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Bicentenario

Leguía: 80 años de su Muerte

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Al fallecer el ex presidente Leguía tenía 69 años y 30 Kg. Solo 20 años después su cadáver fue trasladado a la Catedral de Lima en un ataúd abierto.

"Si uno revisa el S. XX, hay tres presidentes que "construyeron" el Perú: Leguía, Odría y Belaunde". Alfredo Barnechea firma otro aporte rumbo al bicentenario. Arriba, Augusto B. Leguía falleció a los 69 años y pesando 30 Kg.

No fue la hora más decente del Perú.

Podía entenderse la fatiga, incluso la irritación, por once largos años de gobierno, pero la canaille se apropió de la vida pública: se le negaron los más elementales recursos médicos, se ignoraron los debidos procesos judiciales, la magnanimidad no apareció por ningún lado.

En la madrugada del 25 de agosto de 1930, Augusto B. Leguía salió por una puerta lateral de Palacio (quizá la misma puerta por la que, durante años, había hecho pasar discretamente a sus amantes) y se dirigió al barco Grau para irse a Panamá. Pero lo bajaron del barco, lo llevaron a la isla San Lorenzo y el 16 de setiembre a la Penitenciaría. El 16 de noviembre de 1931, ya tarde, a operarlo a la Clínica Naval de Bellavista. El 6 de febrero de 1932 murió, a los 69 años, pesando 30 kilos.

Jorge Basadre escribió muchos años después: “la muerte fue para Leguía un símbolo de amor y de piedad, de perdón y de liberación. Atravesó su puerta cuando no tenía otros umbrales ante sí y encontró allí una morada cuando le había sido vedado todo asilo”.

Leguía fue uno de los Presidentes decisivos en la historia de la república. Antes de él lo fueron Castilla, Pardo y Piérola.

Después que el proyecto de Santa Cruz naufragara, el castillismo fue lo único viable. Castilla creó, sostenido por la prosperidad del guano, un primer Estado nacional, cooptando la anarquía de los caudillos, que habían devorado la inmediata post-independencia.

Pardo instauró el primer gobierno civil (tarea que no llegó a realizar Domingo Elías).

Piérola ejecutó una gran reconstrucción después de la infausta guerra con Chile. De hecho, Leguía heredó la gran expansión económica de la “república aristocrática”.

Fue el primer Presidente “moderno” de la república. Aunque anglófilo (“hablaba el inglés de la City”, me dijo en una ocasión Haya de la Torre), presidió el tránsito de la hegemonía inglesa a la norteamericana. Cerró, o trató de cerrar, las hipotecas de fronteras, supervivientes de la independencia.

Se ha comparado muchas veces a Leguía con Arturo Alessandri o Hipólito Irigoyen. Pero otra comparación apta sería con Batlle, y su avanzada legislación social. Como todos ellos, aunque salido del tronco civilista, Leguía abrió el camino a nuevas clases medias, hasta entonces excluidas del circuito político.

Fue un presidente “constructor”. Si uno revisa el siglo XX, hay tres presidentes que “construyeron” el Perú: Leguía, Odría y Belaunde.

La época de su segundo gobierno (1919-1930), los años 20, es además la época “fundacional” de la modernidad peruana. A su lado (o al frente, en la oposición) estaban Haya, Mariátegui y Amauta, Vallejo, los indigenistas, los grupos culturales regionales.

Tenía talentos dispares: era a la vez un político sofisticado (y manipulador) y un frío hombre de negocios. Tuvo tres diestras pasiones: la política, los caballos y las mujeres. No tenía acaso, personalmente, el temperamento de un auténtico dictador: prefería comprar que liquidar. Pero tenía, creo, poco respeto por la élite limeña y, en general, quizá una idea demasiado fría, desalmada, de la naturaleza de los hombres.

Quizá por eso al final se rodeó de sicofantes. En 1926, el año que se aprobó la reelección permanente, cuando le quisieron regalar algo por su cumpleaños, sólo atinaron a regalarle una enorme foto suya. “No hemos encontrado nada mejor –le dijo Rada y Gamio, el adulón mayor– que vuestra propia efigie”. Ese clima de servilismo corrompió a la república.

Haya tenía una idea más benigna de por qué quiso reelegirse por tercera vez: “quería hacer Olmos”, me dijo. Como el gran agricultor cañetano que había sido (aunque de origen lambayecano), sabía que el drama del Perú no era “tierra o muerte” (como dirían los revolucionarios de los 60, que copiaban a Castro) sino “agua o muerte” (como les respondió magníficamente Haya). Así, trajo a un personaje crucial aún hoy, Charles Sutton.

Si uno observa desde lejos el paisaje de la república, es difícil sustraerse a la sensación que hay dos tradiciones en conflicto. Una es la de una constante promesa democrática (a la que pertenecen Pardo, Piérola, Haya, Belaunde, para poner algunos hitos). Otra, la de las “dictaduras organizadoras” para usar la expresión de Chocano (Cáceres, Leguía, Benavides, Odría, Fujimori, para señalar también nombres).

Pero Leguía era mucho mejor que sus acompañantes en la lista. Exitoso en los negocios, entró rico a Palacio y salió de él arruinado. Se había batido contra los chilenos con hidalguía en San Juan. Estaba muy por encima probablemente de casi todos sus contemporáneos.

¿Quedó mejor el Perú después de él? ¿Avanzamos? Creo que el balance histórico le es favorable. Quizá por eso Haya me confesó, en la célebre entrevista de televisión que me hizo el honor de concederme, que había sido “el mejor Presidente” del Perú.

Muchos de sus métodos son reprobables. El mismo golpe del 19 (aunque quizá sus ex-amigos civilistas le hubieran cortado el camino), las reelecciones, la domesticación del Congreso, la compra de tantas opiniones…

Pero así como fueron deprimentes las adulaciones de su momento, ha sido descomunal la penalización de su memoria. No hay ni siquiera una avenida con su nombre. Hecho, o casi hecho, su sueño de Olmos, sería justo que lo bauticemos como Irrigación Augusto B. Leguía.

A De Gaulle le gustaba recordar una frase del Julio César de Shakespeare: “Pertenecer a la historia es pertenecer al odio”. Pero de pronto con Leguía nos hemos excedido y es hora de hacer con él las paces. (Por: Alfredo Barnechea)


 


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