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Literatura Fernando Ampuero reúne cuentos, poemas y prosas en "Antología Personal". Aquí, una entrevista a Borges aparecida en CARETAS, 1981.

Ampuero, Revisión Personal

2 imágenes disponibles FOTOS  PDF 

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Borges tiene ochenta y dos años y hace casi veintiséis que está ciego. La ceguera, en su caso, no ha sido una sorpresa trágica: sobrevino gradualmente, como si toda su vida hubiera sido un largo crepúsculo. A diferencia de Homero y Milton, entre otros ciegos ilustres, ignora las tinieblas: habita más bien una especie de neblina, un incesante juego de sombras acuáticas y lechosas, donde se hallan confundidas las formas del mundo y se han desteñido los colores, salvo uno, el amarillo. Muchos visitantes, al tanto de ello, se acercan a él luciendo una prenda o bien íntegramente vestidos de ese color. Yo no fui la excepción. Una camisa amarillo pálido, lo único que encontré a mano, constituyó la modesta brújula que le ofrecí.

Perdida la visión, el escritor extravió al cabo una de las obsesiones que recorren su obra: el miedo a los espejos. «Ahora no hay nadie en los espejos o, si se quiere, el Borges que aparece en ellos está solo», me diría. En el hall del edificio donde reside por más de veinte años, a media cuadra de la bulliciosa calle Florida, un espejo mural tal vez le recuerda eso de vez en cuando.

Recalé en casa de Borges con el fin de realizar una doble entrevista: filmar una hora de charla, para el Canal 7 de televisión, y escribir este artículo. La productora del espacio y los técnicos ingresaron primero a verlo y, como siempre ocurre, desordenaron la casa en un santiamén, instalando cables, cámaras y monitores. A decir verdad, me sentía bastante tenso. Pensé, en un primer momento, que se debía a la batahola que suscitábamos. Pero de inmediato comprendí la razón. Estaba a unos palmos de uno de los escritores que más admiro. Alguien que es un poeta y un prosista extraordinario, pero también una suerte de entrevistado profesional, el máximo patrimonio cultural vivo de América Latina, un genio del siglo. Y experimenté, en tal certeza, una sensación inédita. Como si estuviese a punto de hablar con el Moisés de Miguel Ángel y supiera que este, animando su mármol, se tomaría la molestia de responderme. De ahí que, antes de enfrentarlo, optara por irrumpir en la cocina y conocer a Fanny, su empleada de origen guaraní. Esta decisión, desde luego, entrañaba un objetivo definido: humanizar a mi inminente interlocutor. A Fanny le bastó apenas una frase para conseguirlo: «A la hora del almuerzo, Borges adora los ravioles», me dijo.

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Tres géneros reunidos en un solo libro.

Desvanecida la tensión, entré por fin a la sala principal. Se trataba de un living-comedor-biblioteca, casi en penumbra, sin lujos. Mi aparición coincidió con la última etapa de la batahola –los muebles ocupaban ahora lugares totalmente distintos, siendo arrumados en un recodo– y me tocó en suerte trasladar a Borges hacia otras butacas, llevándolo del brazo, por un laberinto que él no había inventado. “Labyrinthes”, murmuró Borges a mitad del trayecto. “Es una palabra tan misteriosa, posiblemente porque es griega, ¿no?”. Luego, el chirrido de una grabadora estremeció a todos. “¿Qué es eso?”, indagó con un débil tartamudeo, “¿un animal fantástico?”. Con una sonrisa resignada oyó, especialmente por parte de los conocedores de su obra, las risas previsibles.

Una vez sentados, al calor insufrible de los reflectores que no terminaban de ensayar pruebas, todos los Borges que es Borges asomaron en sucesión vertiginosa. Concurrían ahí el aristócrata, cuyos abuelos tuvieron seis esclavos, y el antipedante, el hombre de lucidez aterradora y el otro, tímido, que con sus bellos ejercicios de imaginación apenas desea asombrar, el literato que soslayó la acción y acaso la felicidad –“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no fui feliz”– y el infatigable repartidor de ironías –“Borges, usted es un genio”, “No crea, son calumnias”–, y además, claro está, el viejo zorro quien, con ese recato que da la celebridad, juzga irrespetuoso colocar un libro suyo en los estantes donde reposan sus autores predilectos.

