.
Punset señala entonces que, mientras la literatura fundamenta el amor en la entrega y el sacrificio, la biología evidencia que es una cuestión de supervivencia. Solo cabría precisar que eso solo lo hace la mala literatura. (Juan Carlos Méndez).