
Un Viaje a Europa (I)
A un Conejo Muerto
Conejo: no creo que te importe, pero moriste el día en que debía tomar un avión. Tu involuntaria asesina, dulce pero tosca menor de edad que fungía como tu dueña, dormía plácidamente sin saber que cumplíase la licencia para decir que sus manos estaban manchadas de sangre, además de moco y plumón. En un exceso de cariño te apachurró hasta hacer colapsar tus pulmones. Moriste de amor, conejo. La policía lo llamaría causas naturales.
Difunta tú, hembra de raza enana, llevabas nombre de perro macho: Bobby. Una rápida llamada telefónica a tu proveedor original en circunstancias de un cumpleaños, el Mago Khalid, sugirió una pista: pasando un local de pollos a la leña del que el mito urbano y/o la estrategia criminal hace propietaria a la madre de Fujimori, a medio trepar el cerro Pinerolo, quedaba una pequeña tienda de mascotas, fuente de todos los animales que los magos locales hacen aparecer en la ciudad. Justo estuve ahí ayer, se me murió una gallina en el circo, añadía el mago en tono solidario.
El Mago Khalid siempre compra conejos acá, dijo el dependiente zurrándose en la discreción propia del oficio. Pero no son raza enana, son California. Crecen como gatos. Mejor muerta, pensé. Los conejos grandes, como los payasos viejos, pueden ser una insospechada fuente de miedo.
A esas alturas debes entender que ya existía un prospecto de Bobby II, encargado nerviosamente a Lurín con cincuenta soles en una mano y tu tibio cadáver en la otra. Bobby II fue confrontado en la vía pública con los especímenes disponibles en la temeraria tienda de Pinerolo. A pesar de tener orejas más cortas que las tuyas, Bobby II de Lurín era más parecido a ti que a tus parientes putativos, estresados y taquicárdicos por la cercanía del peligro automotor rozando sus jaulas y la intuición silvestre de un sombrío futuro en el incierto mundo del espectáculo infantil.
Pero el rasgo común más significativo consistía en que tampoco había tiempo ni presupuesto como para andar comprando conejos hasta encontrar el más parecido a un muerto. Tenía que tomar un avión. El mundo humano es cruel, roedor.
Tu involuntaria magnicida, ya despierta, preguntó por ti. “Ha ido al doctor”. Cuando tuvo al impostor frente a sí guardó silencio. (Inspeccionaba). Y por supuesto notó algo raro. Tu nariz, antes gris, ahora era negra. Son las medicinas, escuchó, y lo creyó. Tú no habías muerto. Podía tomar el avión en paz. Chequea el egoísmo.
Igual, al ansiolítico genérico propio de la ocasión se le escaparon algunas de las once horas y pico de vuelo hasta Madrid. Las suficientes como para pensar por qué te habría puesto nombre de perro y cuánto tardaría tu sustituta en darse cuenta que vivía una vida ajena. A la muerte no se le engaña.
La leve ansiedad y el cambio de huso horario eliminaron el jet lag, negociándolo por cerveza y jamón con amigos esa misma noche en la Plaza Santa Ana. Se habló de todo, menos de mascotas. Es curioso. Basta poner 10 mil km entre el Perú y un peruano para encontrar la solución a los problemas nacionales. Corcho libre.
Al día siguiente, visitando a una amiga en el piso nueve de un edificio en barrio agitanado, ella abre la puerta diciendo cuidado que se sale el perro. Era Bobby, resucitado. No tú ni tu sucesora, sino un homónimo perro chusco que había tenido en los años setenta. Esta versión española era física y anímicamente exacta: grande, lanudo, de cara parecida a un terrier sobredimensionado, cien por ciento amigable. Nuestra empatía fue inmediata, incluso excesiva, en una conversación en la que repetí monocordemente es idéntico a un perro que tuve. Este perro se llamaba Momo y era la víctima inocente de una relación con un cretino felizmente terminada. Además, tal como el desaparecido chusco, no el cretino, Momo cojeaba de la pata trasera. Una displasia de cadera, explicó la dueña. Aunque la cojera de Bobby era porque tenía todo reventado por dentro y por eso al final de sus días gruñía cuando se le hacía cariño porque hasta el afecto le hacía doler. El perro se echó de costado y miraba igual que mi perro, no sé si ya lo dije. Le tomé una foto con un teléfono de esos de alta tecnología que también es cámara de fotos y con lo que provoca retratar todo lo que no puede llevarse uno consigo. ¿Vamos a hablar del perro toda la noche?, preguntó la dueña con razón. Las andaluzas son así.
Algunos Cuba Libres mas tarde, en una terraza de Tirso de Molina, el tema animal había sido felizmente espantado. (Otra vez el Perú y sus problemas. Y más trago).
Entonces no sabía que en Lima, apenas regresara, lo primero que haría tu conejo de reemplazo al verlo de cerca con cara de quién eres realmente sería morderme.
O eras tú.