“Usted, Borges, me gusta sobre todo por sus cuentos fantásticos”, le dije entonces. “¿Es cierto lo que cuenta Alicia Jurado?”. “¿Qué cuenta Alicia?”. “Bueno, dice que usted empezó a escribir ese tipo de historias a raíz de un accidente”. “Ah, sí. Me golpeé la cabeza con una ventana y pasé varias noches de fiebre y delirio. Esas escenas de pesadilla las referí luego en el cuento que se titula El sur”. Borges apoyó ambas manos sobre el bastón y se me aproximó, añadiendo: “El golpe fue en el parietal, ¿sabe? Toque, todavía me queda la cicatriz”. Palpé la cabeza de Borges, como un experto en heridas con secuelas de inspiración onírica, pensando que me estaba tomando el pelo. Quizá fuera así. Sin embargo, olvidando sus ancestros británicos, me fié de su seriedad. “Ese accidente casi me cuesta la vida”, prosiguió. “Aunque no me atrevo a afirmar que haya un nexo entre él y mis ficciones. Me limito a decirle que lo primero que escribí, al restablecerme, fue Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.

Los técnicos aún no estaban listos; Borges lo intuyó y aprovechó para cambiar los papeles. Era ahora él quien interrogaba. Ventiló etimologías, preguntó acerca de ciudades peruanas que figuran en las crónicas pero no en su atlas y, por supuesto, como si nadie lo supiera ya –cada vez que lo cuenta, en realidad, suena novedoso–, informó que un antepasado suyo, el coronel Suárez, combatió en el Perú y decidió la carga de Junín. A estas alturas, hicieron las primeras pruebas de cámara. Reparé que Borges tenía las medias caídas, flojas en los elásticos, y sugerí un plano medio.

¿Qué hacía preocupándome por las medias de Borges? Ni por un instante evoqué los temas que apasionan a sus lectores, su estética, sus metáforas de penetrada filosofía, sus notas sobre libros imaginarios, sus digresiones sobre el tiempo cíclico, la inmortalidad y el sueño. Borges me presintió distraído: “¿Dónde está usted?”. “¿Eh? Miraba uno de sus cuadros, el grande con las mujeres de perfil”. “Lo pintó Norah, mi hermana. Es una Anunciación. A ella no le gusta y lo quiere destruir, pero yo no la dejo”. Norah es la hermana que le lee a Borges, turnándose con María Kodama, su secretaria. De pronto me vino a la memoria que este señor ha pasado su vida, y la sigue pasando, rodeado de mujeres: la madre, una esposa fugaz, las colaboradoras, las profesoras de diversos idiomas, las incontables discípulas. “Tantas mujeres, Borges, y ningún gran amor”. “Hay uno, sí –me dijo con conmovedora tristeza–. Ulrica, es una mujer que aparece en El libro de arena”. ¿Hablaba de un ser real o de un personaje literario?

Borges y yo esperábamos, impacientes, ubicados junto a la biblioteca. Veía ahí objetos que cita en sus poemas: una colección de bastones –el que usaba aquella tarde procedía de Senegal y tenía la forma de un peón de ajedrez–, un mate con incrustaciones de plata y el retrato de su madre, tal vez la única mujer a quien amó. A escasos metros destacaba, cerrada, la puerta del cuarto que ella ocupara y que da a una terraza, con una jardinera exuberante y, según se dice, algo marchita. “El cuarto de su madre quedó tal cual lo dejó –me había dicho Fanny–. El señor no le permite entrar a nadie”. Vacilante, Borges se volvió nuevamente hacia mí: “¿Dónde está usted?”. “Revisaba las preguntas que voy a hacerle”, le dije como si saliera de otro mundo. “La filmación empieza en este momento”.

Y entonces, de golpe, una luz cruda nos cayó encima. Borges lucía un rictus expectante. Era natural. Pero yo imaginé que, en esa neblina eterna que avizoraba, algo estaba ocurriendo. ¿Cruzaban empaquetadas siluetas de sus cuchilleros, de un Buenos Aires que late en su nostalgia? ¿Necesitará Borges cerrar los ojos para dejar correr la película de su imaginación? “Quiero pedirle un favor –me susurró–. Si me atraco al hablar, usted me interrumpe. ¿Está bien?”. “Descuide, Borges”, le contesté y permanecimos otro rato callados; pero unos instantes antes de salir al aire, lo cogí del brazo: “Borges, y si a mí me pasa lo mismo, ¿usted también puede interrumpirme?”.

Una sonrisa cortés, de complicidad, iluminó su semblante.

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(*) Este texto es de 1981 y apareció originalmente con el título “El placer de repetir”, ya que algunas de las cosas que Borges me dijera, como muchos saben, las había dicho en otras entrevistas. Años después, al releer mi texto, valoricé mejor el párrafo de su cicatriz en la cabeza. El asunto tampoco era novedad, pero Borges, quizá con afán de convencerme, me indujo a que tocara su cabeza y constatara que allí estaba la cicatriz. La toqué, en efecto; toqué su cráneo lleno de genialidades, y hoy, cuando estoy solo, suelo mirar con asombro los dedos de mi mano derecha.

 


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